Por Pablo Taricco – @tariccopablo

Cuatro billetes de 100 dólares, o una tarjeta de crédito. También sirven 1252 soles para subirse al Hiram Bingham, el lujoso tren de PeruRail que nos lleva desde Cuzco hasta Aguas Calientes, el pueblito más próximo a la impactante Machu Picchu. El trayecto es, por supuesto, una experiencia fuera de lo común por los hermosos parajes que atraviesa aquella sofisticada máquina de capitales británicos y peruanos. La travesía evidentemente tiene su costo, pero más de un gringo acaudalado recomienda vivirla antes de dejar latinoamérica rumbo a otros paisajes exóticos.

Sin embargo, cuando Hiram Bingham llegó a Machu Picchu por primera vez en 1911 lo hizo a pie, acompañado apenas por un puñado de guías y colaboradores. Aquel profesor de historia de América Latina de la Universidad de Yale, con 35 años había recorrido nuestro continente buscando profundizar sus estudios sobre el Libertador Simón Bolívar. Pero el destino le tenía preparada otra aventura.

Indiana Jones

Indiana Jones

Durante un viaje a Perú en 1909, inicialmente ideado para recorrer a caballo los caminos bolivarianos, fue puesto al tanto de las expediciones organizadas por autoridades cuzqueñas en busca de la mítica Vilcabamba, la ciudad donde el último Emperador Inca enfrentó sin suerte a los conquistadores. Y aunque en aquel momento declinó el convite, comenzó a planificar su propia expedición que finalmente concretaría en 1911.

A mediados de julio de ese año se internó en la selva con su reducido equipo. Montados en burros recorrieron el cañón del Río Urubamba hasta llegar a la zona conocida como Mandor. Allí, un indígena llamado Melchor Arteaga los condujo por 50 centávos de dólar hacia una zona donde podrían encontrar ruinas incas. Bingham sabía que en ese sector de la selva no iba a encontrar Vilcabamba, que debía estar más adelante. Pero igual decidió inspeccionar el lugar recomendado por Arteaga. Era el mediodía del 24 de julio de 1911 cuando pisaron Machu Picchu.

En un primer momento, Bingham no tomó dimensión del hallazgo. Sacó algunas fotos, tomó notas sobre el lugar y dibujó algunos croquis de lo que parecía ser una ciudadela escondida entre la maleza. Luego regresó al campamento y al día siguiente continuó con la búsqueda de la Ciudad Perdida. La expedición duró varios meses, y tuvo buenos resultados. Bingham había llegado además a Choquequirao y Espíritu Pampa, dos tesoros arqueológicos sobre los que se especulaba si eran o no la anhelada Vilcabamba. Hacia finales del año regresó a los Estados Unidos para planificar sus próximos pasos. Ya no tenía dinero y era momento de dar a conocer sus descubrimientos.

La National Geographic Society se interesó de inmediato en sus fotografías, y le propuso aportar 10 mil dólares para regresar a aquellas ruinas que Bingham había nombrado como Machu Picchu, según lo indicado por Arteaga. El objetivo era realizar un gran reportaje fotográfico sobre el sitio para publicar en su revista. Otro tanto aportó la Universidad de Yale, y finalmente su esposa, hija del propietario de la importante joyería Tiffany de Nueva York, hizo lo propio para que en 1912 Bingham regresara por segunda vez a aquella ciudadela que luego sería llamada “La Ciudad Sagrada de los Incas”.

En 1913, el número aniversario de National Geographic estuvo dedicado exclusivamente a Machu Picchu. En el inicio, el editor decía:

Primeras fotos

Primeras fotos

Los miembros de la Sociedad estamos sumamente gratificados por el espléndido registro que el Dr. Bingham y todos los miembros de la expedición han hecho, y al estudiar las 250 maravillosas imágenes que se imprimen con este informe, también nos emocionamos por las maravillas y los misterios de Machu Picchu. ¡Qué gente extraordinaria deben haber sido los constructores de Machu Picchu! quiénes construyeron sin implementos de acero, y utilizando sólo martillos y cuñas de piedra, la maravillosa ciudad de refugio en la cima de la montaña!”.

Aquella publicación fue un éxito. Había logrado poner al hallazgo de Bingham en la cima de los debates científicos.

En 1915 el ya afamado profesor Bingham regresó por tercera vez al lugar, esta vez acompañado por un importante grupo de científicos dispuestos a desmalezar, excavar, clasificar y estudiar en profundidad aquella ciudadela sobre la que todo el mundo hablaba. Su “descubrimiento” -como presentaba a Machu Picchu- lo había colocado en una destacada posición académica, y su fama de valiente y audaz explorador terminaban de componer un cuadro de conveniencia inmejorable para aquel joven científico de 40 años. Su vida era una novela de aventuras.

Mientras tanto, las autoridades peruanas le permitieron retirar del lugar 46 mil piezas arqueológicas que serían estudiadas en la Universidad de Yale, para profundizar los conocimientos sobre tan importante material. La aparición de Machu Picchu en el mundo científico fue un evento muy importante que puso en el centro de la escena a la cultura andina previa a la conquista.

Sin embargo, con el paso del tiempo aquel relato épico impulsado por Bingham y la National Geographic comenzó a relativizarse: surgieron algunas pruebas y testimonios que ponían en duda la calificación de “descubrimiento” con que era presentado el asunto Machu Picchu. Por otra parte, la negativa de la Universidad de Yale ante el pedido de devolución de las reliquias por parte del Perú a lo largo de los siguientes 100 años dinamitó el prestigio de aquellos investigadores.

En primer lugar, los historiadores peruanos detallan que Machu Picchu nunca había estado “perdida”, ya que era frecuentada por los habitantes de la zona. Incluso hay documentos administrativos en Cuzco de siglos anteriores donde se hace mención a peticiones y reclamos en torno a aquellas ruinas, que para principios de 1900 no eran un secreto en la ciudad.

Sin embargo, desde el punto de vista científico reconocen que Machu Picchu no había sido estudiada, y le reconocen a la dupla Bingham-National Geographic la popularización de aquella ciudadela, lo que generó un interés académico e incluso turístico a lo largo de los años.

Machu Pichu

Machu Picchu

Pero si de descubrimientos se trata, hay un detalle curioso que fue omitido en los relatos de Bingham acerca de su llegada a la ciudad. Según contó su hijo Alfred Bingham en su libro “Retrato de un explorador”, Hiram había anotado en su bitácora de viajes que al llegar a las ruinas lo sorprendió una inscripción en la piedra: “Lizarraga 1902” decía un garabato escrito con carbón. Incluso el propio Bingham escribió:“Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y él vive en el puente de San Miguel”.

De todos modos, poco parece aportar el debate acerca de quién llegó primero al sitio. A menos, por supuesto, que la historia vaya a recordarte con el título del “descubridor de Machu Picchu”.

A modo de reconocimiento, es justo destacar que internarse en la selva durante meses, atravesarla a lomo de burro, caminando, escalando y durmiendo a la intemperie con el afán de descubrir sitios olvidados o inexplorados, es suficiente mérito como para ser recordado. Incluso, suficiente para inspirar films de aventuras 70 años después.

Historia aparte fue el resto de la vida de Bingham, que tras dejar la carrera científica fue gobernador de Connecticut, y luego Senador por el Partido Republicano. Falleció un 6 de junio de 1956.

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