Por Diego González – @diegon2001

La calle, donde la política encuentra su perfil más seductor, parece ser hoy el lugar en el que se hace imprescindible mostrar músculo en Brasil. El domingo marchó la oposición, el jueves el oficialismo crítico. Todo en un contexto de evidente crisis económica, agigantada por las denuncias de corrupción por el caso Petrobras y al borde de un juicio político que pretende ya no solo arrinconar, sino directamente destituir a la presidenta Dilma Rousseff a solo 8 meses de su asunción.

La movilización opositora del domingo fue masiva. Se estima que a nivel nacional marcharon un millón de personas. Pero el cálculo político se hace mirando las movilizaciones del pasado. A pesar de lo contundente del número, desde el Planalto mostraron alivio. Es que el temor era que las marchas se parecieran a las de marzo o abril, en las que además de pedir la cabeza de Dilma se vieron carteles pro golpe militar.

La respuesta oficialista fue la movilización del jueves 20, convocada en defensa de la democracia y en contra del golpe. No alcanzó la masividad de la del domingo, pero al menos logró mostrar que en el Brasil también existe otro sector político que puede movilizarse.

Según mediciones de este mes, la reprobación del gobierno llega al 71 por ciento. Es que incluso la movilización de apoyo a la democracia fue crítica con la gestión de Dilma y su giro intenso apenas arrancó el segundo mandato: políticas de austeridad, ajuste, ministerios claves como Hacienda y Agricultura en manos de referentes que nada tienen que ver con los postulados históricos del PT. Un giro que a su vez alejó a su gobierno de las bases populares que tradicionalmente sostuvieron al partido.

Así, como señala el politólogo Agustín Lewit, Rousseff administra varias derrotas en un mismo movimiento. Con estas medidas no solo no logró frenar la ira opositora, sino que profundizó el aislamiento del PT que perdió las calles y a sus sectores populares. Y por si esto fuera poco, ni siquiera mejoró la economía: Brasil va a terminar el 2015 con la mayor tasa de inflación de los últimos años, con un creciente índice de desocupación y un estancamiento de la economía que tampoco anuncia una recuperación para el 2016.

Entre 2003 y 2010, la época dorada de Lula, Brasil creció a una media del 4 por ciento, con picos como el del 2010 de 7.5. Entre 30 y 40 millones de brasileños salieron de la pobreza y se incorporaron a la clase media. UNa cantidad de gente equivalente a la población de Argentina que entró, en muy poco tiempo, al mundo del consumo: compraron motos, cambiaron la heladera, comieron más carne, se tomaron su primer avión.

Era un esquema win win: con un mundo próspero y con comodities en alza, ganaban todos sin que nadie tuviera que perder. Mientras, Brasil entraba por la puerta grande a la geopolítica global. Nacían los BRICS, se venía el Mundial y más allá los juegos olímpicos, los primeros en la historia de Sudamérica. Un muestra clara de que Brasil jugaba en las ligas mayores de la realpolitik global.

Para mediados de 2013, Brasil de local goleaba y pintaba para campeón de la Copa de las Confederaciones. Y de golpe, súbitamente, la primera crisis. Movilizaciones inesperadas en un país que no se movilizaba. El primer reclamo tenía que ver con el valor del transporte público. Pero el movimiento se expandió hasta alcanzar nuevas demandas, diferentes e imprecisas. Algunas de ellas cuestionaban a la organización del mundial y el despilfarro de dinero en áreas intrascendentes. Lo que quedaba claro en aquel momento es que la crítica era por izquierda.

Pero el mundial pasó y fue un éxito, aunque la situación era aún riesgosa, a solo tres meses de las elecciones. En octubre de 2014 se repitió la polarización entre el PT y la socialdemocracia, esta vez encabezada por Aécio Neves. Dilma iba por su reelección y prometía mais mudanzas. Neves quería dar vuelta todo. Pero ganó el PT, aunque por poco margen, y la Presidenta reasumió en enero de este año.

Y ahí arrancó el giro de Dilma que hoy enfrenta varias crisis yuxtapuestas. Porque además de la viscosa economía y de la desestabilizadora oposición, el PT tiene también problemas para mantener unida a su alianza con el siempre oficialista PMDB, el partido más grande y viejo del Brasil, que se destaca por su versatilidad ideológica. El PT necesita de un congreso que no controla sin alianzas y el PMDB ocupa toda la cadena sucesoria: desde el vicepresidente hasta el ahora archienemigo presidente de la Cámara de diputados, el evangelista Eduardo Cunha.

Mientras, la socialdemocracia se debate entre aquellos que quieren que Dilma se desangre sola y quienes quieren ir por todo. La semana pasada el hasta ese momento elegante y moderado ex presidente Fernando Henrique Cardoso rompió el hielo y se atrevió al exabrupto: “Si la propia presidenta no fuera capaz de tener un gesto de grandeza (renunciar o aceptar que estuvo equivocada) asistiremos a la desarticulación creciente del gobierno”, planteó el dirigente del PSDB.

El escenario es complejo y espinoso. Dilma es una presidenta a la defensiva. Y Lula sigue siendo un actor vital. Eso enfurece a la oposición que sabe que con Dilma no se termina el debate. Mientras, la oposición está fragmentada. La socialdemocracia no se decide si avanzar con pie de plomo o erosionar al gobierno lentamente. El teóricamente aliado PMDB se divide entre un apoyo light al gobierno y la más hostil oposición. Ante este escenario y con las próximas elecciones lejos, la sensación es que al PT le quedan pocos lugares más en los que refugiarse. Acaso uno de ellos sean los movimientos sociales que supieron ser el sostén del partido de izquierda que más votos obtiene en occidente.

Fuente: TELAM

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