El sexo se vivió de diferentes maneras a lo largo del tiempo y según la cosmovisión que cada sociedad tuviera. El arte construye una representación sobre la concepción de la vida sexual y, así como en la Grecia Antigua la desnudez no era ninguna vergüenza, sus esculturas la representan abiertamente. Más tarde llegó al mundo el cristianismo con su hoja de parra para ponerle pudor al cuerpo, y el arte también recibió esa influencia. Lejos del cristianismo y de los griegos estaban los Incas, que tuvieron su reino de 1438 a 1533, con su propia visión del sexo.

Cuatro mil años atrás las culturas pre-incaicas Moche y Vicús tenían una florida cantidad de cerámicas o “huacos”, como las llamaban, con motivos sexuales que ilustraban la vida cotidiana de aquella época. Las formas son muy elocuentes: penes enormes y vaginas acordes. Ante la magnitud, resulta interesante comprender la importancia que le daban al sexo los Incas.

Lejos de ser un tabú, el sexo era practicado con libertad y, sobre todo, con la motivación de disfrutar, de obtener placer, y no necesariamente de reproducción. Entre los motivos que se encuentran en los huacos hay posiciones sexuales variadas y prácticas sexuales que no están asociadas a la reproducción como el sexo anal, el sexo oral y las relaciones entre personas del mismo sexo. Una gran comunión con la naturaleza ubica al sexo no solamente dentro del campo humano, sino que también se representaban las prácticas sexuales animales y vegetales. 

El antropologo y sexologo norteamericano Paul Gebhard elaboró una lista con porcentajes según la temática sexual representada en las vasijas y destaca:

“Se encuentra una cantidad relativamente grande de vasijas (22%) representando el acariciamiento y manoseo genital. La mujer de costado y el hombre también, detrás de ella, pero parcialmente (29%), la penetración vaginal o anal por detrás (9%), la mujer supina y el hombre arrodillado o agachado entre las piernas de ella (9%), la mujer arrodillada o a gatas y el hombre agachado o parado detrás de ella (18%), la mujer inclinada, echada boca abajo y el hombre inclinado también, sobre la espalda de ella, o detrás de ella agachado entre las nalgas (18%), el hombre supino con la mujer encima de él agachado o sentado (3%), ambos sentados cara a cara (2%)”.

El Matrimonio

El imperio incaico, que controló un territorio de cerca de dos millones de kilómetros cuadrados, legisló minuciosamente el matrimonio, aunque no desde un punto de vista religioso sino administrativo, más ligado al Estado que a la fe. Cada uno o dos años acudían todos a la plaza principal de cada capital de provincia formando filas divididos por género y estatus social. Esperaban que el monarca incaico los empareje y los case. Existía una figura que se conoce como “servinacuy”, matrimonio de prueba, en el que la pareja convivía durante un tiempo y, si se llevaban bien, se casaban legalmente. Fruto de esa convivencia, donde las relaciones sexuales se practicaban sin esconderlas, podían llegar hijos, que la sociedad no condenaba, incluso en los casos en los que la pareja se rompiera durante el servinacuy.

A continuación una compilación de los huacos más destacados.

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