Por Emiliano Gullo

Redactor - @emilianogullo

 Cronista. Le encantan las historias mínimas. Hincha de River, pero no va al Obelisco. Seguramente te lo cruces  en su bicicleta pedaleando en la ciudad de Buenos Aires.

La primera megaconstrucción del continente nació por error. O mejor dicho, por una imposibilidad política. Es que el Canal de Panamá, en rigor de verdad, fue la segunda opción. El país que presentaba mejores condiciones técnicas para conectar ambos océanos era Nicaragua. Sin embargo, la paupérrima oferta de Estados Unidos -principal interesado en el corredor junto con Francia- y los intereses de Managua minaron esa posibilidad.  Los constructores se decidieron entonces por Panamá.  Hoy se cumplen 101 años de la inauguración; un canal que hace 16 que dejó de ser administrado por Estados Unidos y pasó finalmente a manos del gobierno panameño.

El canal interoceánico tardó varias décadas. Todo comenzó en 1881, cuando el gobierno francés impulsó el faraónico delirio de cortar América a la mitad. Basta con ver el mapa para imaginar un diálogo entre un grupo de marinos y cartógrafos.  Podrían haber dicho, palabras más, palabras menos: “Ah, que picardía. Por tan poquito y no tenemos que dar una vuelta al mundo”. Es que, de otra manera, los barcos deberían pasar por el sur. Bien al sur, por el caótico y temido Cabo de Hornos, donde se termina Chile.

Ese cachito de mapa que conecta el Pacífico con el Atlántico es, en realidad, una distancia de 80 kilómetros. La tarea fue delegada en el vizconde Ferdinand Lesseps, que en su cv contaba con la reciente factura del exitoso Canal de Suez. Pero acá la cosa se presentó más compleja.

Para lograr que los barcos pudieran surcar esos pantanos se necesitaron más de 75 mil obreros -principalmente llegados desde las Antillas, aunque también vino un grueso desde Europa-. Muchos de ellos – se calculan unos 25 mil- murieron producto de las condiciones semi esclavistas de trabajo y de las enfermedades como fiebre amarilla, cólera y malaria. Esto, sumado a los problemas geográficos, comenzaron a trabar el desarrollo del proyecto francés.

Lesseps se dio cuenta rápido de que no podría hacer lo mismo que en el Canal de Suez. Entonces planeó el complejo sistema de esclusas que todavía hoy funciona. Lo que no pudo vencer el vizconde fueron los intereses dentro su propio país. Un escándalo de corrupción le estalló en la cara. Las muertes se hacían cada vez más frecuentes; y el terreno cada vez más hostil. Fue así que, después de ocho años de trabajo, la empresa de Lesseps quebró y abandonó el proyecto.

Las obras, ausentes de financiación, cayeron en manos de Philippe Bunau-Varilla, un soldado e ingeniero francés con vínculos en Washington. Y hacia allí se dirigió Bunau-Varilla para pedir crédito. Estados Unidos tenía la mesa servida. A cambio de los recursos para terminar el canal, el francés le cedía a los norteamericanos la explotación del servicio.

El contexto político no era ajeno a esta entrega. Con la complicidad de Estados Unidos, la provincia de Panamá decidió escindirse de la Gran Colombia y formar una nueva nación, anclada a los intereses norteamericanos, el 4 de noviembre de 1903. Así las cosas, dos semanas después de la independencia panameña, el secretario de Estado, John M. Hay, firmó el tratado con Bunau Varilla por el cual le cedía los derechos del canal a Estados Unidos a perpetuidad; todo a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual de alrededor de 250 mil dólares.

La inauguración oficial fue el 15 de agosto de 1914, cuando el vapor Ancón unió ambos océanos a través del flamante canal. Desde 1963, el paso está habilitado las 24 horas del día.  Si bien el acuerdo con Estados Unidos era de por vida, con el paso de los años comenzó a ser muy criticado al interior de Panamá. Un año después, las protestas contra la “Zona”, como se la llama en Panamá, fueron reprimidas y terminaron con la muerte de 21 panameños y cuatro soldados estadounidenses. La tensión siguió en aumento. Hasta que en 1977 el presidente panameño, Omar Torrijos y el presidente estadounidense, Jimmy Carter, firmaron un acuerdo ad hoc por el cual el canal pasaba a manos panameñas en 1999. Desde ese momento es administrado por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP).

Actualmente están en marcha la ampliación del canal, con la construcción de un tercer juego de esclusas.  El proyecto está a cargo del consorcio Grupo Unidos por el Canal (GUPC), integrado por Sacyr e Impregilo junto a la belga Jan de Nul y la panameña Constructora Urbana como socios minoritarios, en un contrato de 3.118 millones dólares. El compromiso era concluir las obras en 2014, pero las turbulencias aparecieron cuando GUPC denunció gastos adicionales y entró en disputa con la estatal ACP por un cobro extraordinario de 1.600 millones de dólares. La promesa ahora es que los trabajos finalicen en diciembre de 2015 y que las nuevas esclusas y obras aledañas empiecen a operar en 2016.

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