Por Tomas Pont Vergés – @pontomaspont –

Durante ocho días, el Papa visita los tres países más pobres de la región, buscando esa “mística popular” con la que pretende sacar a la Iglesia de su atolladero. Una gira vertiginosa que lo llevó por palacios presidenciales y prisiones, y en donde reforzó su prédica anti liberal y ambientalista. ¿Puede el Papa salvar la Iglesia de Roma copiando el modelo latinoamericano?

 


 

Ni bien asomó su cabeza por la puerta del avión, una ráfaga de viento caliente le arrancó a Francisco el solideo.  Con la casulla revuelta, por momentos tapándole la cara, bajó a tientas las escaleras hacía la pista de aterrizaje del aeropuerto de Quito. Abajo lo esperaba Rafael Correa, que lo atajó con un abrazo, y un par de chistes: “Por supuesto que el Papa es argentino, probablemente Dios es brasileño, pero de seguro el paraíso es ecuatoriano. Bienvenido al país megadiverso más compacto del mundo, Su Santidad”, le dijo.

En menos de un minuto, al protocolo se lo había llevado el viento. “Relajo a lo latino” que le dicen. Como cuando cuatro días después Evo Morales, en un ceremonioso intercambio de obsequios, le entregó un cristo crucificado sobre una hoz y un martillo, y el Sumo Pontífice estupefacto, masculló palabras que se convertirían luego en la gran polémica del viaje. “Eso no está bien” vs “No sabía eso”: según como se predisponga el oído, el Papa se indignó ante la figura profanada, o simplemente se interesó por la historia detrás de semejante pieza del arte de protesta.

Bienvenidos al magical mistery tour del Papa Francisco por Latinoamérica, donde cualquiera de los protagonistas puede salirse del guión de improviso, y cualquier hecho, por más mínimo que sea, es posible de ser interpretado como una cita bíblica.

El viaje apostólico de ocho días es la primera visita del Papa argentino a territorios de habla hispana. Por primera vez desde que asumió el trono de Pedro pudo dejar su italiano cocoliche de lado y brindar en su lengua materna más de 20 discursos y homilías oficiales, a razón de dos por día. En multitudinarios actos o sencillas ceremonias desplegó sus dotes escénicas, sacando de la galera sus famosos “gestos”, que conmueven a propios y sorprenden a ajenos.

Pero más allá de las señas y actitudes, el mensaje de fondo de la visita puede encontrarse en sus dos principales documentos pontificios: la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, de finales de 2013, en donde promueve un nuevo modelo de Iglesia inspirado en el modelo latinoamericano; y la flamante encíclica “Laudato Sí”, en donde lanza certeras críticas sociales y medioambientales al actual capitalismo, que lo acercan a los líderes políticos de la región.

La Panamericana también conduce a Roma

 

Fue durante el anterior viaje apostólico de un Papa a un país de habla hispana, que el camino de Bergoglio hacia Roma comenzó a allanarse. El 28 marzo de 2012, al término de una gira por Cuba y México, Benedicto XVI tropezó al salir de la catedral de León, en Guanajuato. Eran tiempos del “Vatileaks”, que revelaron la inmensa corrupción de la Banca Vaticana, y una red de chantajes a obispos que participaban de orgías que se conoció como el “lobPor gay Vaticano”. Esa misma noche, Benedicto se golpeó fuerte en la cabeza mientras buscaba el camino al baño en el hotel donde se hospedaba. Según el periodista Gian Maria Vian, director de “L’Osservatore Romano”, fue ese día que el alemán tomó conciencia de su fragilidad y comenzó a tejer su inédita renuncia al Vicariato de Cristo.

 

Desde mucho antes de asumir como Papa – mientras oficiaba como guardián doctrinario de Juan Pablo II – Joseph Ratzinger era consciente de la crisis del catolicismo europeo, que no podía contener ni el avance imparable del laicismo (esa “ideología secular agresiva” según él mismo) ni del multiculturalismo (esa “renuncia a lo propio”). Ratzinger estaba convencido que el futuro de la Iglesia era reducirse numéricamente y convertirse en una ciudadela resguardada de la “absoluta profanidad que se ha construido en Occidente”.

