Por Pablo Stefanoni

Las elecciones del 12 de octubre en Bolivia confirmaron la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y pusieron en evidencia que el liderazgo de Evo Morales mantiene su solidez después de ocho años en el poder, un dato en sí mismo relevante en un país conocido por su inestabilidad política, económica y social.El binomio Evo Morales-Álvaro García Linera se impuso con el 61,36% de los votos contra el 24,23% de Unidad Demócrata (UD), encabezada por el político y empresario Samuel Doria Medina, y el 9,04% del ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga, quien candidateó con la sigla del Partido Demócrata Cristiano. En La Paz, sede del Gobierno, el oficialismo obtuvo el 68,92% frente al 14,75% de UD. Con estos resultados el MAS consiguió mantener los dos tercios del Congreso que tenía desde 2009 y, dato política y simbólicamente muy significativo, ganar Santa Cruz –región otrora opositora del oriente agroindustrial del país– con casi el 50%.

En líneas generales, el resultado electoral  permite  observar una reducción de los votos en el Occidente andino –aunque desde niveles excepcionalmente elevados– en paralelo a un aumento en el Oriente. Por ejemplo, en La Paz el MAS había obtenido en 2009 el 80,28%, por lo que su votación se redujo más de 10 puntos. No obstante, dado el resultado excepcional de ese año, la pérdida no le impidió “quedarse con todo” esta vez, es decir con la totalidad de los diputados uninominales y los cuatro senadores en juego en La Paz. Lo mismo ocurrió en regiones como Oruro o Potosí. Si en 2009, la épica de la lucha contra la “media luna” autonomista –acusada de separatismo y de golpismo contrarrevolucionario– movilizó un voto posiblemente por encima de la adhesión a Evo Morales en circunstancias normales, el 12 de octubre la victoria segura relajó la musculatura masista, y la épica se desplazó a las otrora regiones opositoras.

Evo

Evo y la wiphala

Pero no sólo la épica explica el triunfo del MAS en Santa Cruz (hoy solo el departamento de Beni se muestra refractario al MAS, aunque la votación oficialista allí fue superior al 40%) de la mano del ex Ministro de Gobierno (Interior) Carlos Romero. El partido de Evo Morales aplicó allí una política pragmática, que vehiculizó el ingreso al MAS de un pequeño grupo de militantes de la derechista Acción Democrática Nacionalista (ADN, el partido fundado por el general Hugo Banzer) y de la diputada Jessica Echeverría, que pasó por varios agrupamientos de la derecha –incluso pocos días antes había sido elegida vocera de Tuto Quiroga– y en 2008 formó parte del cruceñismo radical. Junto a su pase al oficialismo, la parlamentaria evangélica pidió perdón por “haber sembrado el odio” en esos días de polarización política.

“En Santa Cruz, el partido de Evo Morales aplicó una política pragmática, que vehiculizó el ingreso al MAS de un pequeño grupo de militantes de la derechista Acción Democrática Nacionalista (ADN, el partido fundado por el general Hugo Banzer) y de la diputada Jessica Echeverría. (…) En un contexto de crecimiento económico y tras la derrota de los sectores más radicalizados, el gobierno se acercó al empresariado en un pacto implícito”

Hoy el panorama es significativamente diferente a 2008/2009 cuando la región estaba en pie de guerra contra La Paz. En un contexto de crecimiento económico y tras la derrota de los sectores más radicalizados, el gobierno se acercó al empresariado en un pacto implícito en el que estos últimos reconocen la legitimidad del Presidente, y este último la del modelo de capitalismo cruceño. De esta forma, se plasma, luego de un primer momento de polarización y enfrentamiento, la “salida pactada” que propuso García Linera como candidato a vicepresidente en 2005.

