ale mc loghlinPor Alejandro Mac Laughlin

Diez años y un poquito más, tenía. Para mi memoria era un adulto, pero evidentemente si tenía esa edad era un niño que muy rara vez podía ser tenido en cuenta en las añoradas charlas de los grandes. Supongo que una vez separados mis viejos, el fútbol era un lazo importante para seguir cerca del lado paterno, un poco relegado. Con debut en el 89, ya desde el 91 que iba seguido a ver a River Plate. No obstante, no se me había ocurrido, ni se me volvería a ocurrir, salvo en algún partido esporádico, hasta el último mundial de Brasil, ir a ver a la Selección Argentina. Pero en las Eliminatorias para USA 94, quizás impulsado por la presencia de Ramón Ismael Medina Bello, el Mencho, goleador del momento de mi equipo, le imploré a mi viejo que fuéramos a ver a la albiceleste. Después de hincharle las pelotas full time una semana, sacó entradas para dos partidos: un 0 a 0 horrible ante Paraguay con la única emoción de Chilavert y Ruggeri cerca de agarrarse a piñas, y el encuentro que narraré a continuación, ante Colombia.

La realidad es que haber visto, en mi corta edad, a la Selección bicampeona de América y subcampeona del mundo, y, de tocar de oído el título de México 86, se me escapaba un poco de adrenalina a la hora de ir a enfrentar a los colombianos. Pero todo empezó a cambiar. Lo de la adrenalina cambió rápido cuando, a minutos del comienzo del partido, un avión pasó a muy pocos metros de la separación entre las tribunas Almirante Brown (hoy Sívori) y Belgrano. Nosotros, y varios más, en la Platea San Martín, palpitamos lo que ya todo el Estadio Monumental veía, como si fuera una aproximación de gol. Cuando el avión pasó sin generar una tragedia, se escuchó el “uhhhhh” típico de cuando una pelota pasa cerca del arco. Lo cierto es que al piloto lo suspendieron y lo que no se podría evitar, sería la tragedia futbolística de los conducidos por Alfio Basile. “¿Si vi al avión? No vi a los colombianos en toda la noche y querés que vea un avión…”, diría Medina Bello tiempo después.

  El primer tiempo no se asemejó a un partido histórico, fue parejo, con llegadas para los dos, y faltando poquito para el final no me olvido las zancadas de Freddy Rincón para eludir a Goycochea y clavar el 1 a 0. Yo, como cualquiera de los casi 80 mil que colmaron el Monumental ese 5 de septiembre de 1993, suponía que era cuestión de empezar el segundo tiempo y empatarlo a los cinco. Utópico: a los cuatro, Faustino Asprilla, que antes de ser estrella porno fue un jugadorazo, clavó el segundo. A decir verdad, el clima no era muy caliente, sí de desazón, y a mí hasta ese momento me caía simpático ver los rulos de Valderrama moviéndose alegres en los festejos con los negros que convertían. Lo peor que podía pasar era no clasificar directo al Mundial de Estados Unidos (de este modo Colombia clasificaba directo y Argentina iba a un repechaje con Australia, supuestamente accesible). Pero mientras tanto, en Lima, Paraguay jugaba con Perú. La única forma de la que Argentina podía quedar afuera directamente, y los guaraníes jugar la repesca con los canguros de Oceanía, era que los albicelestes fueran goleados por los cafeteros por cuatro goles y los liderados por Cabañas y Chilavert triunfaran, por cualquier score, en Lima.

 LA SITUACION SE VA DE LAS MANOS

De nuevo Rincón, a los 27 del segundo tiempo, marcó el 3 a 0 con una volea medio pifiada. Ahí el Estadio se transformó en un desconcierto de los que nos puedo olvidar. Mi viejo empezó a hablar con el de atrás, había uno que tenía radio, que intentaba hablar pero gritaba y nadie le entendía nada. Yo no sabía qué carajo estaba pasando, pero estaba nervioso porque mi viejo estaba peor, aunque intentando mostrarme una tensa calma. Decían que Paraguay ganaba, que empataba, que perdía, que ganaba y que volvía a empatar. Después de unos minutos, entendí que, en caso de ganar los guaraníes, y si Argentina recibía un gol más, no había nada, ni Mundial, ni repechaje, ni un carajo. Era todo mierda. Y ahí sí, me convertí en uno más. Me daba vuelta, lo retaba al de la radio porque no la ponía más alta, lo puteaba a mi viejo como si fuese un defensor argentino que no paraba a nadie. Había que aguantar el 0-3  (sí, aguantar el 0-3) y no se podía aguantar a nadie. Todo eso pasó en dos minutos, más de lo que tardé en escribirlo. A los 29, Asprilla se la picó a Goyco y dejó a Argentina colgando de un hilo, de un gol de Paraguay. La cancha se vino abajo: “Maradooooo, Maradooooo”. Maradona estaba en la Platea Belgrano, con la Claudia, no sé si con las nenas, y se convirtió en el principal foco de atención. Mucha gente, incluida el Diego, aplaudió a Colombia. Estaban todos locos, y al ver que yo, inconsciente, aplaudí a los cafeteros, mi viejo me paró en seco, me pidió cautela, que no pasaba nada, pero que tampoco se podía dar la espalda al equipo. Llegó el quinto, del Tren Valencia, cuando ya lo único que se hacía era buscar al puto de la radio. El que en cualquier momento podía trasmitir  el tercero de Paraguay y brindarle desolación a casi 80 mil personas.  

Las dos cara de la moneda, las dos caras del futbol…

Por suerte, a pesar del 0-5, en Lima terminó 2 a 2. Yo no pronuncié una palabra hasta el taxi (no sé por qué mi viejo ese día no tenía el auto). Volví a hablar solamente después de que él me dijera, con la ventanilla abierta, largando una bocanada de humo: “mirá si Cabañas clavaba el tercero y se lo dedicaba a todo el pueblo argentino”. Cabañas era ídolo de Boca, y nosotros, de River, lo odiábamos.

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