Su renuncia puso de relieve la tremenda crisis de la Iglesia Católica Apostólica Romana, y a su vez, el propio reconocimiento de lo errado que estaba su diagnostico de las causas de esa crisis. El cambio de parecer se reveló en el vuelo de regreso desde México a Europa, cuando Benedicto declaró ante la prensa que estaba convencido que en América Latina se decidía “el futuro de la Iglesia Católica”. Partiendo de premisas distintas terminó coincidiendo con quien durante décadas había sido su adversario doctrinario, el Cardenal Carlo María Martini, arzobispo emérito de Milán, eterno papable y representante del ala progresista y liberal de la Iglesia. En agosto de 2012, cuando se enteró de boca del propio Benedicto de su decisión renunciar, Martini – que falleció al poco tiempo – declaró a los medios:

 

“La Iglesia está cansada en la Europa del bienestar. Nuestra cultura ha envejecido, nuestras Iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías, el aparato burocrático de la Iglesia aumenta, nuestros ritos y nuestros hábitos son pomposos. Sé que no podemos dejar todo con facilidad. Pero por lo menos podríamos buscar hombres que sean libres y más cercanos al prójimo, como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. Necesitamos confrontarnos con hombres que ardan en modo tal que el espíritu pueda difundirse por doquier”.

Carlo María Martini

Cardenal

Martini fue el gran elector de Jorge Mario Bergoglio como Papa, promoviéndolo como referente entre los cardenales más alejados de los conservadores y la curia romana. El ex arzobispo de Buenos Aires había descollado en mayo de 2007, durante la quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), en la basílica de Aparecida de Sao Pablo, como encargado de redactar el documento conclusivo del encuentro.

La CELAM es una excepcionalidad latinoamericana: ninguna otra región tiene una instancia que reúna a todos los obispos de su continente. Creada al calor del Concilio Vaticano II, sus conferencias definieron un tipo de iglesia distinto al modelo romano. La opción por los pobres, el mandato de liberar al hombre no sólo en el plano espiritual sino también en el político y social, y sobre todo la promoción de las comunidades eclesiales de base y la tarea pastoral, son conceptos surgidos en Medellín, durante la II Conferencia de la CELAM, en 1968. De allí se desprendieron corrientes como la “Teología de la Liberación”, el “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo”, y la “Teología del Pueblo”, que a pesar del largo “invierno eclesial juanpablista”, como lo denominó el padre Eduardo de la Serna – uno de los principales referentes de los liberacionistas – se mantienen más o menos vigentes hasta el día de hoy.

Durante la conferencia en Aparecida que le tocó coordinar, Bergoglio se reveló como un hábil negociador entre las posiciones abismales de los teólogos de la liberación y la curia romana. En un documento contundente, el cardenal porteño definió al sujeto de la iglesia como el “discípulo misionero”, y lo fijó como punto de partida para la “Nueva Evangelización”; recuperando – según los ojos de sus colegas – para la Iglesia latinoamericana todo su potencial profético universal. Una vez al mando, el documento de Aparecida terminó convirtiéndose en el programa de la reforma vaticana.

Una mística popular para la nueva evangelización

 

El padre Gustavo Carrara está a cargo de la parroquia de Santa María Madre del Pueblo, de la villa 1-11-14, en el sur de la ciudad de Buenos Aires.  La 1-11-14 según él “es una pequeña Latinoamérica”, donde cada colectividad realiza sus fiestas, reza sus novenas a sus santos, lleva a cabo sus procesiones y vía crucis, con sus danzas y comidas típicas, “recreando la tierra suya, de la que fueron desarraigados, en el Bajo Flores”.

