Por Diego González

La de Brasil es una revolución suave, pero profunda. Profunda, porque básicamente 40 millones salieron de la pobreza. Suave, porque el PT esquivó la épica, osciló entre la ortodoxia y la heterodoxia y nunca se le atrevió a convocar a sus soldados a lo que acá llamamos “batalla cultural”.

El PT pasó de ser un partido de sectores medios urbanos progresistas y de la clase obrera organizada, a una estructura que encuentra potencia en el Brasil más profundo, allá en el norte. De Partido de los Trabajadores pasó a ser el Partido de los Pobres. Por eso no extraña que esa elite, particularmente la paulista, con su ex presidente, el docto FernandoHenrique Cardoso, declare que aquel que votó por el PT lo hizo porque está “desinformado”. Al margen de la polémica de coyuntura, la declaración le sirve al PT para ratificar su perfil plebeyo. Para alimentar el mito, para hacer bandera, para organizar sus “Churrascão da Gente Desinformada”. Es como el peronismo metiendo las patas en la fuente o como los asados con el parquet.

El desenlace está muy apretado. En un mano a mano cerrado, Aécio Neves y Dilma Rousseff tienen que ver quién se queda en Brasilia. La pregunta es qué le pasó al PT, después de tres gestiones. El sólido 41.6 es su base dura, firme, contundente. El problema es expandirse, el drama de todos los oficialismos.

El modelo del PT fue de crecimiento con estabilidad, sin confrontar con el orden establecido. Se incorporaron amplios sectores al consumo (*otro debate es si se tiene que hablar de nueva clase obrera o de nueva clase media, pero eso va en otra columna*). Como bien plantea Lula, este ascenso no supone una pérdida para nadie. La pregunta, ahora que el modelo económico no está en su momento más elegante, es qué pasa con todo lo otro.

André Singer, politólogo y portavoz de la Presidencia durante el primer mandato de Lula, autor *Os sentidos do lulismo*, plantea que “*el lulismo valoró el mantenimiento del orden, lo cual tuvo resonancia en los sectores más pobres de la población. (…) El lulismo propone cambios, pero sin radicalización, sin una confrontación extrema con el capital y, por lo tanto, preservando el orden. En ese sentido, es un fenómeno híbrido, que también incorpora a ese conservadurismo*”.

Una semana después, hubo presidenciales en Bolivia y Evo arrasó en todo el país. Ganó en 8 de los 9 departamentos, incluso en Santa Cruz de la Sierra donde en 2002 sacó el 3 por ciento y en 2008 como presidente no podía aterrizar. En el primer tranco de su gobierno, el MAS tuvo que lidiar con ese autonomismo de aquella media luna que amenazaba con partir Bolivia en dos. El golpe “cívico-prefectural” fracasó después de una masacre en 2008 y a partir de ese momento cambió todo.

El símbolo fue la aprobación de una nueva Constitución que refundara Bolivia. Se terminaba la primera etapa, la de la “*Revolución Democrático-Cultural*”. Elecciones 2009, 64 por ciento para Morales-Linera. Época de gestión.

Ahora, con los resultados del 12 de octubre quedó claro que la conducción está en La Paz y que la burguesía cruceña aceptó, después de negociar, susubordinación. El evismo sigue representando las demandas tradicionales de su base india, pero hoy es mucho más. Su hegemonía se amplió al oriente y a los sectores clasemedieros urbanos, los números lo muestran.

Evo consiguió lo que Lula y Dilma no lograron. El primero, arrinconado por las circunstancias, empezó con el símbolo. El indio, antes de desembarcar en el Palacio Quemado, le pidió permisos a los dioses en las ruinas de Tiwanaku. Después, el primer primero de mayo anunció la nacionalización – aunque en rigor se trataba de un modificación impositiva – de los hidrocarburos y con casco y militares ocupó los principales yacimientos. Convocó a una Asamblea Constituyente. El país se dividió en cholos y cambas y se acarició la guerra civil. Blancos contra indios, esa era la batalla principal. Después, más lejos, la economía. Pasaron los años y el escenario cambió, la conclusión es que Evo logró construir una nueva hegemonía política que trasciende lo electoral. Puede expandir incluso sus alianzas, porque queda claro que su organización – que a su vez es una organización de organizaciones – es la que manda cultural y también políticamente.

Lula y Dilma caminaron un sendero diferente. El quiebre cultural existió cuando un obrero, con un dedo menos, nordestino y sin estudios llego a Brasilia. Pero llegó manso, tranquilo. Llegó prometiendo en aquella famosa “carta a los brasileños” que no iba a haber ningún sismo. Es que el terromoto todavía no había sacudido el país y la crisis podía evitarse. Por eso Lula tomó medidas ortodoxas en lo económico que le permitieron incorporar a millones de brasileños de ese subproletariado. Un sector que se incorporó a la clase media y que ahora tiene demandas nuevas. En 2010 llegó el turno de la gerenta, de la economista Dilma. Lula enfermo y el PT en la gestión, sin esa hegemonía que construyó el MAS. Ese es el Brasil que tiene que ir a las urnas ahora.

Todavía hay que esperar a ver qué pasa el domingo. Vota Brasil, está peleado. Pero vota también Uruguay. Pero de eso, hasta que no estén los numeritos, porque las encuestas mienten, no vamos a opinar.

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