Paraísos perdidos

En estos ocho años de gobierno, hubo varios “paraísos” que fueron quedando de lado en la Revolución Democrática y Cultural, alimentando algunas disidencias que no lograron traducirse en votos. El indianismo radical, el comunitarismo, el hetéreo “vivir bien” (suma qamaña), las visiones plurinacionales o de la descolonización asociadas a la otredad del mundo indígena o a sus potenciales anticapitalistas, se fueron debilitando en favor de la prioridad de la gestión y de vías descolonizadoras más asociadas al mercado. Adicionalmente, el censo poblacional de 2012 arrojó datos a priori paradójicos: si en 2001 el 62% de los bolivianos y bolivianas mayores de 15 años se identificaron como indígenas, ahora sólo lo hizo el 42% (esto es importante porque todas las luchas desde los primeros años 2000 encontraron una base de apoyo estadístico y moral en ese censo).

“Si en 2001 el 62% de los bolivianos y bolivianas mayores de 15 años se identificaron como indígenas, ahora sólo lo hizo el 42% (esto es importante porque todas las luchas desde los primeros años 2000 encontraron una base de apoyo estadístico y moral en ese censo)”

Hay muchas causas que pueden haber incidido en el desplazamiento identitario, entre ellas un cambio en la pregunta que reemplazó “indígena originario” por “indígena originario campesino”, tal como figura en la nueva Constitución, precisamente cuando Bolivia ya es un país mayoritariamente urbano. No menos importante es que en 2001 la identidad indígena era cuestionadora del orden de cosas y hoy es oficial, sin que la Bolivia urbana-mestiza se sienta siempre a gusto con esa “indianidad de Estado”.

Finalmente, en Bolivia, la mayoría es “un poco” indígena y “un poco” mestiza, por lo que la variabilidad  de las identidades no resulta muy infrecuente. Más aún en las poblaciones quechuas, las mayoritarias. Estas carecen –como señalan Pablo Quisbert y Vincent Nicolas en su reciente libro Pachakuti: el retorno de la nación[1]– de símbolos y héroes etnonacionales como sí tienen los aymaras con Tupac Katari o la bandera multicolor denominada wiphala: lo quechua es más bien una lengua que une a diversas “naciones” locales.

Evo se declaró sorprendido con los resultados censales, pero dijo que es un tema secundario y señaló que, de todos modos, como en los dados, “lo que se ve se anota”. El vicepresidente Álvaro García Linera escribió luego un texto titulado Nación y mestizaje para defender la plurinacionalidad.[2] Pero Evo, que sabe “anotar” en el cacho, un juego popular en Bolivia, también conoce cómo hacer ajustes en sus campañas con olfato de experimentado sindicalista.

“La campaña electoral de 2014 estuvo marcada por la economía, que creció de forma sostenida en los últimos ocho años, mediante una mezcla de nacionalismo económico (fortalecimiento del Estado) y prudencia fiscal –destacada por medios como el New York Times e incluso por economistas libertarians como Tyler Cowen. (…)  Es la economía la que contribuyó a operar lo que el analista Fernando Molina caracterizó como la “despolarización” política en el país”

Este contexto, alentó un giro en el MAS hacia la propuesta del salto tecnológico como principal eje de campaña: el teleférico de transporte entre La Paz y El Alto, el satélite Túpac Katari, la promesa de una Ciudadela del Conocimiento en Cochabamba e incluso la más polémica propuesta de avanzar hacia la energía nuclear formaron parte del programa del MAS. Además, se incluyó el relanzamiento de la construcción de la carretera a través del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure, que en 2012 fue suspendida debido a protestas en contra del trazado.

Economía y despolarización

La campaña electoral de 2014 estuvo marcada por la economía, que creció de forma sostenida en los últimos ocho años, mediante una mezcla de nacionalismo económico (fortalecimiento del Estado) y prudencia fiscal –destacada por medios como el New York Times e incluso por economistas libertarians como Tyler Cowen.[3] No hay que olvidar que cuando la izquierda gobernó en Bolivia (1982-1985) debió abandonar el poder antes de tiempo en medio de una brutal hiperinflación que operó como un trauma social similar al de la Argentina. Ese recuerdo, sumado a la subjetividad campesina de Evo expresada en su aversión a las deudas y a cierta tendencia a “guardar la plata bajo el colchón”, explica que Bolivia tenga hoy 15.000 millones de dólares de reservas internacionales, equivalentes al 51% del PBI. El ministro de Economía, Luis Arce Catacora, garantiza desde el primer día de la gestión Evo que las variables macro se mantengan en orden.