Sentado en una oficinita al lado de la capilla, Carrara distrae el frío con unos mates. De fondo suenan violines afinándose, los de la orquesta infantil que ensaya todos los sábados por la mañana. Carrara predica que si bien “las palabras mueven, los ejemplos arrastran”. Su acción explica por sí misma el significado de la “opción preferencial por los pobres”. El cura es continuador del padre Rodolfo Ricardelli, fundador del movimiento de sacerdotes tercermundistas, cuyos restos se encuentran dentro de la pequeña capilla con techo de chapa.  Junto con otros dos sacerdotes, Carrara construyó y mantiene una obra que se extiende por toda la villa, con comedores, un jardín de Infantes comunitario, un hogar para ancianos, un colegio secundario, una murga, un club atlético donde participan 1500 chichos, talleres de oficios, cuatro centros de acompañamiento para jóvenes con problemas de adicciones y dos granjas de recuperación en las afueras de la ciudad.

Para justificar la misión evangelizadora y pastoral como modelo de la Iglesia, cita una de las primeras declaraciones de Bergoglio como Sumo Pontífice: “Una Iglesia que no sale se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. A una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma”.

Carrara está a cargo de la “Vicaría episcopal para la pastoral de villas de emergencia” del arzobispado de Buenos Aires, creada a instancias de Bergoglio en 2009. Según su opinión durante su gestión como arzobispo, Bergoglio hizo “una opción preferencial por las periferias de su arquidiócesis”, duplicando la cantidad de sacerdotes designados en las parroquias de las villas.

El cura villero abreva en la “Teología del Pueblo”, una vertiente local de la “Teología de la Liberación”. Para él, los católicos de las clases populares demuestran que “Dios no es sólo un momento de la semana” a través de sus entramados solidarios y sus devociones profundas.

Aunque muchos referentes históricos de la Teología de Liberación todavía recuerdan que el actual Papa nunca se mostró entusiasmado por ese tipo de doctrinas, desde el documento de Aparecida Bergoglio hizo suyas sus palabras, al definir a la “religiosidad popular como el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina”, enalteciendo lo que llama “piedad popular”, una “originalidad histórica cultural de los pobres de este continente”, que describe con una licencia poética:

“La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual”.

Francisco vino a América Latina a recoger expresiones de esta mística popular, ejemplos vivos de “la nueva evangelización” que propone en su encíclica “Evangelii Gaudim” como salida de la crisis de la Iglesia a través de un resurgimiento pastoral. Una salida que para muchos, consiste en escapar del laberinto por arriba. Por eso las paradas elegidas para este tour: Ecuador, Bolivia y Paraguay, además de ser los tres países más pobres de Sudamérica, también tienen en común ser naciones con mayorías indígenas o mestizas, donde un catolicismo popular se mezcla con creencias y liturgias previas a la conquista.

Las fichas del Papa en el TEG de la Iglesia Católica

Con 425 millones de católicos, América Latina alberga al 40% de los católicos de todo el mundo. Para la Iglesia, aquí está su mercado más robusto y cautivo.

El uruguayo Germán Carriqury Lecour es el laico con mayor cargo en el gobierno de la Iglesia. Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina, para él, en nuestra región la Iglesia sigue siendo “un pueblo de Dios entre los pueblos”. Precavido, evita equívocos y aclara que eso no quiere decir que América Latina sea el “Continente Católico”. Los números le dan la razón.

Con 425 millones de católicos, América Latina alberga al 40% de los católicos de todo el mundo. Para la Iglesia, aquí está su mercado más robusto y cautivo. Sin embargo, en las últimas décadas a la Iglesia le aumentó la competencia, perdiendo terreno en toda la región. Según una encuesta realizada en 2014 en más de 18 países por el Pew Research Center, mientras en 1960 el 90 % de la población era católica, en la actualidad, menos del 70% de los adultos se identifican a sí mismos de esa manera. Mientras la Iglesia Católica ha perdido adherentes, las iglesias protestantes han ganado miembros. Según la misma encuesta de Pew, hoy en día casi uno de cada cinco (19%) adultos se identifican como protestantes, evangelistas o pentecostales. Indagados por la razón principal de su conversión, la mayoría de los entrevistados contestaron que lo habían hecho “buscando una conexión más personal con Dios”.

