Por Emiliano Gullo - Redactor

Cronista. Cambió la tabla de Surf en Bologna por las copas de vino en Almagro. Seguramente te lo cruces en su bicicleta pedaleando en la ciudad de Buenos Aires.

“En nuestros labios quisieron enarbolarse

como ponientes los gritos.

Luego, los horizontes se romperán como

cuerdas y mi corazón vendrá a mí de nuevo.

Mi corazón ¡tantas veces ido!”
Norah Lange, “En nuestros labios”

Una fiesta en un coqueto salón de Buenos Aires reúne a las personalidades más destacadas de la cultura porteña a mitad de los años ´20. Entre ellos se encuentra el poeta Oliverio Girondo y despierta la atención la presencia de una hermosa y joven escritora; se llama Norah Lange. Viene acompañada por un muchacho, también poeta, que firma con el nombre de Jorge Luis Borges. Al finalizar el evento, Girondo se iría con ella, y Borges con un odio visceral. Esa noche nació una de los mayores enfrentamientos (no) literarios. Esa noche -dicen- nació Borges.

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Buenos Aires, noviembre de 1926. Un almuerzo en la Sociedad Rural Argentina de Palermo convoca a la aristocracia literaria de la época. Ricardo Güiraldes es el número uno gracias al éxito de Don Segundo Sombra, publicado pocos meses atrás. Llorarán su muerte al año siguiente, pero ahora todos se acomodan en el salón con vista a los lagos para celebrarlo. La invitación dice: “Fiesta de Don Segundo Sombra”.

Entre los escritores destacados también logran filtrarse algunos jóvenes poetas. Uno de los primeros en llegar es Oliverio Girondo, de paso por Argentina y con residencia estable en París. Con 35 años, es un playboy ilustrado: virtuoso, reconocido por la crítica, de estirpe patricia y fama de campeón. Escanea los participantes apenas llega a su mesa y clava la vista en una chica que se sienta a su lado: pelirroja, cabellera salvajemente ondulada, tez de porcelana, ojos turquesas, 20 años. Su nombre lo sabría durante la charla: Norah. Detrás suyo intenta participar de la conversación el joven con el que llegó. Ella le dice “Georgie”. Es Jorge Luis Borges, 27 años, autor de dos libros de poesías con escasa repercusión.

Hace meses que Borges la corteja y hoy es el día elegido para declararse. Pero la cosa está complicada. Precisa y constante, la labia de Girondo no da tregua. De vez en cuando hace una pausa para servirse un vino tinto especial que tiene escondido debajo de la mesa. En un momento, sin darse cuenta, Norah patea la botella. Un chorro atraviesa los pies de ambos. Ante el segundo de zozobra, Girondo aprovecha para acercar a su boca.

Ahí Dispara:

– Va a correr sangre entre nosotros.

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Ese knock out sepultó para siempre el horizonte romántico de Borges. En 1943 Girondo y Lange se casaron y siguieron juntos hasta la muerte del poeta, en 1967. Borges se hundía en la tristeza e incluso llegó a comprar una pistola, alquiló una pieza de hotel y pensó en suicidarse. Pero se arrepintió. En ese momento se esfumó la melancolía con la que había concebido sus primeras obras. En 1925, un año antes de la debacle girondina, en su segundo libro de poemas – “Luna de Enfrente”- el autor de “Ficciones” escribía:

“Tarde como de Juicio Final.

La calle es como una herida abierta en el cielo.

Yo no sé si fue un Ángel o un ocaso la claridad que ardió en la hondura.

Insistente, como una pesadilla, carga sobre mí la distancia.

Al horizonte un alambrado le duele.

El mundo está como inservible y tirado”

Para 1929 publicó su tercer libro de poemas. Durante más de 30 años no volvió al género. Recién en 1960 escribió “El hacedor”. En ese lapso, todavía con la angustia del desamor encima, Borges se dedicó a los ensayos. En 1935 aparecieron sus primeros cuentos en “Historia universal de la infamia”. La candidez de sus inicios moría triturada en los engranajes de la maquinaria Borges. Las puertas del Olimpo crujían ante la embestida del genio despechado.

Alguno hasta podrá decir que Norah Lange le hizo un favor al enamorarse de Girondo. Lo cierto es que, más allá de las cuestiones sentimentales, la vehemencia con la que “Georgie” critica la obra de su ¿ex? rival es elocuente.
Adolfo Bioy Casares reproduce -en su libro “Borges”- algunas impresiones de su amigo para con Girondo durante una charla del sábado 20 de julio de 1957:

– Mansilla tenía fama de ocurrente. El mismo Oliverio aspira a esa fama, sólo que no se le ocurre nada, salvo plagiar a los demás, diez años después.

Mansilla tenía fama de ocurrente. El mismo Oliverio aspira a esa fama, sólo que no se le ocurre nada, salvo plagiar a los demás, diez años después

J.L. Borges

Es Bioy Casares quién cita a Borges en su libro "Borges"

Habían pasado más de 40 años de aquella secuencia durante la Fiesta de Don Segundo Sombra pero el encono seguía intacto. Claro que ambos tenían una rivalidad estética. Pero llama la atención el desagrado que le seguía produciendo la figura de Girondo.

En el mismo libro, Bioy recuerda una conversación de 1962 en la que hablaban de Girondo cuando parecía que estaba muy enfermo:

Su obra no es nada. A Oliverio le gustaba el lado farrista de la literatura francesa– dice Borges.

No hace mucho, el Negro Zorraquín Becú lo ponderó por la obra y la conducta– responde Bioy.

¿Conducta?, enfureció Borges.  Fue un peronista inmundo.

Un año después de que falleciera el autor de Espantapájaros -el 24 de enero de 1967-, Borges continúa lapidario:

Oliverio Girondo, a lo largo de una vida de relativa aplicación, apenas logró producir tres o cuatro greguerías mediocres. Tiene razón Anderson Imbert cuando lo llama ‘Peter Pan de nuestras letras’, porque nunca creció.