pabloooooPor Pablo Taricco –  @tariccopablo


Guyana no es conocida por sus paisajes, ni por su historia, ni por su gente. Incluso es probable que pocos sepan su ubicación correcta en el mapa. Pero en 1978 un episodio trágico puso a este pequeño país sudamericano en la tapa de todos los diarios del mundo. Novecientas personas se suicidaban juntas, como forma de protesta contra un mundo injusto. Esta es la historia del Reverendo Jim Jones y de su Templo del Pueblo.


 

Unos mil metros adelante se ve un grupo pequeño de viviendas. El helicóptero se acerca y el camarógrafo de la NBC News sostiene una panorámica aérea de aquel caserío implantado en la mitad de la selva guyanesa. Se lo ve solitario, casi en medio de la jungla. Pocos kilómetros hacia el oeste separan a aquel paraje de la frontera con Venezuela, en el rincón amazónico oriental del continente.

El reverendo Jim Jones

El reverendo Jim Jones

El helicóptero avanza y dibuja un círculo lejano sobre ese pueblo rústico. Los techos de zinc brillan bajo el intenso rayo del sol. La película aérea nos muestra cuatro grupos de viviendas –de no más de 15 o 20 casas cada uno- alrededor de un núcleo central compuesto por  tres grandes galpones uno al lado del otro. A un costado, una suerte de terreno desmalezado para el cultivo y luego un camino alisado que recorre el perímetro del terreno. Al final sólo la espesura de la selva y más atrás un río barroso, angosto y largo.

Un zoom repentino y cruel del cameraman explicita una imagen demoledora: junto al tinglado central, una pila de muertos. A primera vista parece inverosímil. Pueden ser cien, o doscientos. O más. Los colores estridentes de sus ropas estilizan aquel cuadro horrendo. El helicóptero gira en círculos y registra ese infierno desde todos los ángulos. Los muertos son 900, y son los miembros del Templo del Pueblo. Es 19 de noviembre de 1978 en Jonestown, Guyana.

Algunas horas después, con cifras preliminares, los diarios de todo el mundo reflejan la noticia: “Ensayo macabro de suicidio colectivo” dice El País de España; “Matanza y Suicidio colectivo en Guyana” sostiene Clarín en Argentina; “300 muertos en Secta religiosa de la Jungla” titula el New York Times de EEUU. La noticia estremece por su magnitud y su significado escalofriante. Casi un millar de personas acaban voluntariamente con su vida en simultáneo. No hay registros de un evento similar en la historia.


Un camino deslumbrante al púlpito

James Warren Jones había fundado el “Templo del Pueblo” a mediados de los años 50 en Indiana, en el centro de los EEUU. Tenía poco más de 20 años, y un carisma especial para predicar y convencer a sus feligreses. A diferencia de la mayoría de las iglesias protestantes que pululaban por los barrios pobres norteamericanos de aquellos años, su templo se destacaba por por proclamar la igualdad entre los hombres y el fin de la discriminación hacia la comunidad negra. Con esa prédica lograba sumar cada día más miembros a su iglesia.

Pero ese afán por insertar consignas políticas en el discurso religioso era una fórmula que ya había sido ensayada. Desde los años 30 George Baker, un reconocido pastor negro que pasó a la historia con el nombre de Padre Divino, reunía a cientos de personas mientras proclamaba la santidad de la igualdad entre los hombres. La prédica de Baker lo había convertido en el pastor más exitoso entre las comunidades pobres del sur de los Estados Unidos. Su modelo de iglesia fue una guía para Jones, que buscó posicionarse como una suerte de heredero de Baker.

Según detalla el sitio especializado Alternative Considerations of Jonestown and People Temple, de la Universidad de San Diego (EEUU) -que contiene un asombroso archivo del caso al que puede accederse haciendo click aquí– la prédica de Jim Jones, al igual que la del Padre Divino, llamaba a “la unidad universal de todas las personas, sin distinción de raza, sexo o condición social, bajo un gobierno justo anti-jerárquico”. Según el sitio, se trataba de una doctrina que podría calificarse como “una forma de socialismo comunal divino” que por cierto se insertaba de manera muy efectiva en los EEUU de segunda mitad del siglo 20, atravesado como estaba por un gran debate sobre la cuestión negra. Eran tiempos de Martin Luther King y Malcom X.

