INÉS NERCESIAN*

La holgada victoria del Tabaré Vázquez y Raúl Sendic en Uruguay. El achicamiento del partido Colorado y la confirmación de un bipartidismo ideológicamente más radicalizado. La correlación de fuerzas dentro del FA y los desafíos a futuro.

Sin muchas sorpresas, el domingo 30 de noviembre, en las vísperas del cierre de este año 2014, se realizó el balotaje en Uruguay. Prácticamente todos pronosticaban la victoria de la fórmula Tabaré Vázquez-Raúl Sendic por el Frente Amplio (FA). Y esta vez las encuestas no se equivocaron. El Frente Amplio alcanzó el 53,6 % frente al 41, 1%, con una diferencia de 12, 5% sobre Luis Lacalle Pou-Jorge Larrañaga, del Partido Nacional (PN). Así, Tabaré se convirtió en el presidente más votado desde la elección de la transición democrática de 1984. La fórmula del FA llegó muy tranquila al balotaje. El resultado de la primera vuelta había sido lo suficientemente holgado como para transitar el último tramo de la campaña sin ningún tipo de sobresaltos, incluso hubo tiempo para comenzar a idear el gabinete de ministros.

Muy por el contrario la elección en primera vuelta del 26 de octubre había sido en un día difícil. En simultáneo se realizó el balotaje en Brasil, donde disputaron Dilma Rousseff por el Partido dos Trabalhadores (PT) y Aécio Neves por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). La sensación general era que, a donde fuera Brasil, se inclinaría el resto de las urnas de la región. Por fortuna, el escrutinio brasileño fue rápido, y a las pocas horas se conoció el resultado, Dilma obtenía la reelección. Aunque los números fueron apretados (51,6% sobre 48,4%), se supo que Brasil no tendría “restauración conservadora”, utilizando la expresión del sociólogo brasileño Emir Sader.

En la primera vuelta, el expresidente Tabaré Vázquez logró imponerse con un 47,8 %, frente al candidato del Partido Nacional, Alberto Lacalle Pou que obtuvo un 30,9 %. A diferencia de Brasil, donde el PT quedó en una situación más frágil a nivel parlamentario, obligado a realizar acuerdos políticos, en Uruguay el oficialismo logró mantener la mayoría. A nivel territorial el FA se expandió y ganó en 14 de 19 departamentos, tres de los cuales, Cerro Largo, Rivera y Artigas (el departamento donde Raúl Sendic había creado el sindicato la UTAA), históricamente solían inclinarse por el PN.

En esta elección, ninguno de los candidatos expresaba una novedad; los cuatro nombres, presidentes y sendos vices, ya eran figuras conocidas para la política. Es decir, no hubo lugar para candidaturas inventadas, esas que se construyen mediáticamente, sin historia política y sin partidos. Seguramente, esa característica muy larga de Uruguay, donde los partidos fueron centrales en la vida política desde el siglo XIX hasta la actualidad, explica por qué –a diferencia de otros casos de la región que insisten en candidaturas más efímeras moldeadas por los medios– en la República Oriental, los  nombres y los partidos todavía se imponen.

“Esta elección confirmó una tendencia que venía desde el año 2004. El histórico bipartidismo protagonizado por el Partido Colorado y el Partido Nacional desde el siglo XIX, se desplazó hacia un esquema de partidos con hegemonía del FA y el PN, consolidando un bipartidismo con mayor polarización ideológica, que la que existía antes del FA.” 

Tabaré Vázquez es un histórico referente del FA, un partido creado en el año 1971. Fue intendente de Montevideo entre 1990-1994 y gracias esa experiencia de gestión pudo hacer su despegue a nivel nacional y crecer en forma exponencial: en 1994, en su primera candidatura a presidente, perdió por sólo dos puntos frente al del Partido Colorado, en 1999 ganó en la primera vuelta, aunque fue derrotado en el balotaje, y en el año 2004 ganó por mayoría absoluta.

Tabaré fue presidente entre 2005-2010 y consiguió retirarse con un índice muy alto de apoyo popular, un elemento que pesó a la hora de decidir su candidatura presidencial, que se dirimió en la interna con Constanza Moreira, que expresaba una opción más progresista dentro del espacio. La fórmula finalmente se integró por otro nombre largamente conocido, Raúl Sendic, hijo del histórico dirigente del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Sendic fue diputado por el FA y presidente de la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Pórtland (ANCAP). El FA optó por una solución de compromiso, eligió a un candidato seguro, aunque con un perfil más conservador, como Vázquez, y un vice cuyo nombre está referenciado a la izquierda uruguaya más radical aunque con un perfil renovado, como Sendic.

El Partido Nacional también apeló a viejos nombres de la política. Luis Lacalle Pou, es hijo del expresidente Alberto Lacalle, artífice de las políticas neoliberales durante los años noventa. Si bien la novedad era apelar a un hombre joven y moderno, como se suponía que expresaba Lacalle, en rigor de verdad, esa imagen se articuló con un nombre histórico dentro del Partido Nacional. La fórmula se completó con Jorge Larrañaga, otra figura importante dentro del espacio y un largo contrincante del viejo Lacalle en las internas del Partido.

