Por Diego González

No hay una definición acabada sobre qué cosa es América Latina ¿Un mundo al sur de los Estados Unidos? ¿Una herencia colonial? ¿Una región unida por una cuestión idiomática? Si ese fuera el criterio Quebec estaría adentro, Jamaica afuera. ¿Una identidad cultural? ¿Un mito que nos gusta? ¿Y qué hacemos con Puerto Rico, ese Estado Libre Asociado que pertenece pero no forma parte de los Estados Unidos? No importa, son detalles. Lo importante es que, después de las relaciones carnales con los Estados Unidos, Latinoamérica está de moda, otra vez.

Que hubo vocación por parte del kirchnerismo de instalar la idea de la “Patria Grande”, no se discute. Desde la estructura estatal se impulsa la idea constantemente. Cristina habla de la “Patria Grande” con el Papa. Radio Nacional tiene programas diarios dedicados al tema. Canal Encuentro propone documentales. Se invierte en Telesur. Daniel Filmus entrevista presidentes de la región. Los festejos del Bicentenario fueron bien latinoamericanos. Incluso los festejos del 25 de mayo lo fueron. Cristina inauguró la galería de los Patriotas Latinoamericanos del Bicentenario en la Casa Rosada el 25 de mayo de 2010. Poquito después, Néstor Kirchner fue velado durante 24 horas en ese salón. Todo esto formó parte, desde el arranque, de la famosa “batalla cultural”.

En paralelo transitan los debates técnicos sobre los avances concretos, tangibles, de la integración. Algún incrédulo argumentará que el Banco del Sur, después de tanto tiempo, recién ahora arranca, pero débil. Dirá ese pesimista que las grandes obras de infraestructura nunca se concretaron, que esas ideas que prometían un Gasoducto del Sur o un tren que uniera Caracas con Buenos Aires fueron nomás exabruptos caribeños. Que el Mercosur está trabado por estrategias diferentes entre los gobiernos, sumadas a las eternas asimetrías entre los países, y que el tratado de libre comercio que se discute con la Unión Europea es un nuevo ALCA. Que el futuro está en la nueva y muy neoliberal Alianza del Pacífico.

Uno con fe le responderá que Telesur existe, que nació la CELAC, que la UNASUR logró avances concretos reaccionando ágil ante los intentos de golpes en Bolivia, Ecuador y Paraguay, aunque este último no se haya podido frenar. Que el hecho de que los Estados Unidos estén afuera de todos estos organismos es un dato en sí mismo. Que el paradigma nuevo es la integración Sur-Sur. Que el posneoliberalismo se instituyó, que el Estado ahora tiene otro rol. Que se discute una nueva doctrina de defensa latinoamericana. Que hay batallas comunes. Que varios países redactaron una nueva constitución. Que la discusión sobre las corporaciones mediáticas tiene uno de sus episodios más épicos en Argentina, pero que es un debate latinoamericano al que se le atrevió hasta el conservador presidente mexicano Enrique Peña Nieto. Que las Malvinas son latinoamericanas.Festejos bolivianos

Ya se dijo, América latina en sí misma no es nada. Es una construcción difícil, que expone correlaciones de fuerza, mucho mito, sentimiento de pertenencia y voluntad. Europa, por tomar un caso, acaba de votar “euroescepticismo” y xenofobia. La crisis no apoya la integración en este territorio que también tuvo que inventarse a sí mismo y que hoy tiene moneda propia. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en su libro Europa: una aventura inacabada, cuenta varias historias mitológicas –como la de la princesa Europa secuestrada por el dios Zeus transformado en toro–, y en todas se advierte un elemento común: “Europa no es algo que se descubre; Europa es una misión: algo que se hace, se crea, se construye. Y hace falta mucha inventiva, determinación y esfuerzo para llevar a cabo tal misión. Tal vez sea un trabajo que nunca termina, un reto aún por superar en su totalidad, una posibilidad siempre pendiente”. En este punto, quizá solo en este, pueda que nos parezcamos.

Latinoamérica no vive la crisis con la crudeza europea. El mundo multipolar abrió nuevas posibilidades y nuevos socios, pero también potenciales cadenas. El naciente consenso de Beijing exige una nueva división internacional del trabajo. Y en este esquema, Latinoamérica cumple un rol. Se salió del consenso de Washington, pero la amenaza es que, a pesar del incipiente y pregonado neodesarrollismo, ni la matriz productiva ni el modelo de acumulación se modifiquen y la dependencia continúe.

En este siglo ganamos autonomía del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de los Estados Unidos, algo que sin la construcción simbólica y material de la integración regional no hubiera sido posible. Pero parece que no alcanza para vivir con lo nuestro. Necesitamos, dicen, las inversiones chinas, la Barrick Gold, Chevron. Y para que llegue esa plata hay que normalizar las cuentas con los que están en esos centros: hay que renegociar la deuda externa con el Club de Paris; hay que indemnizar a Repsol después de la nacionalización de YPF; hay que aceptar y preocuparse por el lobPor y las decisiones de los fondos buitres, de la corte Suprema de los Estados Unidos y del juez Griesa.

Una discusión regional a la que Argentina no escapa es la del extractivismo. Este debate no debería girar en torno a la pregunta por sí o por no, en seco, si no al cómo –ningún emprendimiento puede ni debe afectar a los que ahí viven– y al con quién. Sobre la necesidad o no de masiva afluencia de capitales externos cargados de tecnologías teóricamente de punta –para desarrollar, por ejemplo Vaca Muerta, mediante el fracking– o la urgencia de empresas estatales que puedan fusionarse y trabajar en conjunto. La puja es, como siempre, por quién se queda con la renta.

Pero antes de seguir hace falta subrayar un dato: El neodesarrollismo argentino solo puede pensarse desde América Latina. Por eso, se reactualiza la teoría de la dependencia que dice que el desarrollo de ciencia y tecnología no es lineal. Que hay centros y periferias. Y que la superación solo es posible mediante un cambio drástico y profundo. Porque el atraso no es algo de mera administración, sino un rasgo constitutivo de la relación asimétrica entre los países, que se expresa también en el campo científico e industrial y que no se soluciona con el simple traspaso. Por eso, el debate sobre los recursos naturales que se da en el seno de la UNASUR es urgente. América Latina cuenta con la mayor base energética del planeta si se consideran sus reservas de petróleo y gas, su potencial de energía hídrica, sus centrales nucleares y la industria de agrocombustibles. Contamos con más de un tercio del agua del mundo, somos una región productora de alimentos. Tenemos grandes reservas de biodiversidad. Tenemos litio. Con excepción del conflicto colombiano, América Latina es una zona de paz. Y a pesar de todo esto, somos la región más desigual –no la más pobre– del mundo.

El modelo profundo está (o debería estar) en debate. Sin cambios de fondo no hay superación de la dependencia. La campaña furiosa de cara al 2015 todavía no arrancó. Habrá que ver cuál es el planteo de los Binner, los Macri, los Massa. Pero también de Scioli, Randazzo, Domínguez, Uribarri o Aníbal Fernández. Seguramente en lo que se viene brille la espuma. Nadie va a desarrollar ideas abstractas, van a ganar las frases cortas, mediáticas, con punch. Pero en el fondo, frente a tanta maleza, detrás de la muy pomposa “Patria Grande”, se esconden ideas largas que, además de identidad, nos pueden dar en este mundo inquieto un nuevo rol y un futuro distinto.

Artículo publicado en la Revista Turba

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