Jones formó una "familia arcoiris"

Jones formó una “familia arcoiris”

Con el paso de los años, y atento a cierto clima de época, el reverendo Jones supo también hacer resonar su programa religioso en un ámbito en el que las ideas de la revolución social, espiritual e incluso sexual eran ya una tendencia. Corrían los años 60 y junto con la oposición a la guerra de Vietnam, una suerte de anticapitalismo silvestre se contagiaba entre los jóvenes. En esos años de rebeldía, Jones incrementó su influencia y su actividad en diversas ciudades de los Estados Unidos. Abrió sedes en California y luego en San Francisco, logrando una gran visibilidad y una influencia crecientes.

En el apogeo de su popularidad, mientras miles de fieles acudían a sus templos para escuchar sus sermones, Jones formó junto con su mujer Marceline lo que llamó una “familia arcoiris”. Fueron la primera pareja blanca en Indiana en adoptar un niño negro, y a eso le siguieron tres pequeños de ascendencia coreana y uno de ascendencia indígena.

Para potenciar aún más el perfil innovador de su liderazgo religioso, Jones impulsó en 1971 la grabación de un hermoso disco de música gospel, ejecutado por el Coro del Templo de Dios, que contenía canciones como esta:

Una iglesia que cotizaba en las urnas

La creciente relevancia del pastor Jim Jones en la vida social de San Francisco y sobre todo su creciente influencia en un número nada despreciable de votantes lo convirtieron en un actor político importante en la ciudad. Su opinión era consultada, y su imagen despertaba buenas consideraciones ciudadanas. Para los políticos, una foto con Jones era una fotografía deseada.

Tal es así que durante las elecciones locales de 1975, Jones decidió apoyar abiertamente al candidato demócrata George Moscone, incorporando a buena parte de su congregación para la campaña política, los mitines y las caminatas por la ciudad. Según detalló el hijo del pastor, Jim Jones Jr en el libro “Tiempo de Brujas” de David Talbot, el día de las elecciones cargaron “13 autobuses con 70 personas en cada uno y los tuvimos rodando sin parar de arriba para abajo”. Y agrega: “¿Si fuimos la fuerza que inclinó la balanza a favor de Moscone? ¡Por supuesto!”.

Mientras tanto, John Barbagelata, el candidato derrotado en las urnas por Moscone aseguró que la elección había sido robada por Jones, quién se las había arreglado para hacer votar varias veces a sus seguidores en distintos centros electorales. Finalmente, la alcaldía se definió por escasos 4000 votos.

Periódico de la época

Periódico de la época

Tras asumir, Moscone honró la deuda política que tenía con Jones, y lo designó al frente de la Delegación Municipal de Vivienda. En el escritorio del pastor comenzaron a definirse buena parte de los recursos para la construcción de hogares en San Francisco, los cuales se orientaron mayoritariamente en dirección al Templo del Pueblo, consolidando la inserción del reverendo en los barrios humildes.

Pero no solo el alcalde Moscone cosechó la simpatía de aquella iglesia. También supo hacerlo el popular político y referente de la comunidad homosexual de San Francisco Harvey Milk, quién tejió una sólida alianza con Jones. Tanto es así que en una ocasión el propio Milk, mientras ocupaba el cargo de Supervisor de la Alcaldía, le escribió una carta al presidente Jimmy Carter mediando a favor de Jones en una disputa que había tomado estado público acerca de la presunta manipulación que el pastor ejercía sobre sus fieles, una acusación que cada vez se haría más frecuente.

En la carta, un enérgico Milk aseguraba que Jones era “sobradamente conocido entre las minorías de aquí y de todas partes como un hombre del más elevado carácter que ha organizado soluciones constructivas que han sido de sorprendente eficacia para los problemas sociales”. Además, desacreditaba de manera airada a sus críticos y le pedía a la Casa Blanca tener una actitud positiva hacia el Templo.