Las elecciones no fueron solamente una disputa por los nombres, ciertamente, estaban en juego diferentes proyectos políticos. Mientras el Frente Amplio apeló a la continuidad del gobierno de José Mujica, con políticas de corte progresista y con una apuesta a consolidar los vínculos con los países de la región, Lacalle es expresión de un proyecto político contrario y más afín a estrechar lazos con el país del norte.

“Aun habiendo perdido unos puntos, la victoria más contundente fue en Montevideo, epicentro de la fuerza frenteamplista donde Tabaré fue intendente, y en Salto, donde Raúl Sendic había obtenido el 58% de los votos en las internas del FA. Todo indica, entonces, que la fórmula política fue acertada.”

El resultado electoral dejó algunas cuestiones a considerar. Esta elección confirmó una tendencia que venía desde el año 2004. El histórico bipartidismo protagonizado por el Partido Colorado (PC) y el Partido Nacional desde el siglo XIX, se desplazó hacia un esquema de partidos con hegemonía del FA y el PN, consolidando un bipartidismo con mayor polarización ideológica, que la que existía antes del FA. En las elecciones en primera vuelta, PC volvió a quedar en el tercer puesto y fue relegado de la opción del balotaje. Si se mira la historia larga de Uruguay este es un dato a destacar. A lo largo de la historia, los colorados gobernaron por más de noventa años consecutivos, hasta 1958, y desde la transición democrática a la actualidad fueron gobierno en tres oportunidades (1985, 1995, 1999). A partir de la elección de 2004 que coincidió con la histórica victoria en primera vuelta del Frente Amplio, los colorados comenzaron a tender hacia la baja. En esa elección obtuvieron el tercer lugar con un magro 10,6 %, y aunque en el 2009 crecieron al 17, 5 %, este año volvieron a caer al 12,9 %, confirmando su corrimiento de la disputa electoral principal.

A contrapelo de las expectativas que tenía la oposición, de que blancos y colorados se unificaran en la segunda vuelta, eso no ocurrió, y la fórmula Vázquez-Sendic triunfó cómoda. Este sistema de segunda vuelta es relativamente nuevo, se incluyó en la reforma constitucional de 1996 en donde, además del balotaje, se incorporaron las internas por partido (antes había ley de lemas). Esta reforma tenía la pretensión de frenar el crecimiento del FA, porque en una eventual segunda vuelta –se suponía– blancos y colorados bloquearían el ascenso frenteamplista. Aunque tuvo cierto efecto en el balotaje de 1999, no sucedió ni en 2004, donde el FA ganó por mayoría absoluta, ni en 2009. Tampoco funcionó en esta elección, donde los 17 puntos de diferencia de la primera vuelta apenas se achicaron a 12,5.

El Frente ganó en doce departamentos, contra los siete que fueron del PN. La sumatoria de la oposición (PN y PC) le restó sólo los departamentos, Maldonado y Flores.  Aun habiendo perdido unos puntos, la victoria más contundente fue en Montevideo, epicentro de la fuerza frenteamplista, donde Tabaré fue intendente, y en Salto, donde Raúl Sendic había obtenido el 58% de los votos en las internas del FA. Todo indica, entonces, que la fórmula política fue acertada.

“Con ese gradualismo a la uruguaya, el FA logró su tercer gobierno, confirmando una tendencia regional: desde Centroamérica hasta América del Sur, los gobiernos progresistas que plebiscitaron su continuidad ganaron.”

El FA obtuvo una victoria importante a nivel parlamentario en ambas cámaras. Eso colocará al partido de gobierno en una situación favorable para realizar procesos de cambios. En la cámara de senadores el FA alcanzó la mitad de las bancas, obtuvo quince senadores de los cuales seis forman parte del Movimiento de Participación Popular (MPP), el espacio dentro del FA que lidera José Mujica, y los nueve restantes se distribuyen en cinco lemas diferentes. Este hecho muestra la fuerza y la capacidad de liderazgo del grupo político de Mujica dentro del FA, que podrá funcionar como una opción de presión más radical dentro del gobierno.

En Uruguay los cambios son graduales. Siempre lo fueron. Salvo excepciones, como la gesta revolucionaria de José Gervasio Artigas, los Tupamaros en los años sesenta y setenta y – transición mediante- la participación de los extupamaros en la arena política electoral, Uruguay no suele despertar grandes fanatismos para los investigadores. Sin embargo, quienes estudiamos América Latina sabemos que incluso ahí donde pareciera no haber sobresaltos, o donde todo indicaría ser continuidad, debemos hallar explicaciones.

La elección de Uruguay importa. Porque es un país estratégico ubicado en una posición geopolítica clave entre Brasil y Argentina y es fundamental para la integración latinoamericana. Importa también porque con ese gradualismo a la uruguaya, el FA logró su tercer gobierno, confirmando una tendencia regional: desde Centroamérica hasta América del Sur, los gobiernos progresistas que plebiscitaron su continuidad ganaron, como se vio en El Salvador, Bolivia, Brasil, Uruguay. Lo de Uruguay confirma, a su vez, que América Latina vivirá un escenario de profundas disputas hegemónicas, donde las derechas –no importa si son nuevas o no– presionarán  en forma decidida en el escenario político. Profundizar los cambios pareciera ser el desafío que queda por delante.

 

* Dra. en Ciencias Sociales, investigadora del CONICET. 

Artículo publicado en Cuadernos de Coyuntura

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