Carriqury Lecour fue discípulo de otro oriental, Alberto Methol Ferré, filósofo y amigo personal del Papa. Methol, quien falleció en 2009 y fue fundador del Frente Amplio, influyó en la formación intelectual de Bergoglio. Methol se reivindicaba peronista, y abogaba por construir a América de Sur en un único estado confederado. Hoy en día, su discípulo Carriqury Lecour, se pregunta:

“¿Acaso la elección del primer Papa latinoamericano en la historia bimilenaria de la Iglesia no es también un signo más del declino europeo? No es tampoco pura coincidencia que el Papa Francisco venga de una América Latina que ya no es más región atrasada, marginal, subdesarrollada, humillada, sino emergente del concierto mundial.”

En esa sintonía con Carriqury, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede – el número dos en el Vaticano – opinó ante los medios en los días previos a la gira que “desde el punto de vista político América Latina es un laboratorio donde se experimentan nuevos modelos de participación, que busca un camino propio hacia la democracia”, y anticipó que durante la visita el Papa “lanzaría una invitación a cuidar lo creado e invitar a buscar un desarrollo con justicia social, para crear un mundo que tenga en cuenta a los pobres”.

 

Apoyándose en los gobiernos populares de la región y las transformaciones sociales de la última década que – según el PNUD – sacaron a más 65 millones de personas de la pobreza, Francisco reinterpreta la definición que en 1968 el Papa Pablo VI hizo de América Latina como “el continente de la esperanza”. Mostrar buena sintonía con sus gobernantes también lo fortalecen como líder mundial y religioso, y le permiten decir – como la canción de Calle 13- que “los de atrás vienen conmigo”.

El Papa, gomia mio

 

Su Santidad puede sentirse a gusto al lado de Correa, quien en alguna oportunidad se definió a sí mismo como “muy progresista en la parte económica y social, pero bastante conservador en cuestiones morales”. En su Revolución Ciudadana abundan políticas de corte puritano: prohibió los casinos y salas de juego, restringió el consumo del alcohol los domingos, y hasta amenazó con renunciar si los diputados de su partido aprobaban la despenalización del aborto.  Ambos coinciden también en su interés por las cuestiones medioambientales. Pocos meses antes de la publicación de la encíclica medioambiental “Laudato Si”, Correa visitó el Vaticano, se reunió con Francisco y expuso en la pontificia Academia de las Ciencias de la Santa Sede, sobre la Iniciativa Yasuní-ITT del Ecuador, que buscaba dejar las reservas petroleras del país bajo tierra a cambio de una contribución internacional.

Con Evo Morales la cosa es distinta. En alguna oportunidad el líder cocalero contestó que sólo creía “en la tierra, en mi padre, en mi madre y en el Cuchi Cuchi”, en referencia al Cerro Sagrado que dominaba la región donde nació. En otra oportunidad, Evo confesó que de joven se había bautizado sólo para poder asistir a los casamientos. Con Evo, Francisco entabló una relación fructífera desde lo político, patrocinando juntos los Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares. Mientras el primero de estos tuvo lugar en octubre de 2014 en Roma, el segundo acaba de suceder en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Los movimientos populares ligados a la pastoral católica, que animaron durante muchos años los encuentros del Foro Social Mundial, firmaron al finalizar el encuentro del 9 de julio una declaración titulada “La Carta de Santa Cruz”, que llama a “superar un modelo social, político, económico y cultural donde el mercado y el dinero se han convertido en el eje regulador de las relaciones humanas en todos los niveles”. El pontífice se comprometió a presentar la declaración el 25 de septiembre ante el plenario de las Naciones Unidas, en Nueva York. En el acto de cierre, el Papa pidió perdón por los crímenes en nombre de Dios contra los pueblos originarios, y retomando su encíclica “Laudato Si”, sentenció:

“Queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos. Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra, como decía San Francisco”.