Pero la frutilla del postre a la hora de delinear la inserción política de Jones en los Estados Unidos la puso en escena Rosalyn Carter, la esposa del presidente Jimmy Carter, que en 1977 mientras era la Primera Dama norteamericana, escribió una carta de recomendación para el líder del Templo del Pueblo. Estaba dirigida a las autoridades de Guyana, y les solicitaba atención para el pastor y su Iglesia que se mudaban a sudamérica a un paraje que de allí en adelante sería conocido como Jonestown. Con el pasar de los mese se sabría que misivas similares habían sido enviadas a Guyana por el vicepresidente de los Estados Unidos Walter Mondale; el ministro de Sanidad, Joseph Califano, y una docena de congresistas.

El lado oscuro de Jones

La habilidad de Jones para incrementar sostenidamente su influencia no evitó que a lo largo del camino sus adversarios se fuesen acumulando. Para el caso, parece regir una suerte de ley: todo liderazgo en ascenso va dejando heridos que esperarán el momento indicado para pasar por ventanilla. Políticos, ex feligreses y diversos personajes ligados a su pasado comenzaron a hacer llegar su mensaje a oídos de la prensa, que no dudó en publicar una serie de cuestionamientos hacia el líder religioso. Las notas contra el pastor comenzaron a ver la luz cada vez más regularmente.

Los gruesos aportes monetarios de los fieles del Templo, aún a costa de su propia economía familiar; la situación impositiva de la institución y sus presuntas cuentas en el exterior; el tráfico de influencias con la administración municipal e incluso las desprolijas relaciones íntimas de Jones con hombres y mujeres de su congregación comenzaron a asediarlo desde las tapas de los diarios.

Miembro del templo

Miembro del templo

Fue allí que el Pastor decidió llevar adelante un plan que venía elaborando desde hacía varios años, y que había tenido un ensayo a pequeña escala en California en 1965. En esa oportunidad, y con la excusa de la hecatombe nuclear que se venía, Jones había decidido mudar al campo a una pequeña congregación de no más de 200 fieles, replicando la vida institucional del Templo en ese escenario. Ese ensayo había llegado a buen puerto. Pero esta vez la apuesta sería aún más arriesgada.

Según diversos testimonios, Jones eligió mudar su congregación a Guyana. La elección no fue azarosa;  el reverendo conocía varios lugares en América Latina. De hecho, en la búsqueda del refugio ideal de la catástrofe nuclear que se avecinaba, llegó en 1962 a Belo Horizonte, Brasil. Allí vivió con su familia durante casi un año. Luego, el rastro del religioso se hace difuso.

Algunos biógrafos afirman que Jones pasa un semestre en Guyana, misionando con otros religiosos en comunidades pobres. Otros aseguran que hace una escala en Cuba, donde entabla relaciones con el propio Fidel Castro. Lo cierto es que la incertidumbre del paradero del reverendo a comienzos de los 60 dispara las más disparatadas elucubraciones. No faltan los intérpretes que publican cientos de artículos en los que afirman que el pastor se entrenó en Brasil con la CIA norteamericana en proyectos de control mental masivo, que aplicaría luego en Jonestown. Otros tantos afirman que el presunto viaje secreto a Cuba habría sellado la alianza de Jones con el comunismo internacional.

Jonestown, el paraíso en la tierra

El resto de la historia es más o menos conocida. El gobierno de Guyana le cede al Templo del Pueblo un terreno de 140 hectáreas cercano a la frontera con Venezuela para desarrollar un proyecto agrícola de corte comunitarista. En 1975 llegan allí una veintena de hombres que durante dos años preparan el terreno, desmalezan, trazan planos y construyen las viviendas para el arribo del resto de la comunidad, que finalmente se instalaría en Jonestown en 1977.

