A principios de los 90 Mano Negra escribía su capítulo latinoamericano y le daba impulso a una nueva generación de músicos. Rock, ska y una mirada crítica sobre la realidad política. Casi 25 años después Manu Chao vuelve a esta parte del mundo para defender el Amazonas.

Por Pablo Taricco – @tariccopablo

El próximo fin de semana Manu Chao aterrizará en Colombia para realizar una serie de conciertos, el más importante, en la ciudad amazónica de Leticia, en la triple frontera con Brasil y Perú. Junto a Dr. Krápula y Chucho Merchán, le darán impulso a un festival bautizado AMA-ZONAS, organizado por el colectivo Jaguar, un grupo de artistas que buscan concientizar sobre temas ambientales. Al escenario selvático subirán también Rubén Albarrán (Café Tacvba) y Roco Pachucote (Maldita Vecindad). Luego, el cantante franco-español viajará a Argentina para encabezar cinco shows.

Y ya que estamos en la víspera de una gira que se las trae, NTD te presenta un par de historias del viejo Manu, allá por los años 90s, cuando se ganaba la Mala Vida a pura garra y talento.

Un poco de rock que llegó en barco

Corría 1992 y los originales Mano Negra se embarcaban en una muestra cultural itinerante que llegaría vía atlántico hasta sudamérica. En París quedaban los éxitos del circuito under bien cultivado durante los años 80, y los recientes éxitos de Puta´s Fever y Kings of Bongo. Canciones como Mala Vida o King Kong Fire habían sonado en radios y escenarios por toda Europa, y había llegado el momento de llevar ese rock mestizo de viaje hacia el sur.

Junto con la maravillosa compañía francesa de títeres gigantes Royal Deluxe, Manu Chao y sus muchachos comenzaban una gira latinoamericana que se conocería como Cargo 92. Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina estarían entre los destinos de aquella peripecia de mar, rock y teatro callejero que llegaría hasta la Av. 9 de Julio con una cruda representación de la Segunda Guerra Mundial. El barco que los había traído quedó anclado en Puerto Madero, para que los porteños pudiesen entrar y pasear por una exacta réplica de una calle de Nantes, ciudad natal de los titiriteros de la Royal.

cargo 92 1

El show principal no era musical, sino una obra de teatro callejero. Soldados, fusiles, morteros y tanques avanzaban por la entonces avenida más ancha del mundo en Buenos Aires. Cientos de actores, malabaristas y titiriteros desplegaron una impresionante obra en pleno centro porteño, acompañados por una multitud de espectadores que miraban sorprendidos un género poco explorado para el público masivo de estos lares. Mezclados entre los artistas, los Mano Negra desempeñaban su papel, como actores de reparto, técnicos, sonidistas o lo que hiciera falta.

Pero no fue su perfil artístico de vanguardia parisina ni su ascendente cultural europeo lo que los hizo conocidos en Argentina, sino todo lo contrario. Una noche en el recordado La TV Ataca, del entonces joven Mario Pergolini les dió un interesante empujón de renombre. La fórmula fue de manual: el escándalo.

Después, un mítico show en Obras Sanitarias del que todo el mundo habla pero nadie fue, como tantas otras veces sucede.

Pero hubo que esperar hasta 1993 para que los Mano Negra pusieran un pie fuerte en el rock latinoamericano. Y lo hicieron protagonizando una de las giras más emblemáticas y peculiares jamás emprendidas en esta parte del mundo. Una gira que pasó a la historia por su  aparatoso medio de locomoción: Un tren de “hielo y fuego” que recorrió territorio colombiano durante varios meses.

Un tren para hacer canciones

En 1993 Colombia era una tierra hermosa como hoy, pero un poco más peligrosa. Sólo hace falta recordar el protagonismo que las guerrillas de las FARC y el ELN tenían en ese momento. Por su parte, y mientras tanto, los Carteles de Medellín y de Cali se encargaban de poner el nombre del país en brillantes letras de neón en el mapamundi. Todo un cuadro de época.

Hasta allí llegaron los Mano Negra con una idea bastante extraña: viajar por el país con una compañía de arte llevando música, circo y diversión a los rincones más alejados de esa geografía. Apoyados económicamente por la embajada francesa, y por la compañía de trenes local, un centenar de músicos y artistas de toda clase restauraron un viejo tren de 12 vagones y lo transformaron en un circo sobre rieles. Un vagón-escenario para rockear; otro donde los acróbatas se colgaban de sus estructuras para volar; un curioso vagón de tatuajes, donde podían realizarse dibujos semi-permanentes sobre la piel; y los dos vagones que daban concepto a la aventura: un vagón de fuego (que literalmente se incendiaba al entrar a cada pueblo) y un vagón refrigerado que contenía estatuas de hielo.

El-expreso-del-hielo

Con ese engendro de metal, cuya principal atracción era “El Dragón Roberto”, un muñeco gigante que escupía fuego por la boca, los Mano y sus compinches viajaron por media Colombia, tocando en cuanto pueblo recibiera las vías del ferrocarril, haciendo reir a los chicos y sorprender a los adultos que pocas veces habían visto personajes del tipo de ese centenar de franceses flacos, pálidos y con crestas.

Además de los Mano Negra y Royal Deluxe, de la partida fueron también los French Lovers, una estridente banda punk francesa, actores, malabaristas, técnicos y hasta el padre de Manu Chao, el periodista Ramón Chao, que relató toda la aventura en un libro publicado varios años después: “Un tren de hielo y fuego

Mano Negra En Colombia, Un tren de hielo y fuego (clickeá ahí para leer el libro entero)

La aventura de los Mano Negra por Colombia sobre ese tren en 1993 los puso de una vez por todas en el firmamento del rock latinoamericano, pero también marcó el fin de la banda. Los avatares de los meses en la selva, las exigencias físicas, las condiciones climáticas, el temor a la guerrilla y un liderazgo intenso de Manu Chao terminaron por desmantelar al grupo, que conoció la fama en esta parte del mundo en el final de su ciclo en los escenarios.

Sin embargo, el legado de su música caló profundamente en esa generación de artistas de finales de los años 80 y principios de los 90 que profundizaron esa mixtura de rock, ska y ritmos locales que dominó buena parte del paisaje musical hace 20 años. Y aquella aventura sobre rieles se transformó mito que hoy nos recuerda por qué quisimos tanto a Manu Chao.

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