 

No hay presidente que no ansíe un guiño del “Siervo de los siervos de Dios”, por nombrar alguno de los cargos más pomposos que ostenta Jorge Mario Bergoglio por derecho canónico. Según una encuesta realizada a nivel regional por la consultora Latinbarómetro, la imagen positiva del Papa Francisco en la región alcanza en promedio, en una escala de 1 a 10, un 7.5, la más alta para una figura pública. En Argentina y Paraguay obtiene las mejores notas, y en Chile y Bolivia las más bajas. De acuerdo a la encuesta, la evaluación positiva aumenta a medida que disminuye la educación y aumenta la edad, y se acerca a la derecha del espectro político, sectores que a priori son contrarios a los gobiernos progresistas de la región. Según Latinbarómetro, el perfil de una mujer católica de más de 60 años de baja educación y de derecha que confía en la Iglesia es la que mejor evalúa al Papa Francisco, mientras el de un hombre menor de 25 años de izquierda es quien está predispuesto a evaluarlo de peor manera.

Mano a mano hemos quedado

 

El 13 de marzo de 2013, la primera en darse cuenta de esa nueva realidad fue la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner. La relación entre CFK y Jorge Mario Bergoglio estaba marcada por ese entonces, cuanto menos, por la distancia. De manera sorpresiva, en los días posteriores a su designación surgió una relación muy distinta a la que mantenían en tiempos que Bergoglio presidía la Conferencia Episcopal Argentina.

Al Secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri, el cambio no le sorprendió. Al frente de la cartera desde el año 2003, a Oliveri, el nuevo diálogo le pareció “una cosa natural, como debe ser entre una estadista como la presidenta, y un hombre que además de ser jefe de un estado como el Vaticano ha llegado a líder de la Iglesia Católica”. Oliveri destaca que si bien los dos se conocían por encuentros formales, “en los inicios del pontificado de Francisco surgió una empatía entre los dos, una relación en la que habrán conversado lo que tenían que conversar, dejado de lado lo que tenían que dejar, y avanzado hacia adelante en una relación, que la historia demostrará en lo fructífero que resultó”.

 

Lo cierto es que Néstor Kirchner siempre se destacó por elegir sabiamente a sus adversarios políticos. Como Mauricio Macri o las patronales agrarias, también Jorge Mario Bergoglio fue en parte una elección de Kirchner. Ambos supieron recoger sus frutos de esa relación. Con esos adversarios, Kirchner fue reorganizando un tablero político que desde la crisis del 2001 había estallado en mil pedazos. Por su parte, en cada round Bergoglio-Kirchner, el arzobispo fue sumando puntos en Roma, cuya curia más conservadora en principio no lo apreciaba tanto como al obispo de ultraderecha de La Plata, Héctor Aguer, eterno enemigo de Jorge Mario en la Iglesia argentina. En los primeros años de su gestión, Kirchner mantuvo un duro entredicho diplomático con el Vaticano. El conflicto se desató en el marco de los debates por la “Ley de Salud Reproductiva”, y escaló cuando el obispo castrense Antonio Baseotto declaró que el entonces ministro de salud Ginés González García “merecería que le colgasen una piedra de molino y lo arrojasen al mar”. El gobierno pidió la remoción de Baseotto, pero Roma se tomó su tiempo. Desde entonces, las cosas quedaron tensas, hasta que Bergoglio se convirtió en Francisco.

El domingo 12 de julio, será el sexto encuentro entre Cristina Fernández y Francisco, en el marco de la multitudinaria misa que celebrará el Papa en el parque Ñu Guasú (“Campo Grande”, en guaraní). Se espera que además del presidente paraguayo Horacio Cartés, formen también de la partida el uruguayo Tabaré Vázquez y la mandataria de Brasil, Dilma Rousseff, además de de dos millones de fieles provenientes de todos los puntos de Paraguay, como así también de Brasil y Argentina, y entre estos últimos, unos doscientos de la villa 21, viejos conocidos de Bergoglio.

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