Distintos testimonios, como el del sobreviviente Tommy Bogue en el libro “Mil vidas” de Julia Scheeres, echan luz sobre las atípicas condiciones en las que se desarrolló esa experiencia de “socialismo comunitario divino” impulsada por Jim Jones en Guyana. Según Bogue, que vivió en Jonestown a la edad de 14 años con su familia, el pueblo estaba concebido para contener no más de 250 personas. A finales de 1978 más de 900 fieles convivían con notoria escasez de alimentos.

Jim Jones en Jonestown

Jim Jones en Jonestown

Según ese testigo, el gobierno de Jones era despiadado con su gente. Tal es así que llegó a encadenar a Bogue junto a otro niño durante varios días como castigo por haber intentado escapar de Jonestown. Incluso revela cómo el pastor conversó con su madre sobre la posibilidad de matarlo allí mismo por sus reiteradas faltas.

Del mismo modo Bogue relata cómo el reverendo reunía reiteradamente a sus feligreses en el galpón central del predio para compartir con todos su idea del “suicidio revolucionario” y para “planificar la muerte” de sus fieles. Según detalla, esta situación causaba inicialmente cierto malestar en la comunidad. Pero lentamente Jones logró instalar el tema, presentándolo como una suerte de ofrenda a la utopía que compartían. Incluso, como un gesto disruptivo hacia el mundo injusto que los rechazaba.

Con este particular contexto, los días en Jonestown continuaron con cierta normalidad hasta noviembre de 1978 cuando la llegada del congresista estadounidense Leo Ryan le dió al reverendo Jones la excusa que necesitaba para el acto final.

La visita del diputado demócrata buscaba investigar una serie de denuncias realizadas en EEUU por los familiares de los devotos de Jones, que acusaban al pastor de haber manipulado a sus seres queridos para arrebatarles sus bienes y aseguraban que en Guyana no se llevaba a cabo sino una suerte de campo de concentración.

Cuando Ryan arribó al sitio encontró una comunidad con algunos inconvenientes, pero convencida de su proyecto. En las imágenes registradas por el equipo periodístico de la NBC News norteamericana -y a las que puede accederse haciendo click aquí– pueden observarse una serie de entrevistas con lugareños, testimonios de los feligreses, e incluso una gran cena con música en vivo en la cual se observa el grado de integración del proyecto liderado por Jones.

Las imágenes y los testimonios hablan solos, y refieren a un grupo de personas que afirma una posición ética. Sin embargo. durante años decenas de reportajes y trabajos científicos intentaron presentar el asunto como un mero suceso de manipulación, quitándole espesor y complejidad al tema.

La escena final sucede como un lento y trágico efecto dominó: cuando Ryan emprende el regreso a EEUU donde pretendía dar a conocer un informe de la situación en Jonestown, un grupo de familias manifestó su intención de regresar con él. Jones monta en cólera, y si bien les permite marcharse, al llegar al aeropuerto de Port Kaituma el grupo es recibido por una banda de pistoleros que asesina a tiros a Ryan y a otras tres personas.

Mientras tanto, en Jonestown, el reverendo Jim Jones anuncia a sus 900 fieles que había llegado el momento de abandonar la tierra. Pese a algunas resistencias, logra hacer valer su posición en la cual detalla que el desenlace de Port Kaituma era el fin del modo de vida en Jonestown, por lo cual era necesario dar el paso final.

“Quitadnos la vida. Renunciamos a ella. Estamos cansados. No hemos cometido suicidio, hemos cometido un acto de suicidio revolucionario en protesta por las condiciones de este mundo inhumano” dijo el reverendo a sus fieles.

El audio completo de ese discurso macabro puede oirse acá.

Mientras Jones daba este discurso, 900 personas ingerían Flavor-Aid, un concentrado de jugo en polvo que había sido preparado para la ocasión y que contenía cianuro como principal veneno. La pócima había sido estudiada por los colaboradores del Templo y aprobada por el reverendo. Sólo esperaban el momento para darle utilidad.

Primero los padres dieron el veneno a los 300 niños que vivían en Jonestown. Luego ellos mismos se suicidaron. Finalmente Jones se pegó un tiro. Luego, llegó la policía.

 

 

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