Por Andrés Valenzuela – @Piodritos

En 2012 una delegación llegó a Argentina en representación de Lyon BD, el festival de historieta de esa ciudad francesa. Argentina era la primera escala de un viaje en el que confiaban capturar las estéticas esenciales del continente para llevar a estos países como invitados a las ediciones 2013 y 2014 del festival. La variedad de estéticas, corrientes, grupos autogestionados y proyectos locales los abrumó, y la sensación se multiplicó cuando –aún antes de seguir camino- vieron en las bateas argentinas la producción de otros países latinoamericanos. ¿De dónde habían salido tantas viñetas?

Para ser justos con la troupe lyonesa, hay que reconocer que diez o quince años antes, la efervescencia historietística que atraviesa el continente casi no existía. Y si existía, acababa de ser rendida por las políticas neoliberales que se impusieron en sus países. El momento de consolidación de estos universos dibujados coincide con un período de cierta estabilidad socioeconómica, con una presencia más fuerte de los Estados nacionales en la vida cultural y con una corriente de integración continental que se refleja también entre los productores de cada país. Prácticamente todas las fuentes consultadas por NTD.la reconocen que en sus respectivos países el sector atraviesa un momento inédito.

Cuestión de números

Rodolfo Santullo nació en México durante el exilio de sus padres. Pero fue en el Uruguay donde se desarrolló como periodista, escritor, guionista y editor. Incluso llegó a dirigir la A.U.C.H., la Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta. Según Santullo, en Uruguay se publican de 15 a 20 libros por año, un número que viene creciendo sostenidamente en el último tiempo. “En los últimos quince años Uruguay ha producido alrededor de 200 libros y revistas de historieta”, afirma. El volumen puede parecer discreto, reconoce, pero en realidad es notable si se considera tamaño y población del país. “Y ni que hablar si pensamos que no se suman 200 publicaciones aunque retrocedamos exhaustivamente del 2000 al 1900”, agrega Santullo.

En Perú sucede algo similar. El historietista Jesús Cossio, conocido en el circuito por obras documentales como “Barbarie”, destaca que los locales publican de 7 a 10 libros por año, en general en tiradas bajas de 500 a 1000 ejemplares. El público potencial, sin embargo, podría ser mucho mayor: el periódico Perú21 publica un cómic norteamericano de superhéroes con tiradas que se estiman en hasta 60.000 ejemplares. Como la cosa marcha, parece, el medio anunció un proyecto para publicar autores peruanos y puso al frente a Hernán Migoya, ex editor de la mítica revista “El Víbora”, baluarte de la renovación gráfica española de la década del ochenta.

Otro tanto podría afirmarse cuando uno ve la cantidad de títulos publicados en Argentina: en 2014 fueron más de 130 sólo de autores nacionales, sin contar el material de otros países. En 2004 si las novedades de la disciplina llegaban a la decena, era de pura casualidad. El caso argentino es paradigmático pues supo tener una de las industrias de historieta más fuertes de Hispanoamérica (rivalizando con México) y su tradición artística en este campo es reconocida en todo el mundo. Sin embargo, después de la década del 90 esa industria se desarticuló y los autores “emigraron” laboralmente a los mercados europeos (Italia y Francia, mayormente) y a Estados Unidos. Quienes recién comenzaban debieron trashumar sus primeros pasos en el pedregal del fanzine.

El ascenso del autor-editor

Tanto en Argentina como en el resto del continente la aparición del fanzine como movimiento de resistencia de la historieta tuvo sus consecuencias. Una de ellas fue artística: sin industria editorial que marcara pautas de qué tenía “éxito” o que pagara por dibujar, los historietistas se volcaron por la estética y temática que más les interesaban. Esto devino en la atomización y variedad de estilos que se observa hoy en todo el continente, pero también supuso un marcado descenso en la producción de ciertos géneros, como al historieta infantil o de aventuras. Esta es, por lejos, la era del “cómic de autor” para estos países. El público, por este motivo, tampoco es el mismo. Ahora tiende a ser un lector especializado, las más de las veces coleccionista.

Cristián “Tec” Díaz es el autor de “Capitán Chile”, un superhéroe que es referente de la producción de su país. Díaz trae a colación el término “novela gráfica”, que hoy parece haber reemplazado al de “historieta” para identificar el lenguaje. “La novela gráfica es muy comentada y celebrada”, asegura, pero advierte que más allá del puñado de editoriales grandes, casi toda la producción es fruto de la autoedición de sus autores. El formato libro, confirma desde su perspectiva como autor, es la opción que permite acceder a las librerías y a las Ferias.

La otra consecuencia del fenómeno fue el ascenso de los autores que, a fuerza de buscar cómo mejorar la calidad de sus publicaciones y aprovechando la aparición de nuevas tecnologías, devinieron editores. Así, la autogestión es una de las marcas fundamentales del nuevo escenario de la historieta latinoamericana. Y como la autogestión suele contar con pocos recursos iniciales, esto también supuso un viraje en el modelo de producción: menos revistas, más libros; menos historieta en los kioscos, más en locales especializados y librerías.

En contrapartida, los grandes sellos tardan en apostar por las viñetas, recién ahora los grupos editoriales Planeta y Norma se animan a publicar autores locales, siguiendo el liderazgo (no mucho más audaz) de Penguin House Mondadori. En general, además, apuestan al humor gráfico (siempre vigente, siempre rendidor) y a los autores internacionales consagrados, a veces directamente importando pequeños volúmenes de sus ediciones españolas.

Festivales y Estado

Uno de los elementos centrales del movimiento que se registra son los festivales de historieta, que con suerte y afluencia dispar de público se organizan en todos los países. José Antonio “Chiqui” Vilca es el organizador de LimaComics, uno de los encuentros más importantes de la región. Chiqui suele viajar a visitar a sus pares y desde esa perspectiva traza un panorama continental. “Cada país es especial y distinto para manejar importaciones de libros y lo mismo sucede con la impresión. El envío por correo es excesivamente caro y entre trámites llevar algo de un país al vecino demora tres meses”, plantea las dificultades para favorecer el intercambio. “El eje del intercambio, me parece, será siempre más por los eventos entre los que sí existe un continuo intercambio”. No es raro ver autores de todo el continente en encuentros como Viñetas con altura (Bolivia), Entreviñetas (Colombia), Crack Bang Boom y Comicópolis (Argentina), Expocomics (Chile) o Montevideo Cómics (Uruguay). Es más, los festivales son una de las pocas ocasiones en las que los lectores pueden atisbar un fragmento de la prodigiosa producción brasileña (que es un fenómeno complejo y contradictorio en sí mismo).

Algunos de estos encuentros cuentan con apoyo o financiamiento estatal, como es el caso de los dos argentinos o el colombiano. En otros casos, el apoyo se manifiesta en concursos que dan plata, en leyes de resguardo patrimonial y en líneas fomento económico. Prácticamente la mitad de la producción uruguaya aprovecha de algún modo los Fondos Concursables de Cultura y Díaz asegura que en Chile no son pocos los que buscan caminos similares. En el Brasil el gobierno es el principal comprador mundial de libros. Dentro de ese paquete cada año suele comprar miles de ejemplares de no menos de medio centenar de historietas nacionales y extranjeras.

A pesar del buen momento, persisten dudas en el sector: ¿podrá la historieta de cada uno de esos países capear un temporal político y económico en su país? ¿O volverá a caer en las crisis cíclicas que diezman su producción? La respuesta, en otro diez años.

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