Es la economía la que contribuyó a operar lo que el analista Fernando Molina caracterizó como la “despolarización” política en el país.[4] Al mismo tiempo, esta estabilidad económica –que Evo Morales resaltó como la principal razón para votar al MAS- plantea una suerte de bifurcación en el bloque bolivariano entre Bolivia y Ecuador, por un lado, y Venezuela por el otro, junto a un debilitamiento generalizado del “socialismo del siglo XXI” en favor de perspectivas neodesarrollistas. El contenido de este imaginario –en un sentido no necesariamente coincidente con el inventor del concepto, el brasileñó Luiz Carlos Bresser Pereira– fue definido con gran claridad por el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien hace un tiempo elogió de manera efusiva el modelo de innovación, desarrollo y visión empresarial israelí y criticó a las “izquierdas conservadoras” y a los empresarios adversos al riesgo (la alocución se puede ver en YouTube con el título “Israel debe ser un ejemplo para nosotros”).

“García Linera definió así la etapa actual y defendió el rol del Estado y cierta visión pragmática: “mientras no surgen iniciativas [comunitarias] de parte de la sociedad, tenemos que trabajar con lo que existe y esos son empresarios, que tienen que reforzarse, crecer y generar más riqueza”

La nueva etapa de post-polarización se ratificó en las urnas: el segundo lugar nacional fue ocupado por una opción de centroderecha que buscó convencer a los bolivianos de que mantendría “lo bueno” que hizo el MAS y no desplegó un discurso restaurador del viejo orden.[5] Otro efecto del nuevo escenario es que dos ex presidentes (Carlos Mesa y Eduardo Rodríguez Veltzé) han aceptado la propuesta de Morales de ser portavoces de la demanda marítima frente a Chile, el primero como vocero internacional de las razones bolivianas, y el segundo como embajador en Holanda y articulador del juicio en la Corte de la Haya.

Adicionalmente, en el éxito del “modelo Evo” hay que incluir la propia estructura del MAS, sede de una alianza entre diferentes sectores sociales, territoriales, gremiales y étnicos, que precisamente funciona en la misma clave (corporativa) de ejercicio de ciudadanía que la mayoría de la sociedad boliviana.[6] Para muchos sectores sociales, las listas electorales del MAS –confeccionadas en una mezcla de participación desde abajo y decisionismo desde arriba– son una forma bastante eficaz de acceso al Estado y de “autorrepresentación” política. Por eso, entre otras cosas, quienes desde el mundo intelectual (Raúl Prada, Alejandro Almaraz, etc.) se propusieron “reconducir el proceso de cambio” y convocaron para ello a los “movimientos sociales” no lograron mayores adhesiones.

 

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Recientemente, García Linera definió así la etapa actual y defendió el rol del Estado y cierta visión pragmática: “Mientras no surgen iniciativas [comunitarias] de parte de la sociedad, tenemos que trabajar con lo que existe y esos son empresarios, que tienen que reforzarse, crecer y generar más riqueza. Sáquense ese chip de en qué momento el Gobierno va a dar el golpe y estatizar todo. Eso no va a suceder, eso ha fracasado y eso no es socialismo, la estatización de los medios de producción llevó a un tipo de socialismo bastardo y fallido. No repetiremos ese error. No repetimos lo de la UDP en el 84, no repetimos lo de la URSS”.

“El Movimiento sin Miedo (centroizquierda), perdió la personería electoral por sus magros resultados del 12 de octubre, fundó la agrupación ciudadana SOL.bo (Soberanía y libertad) quitándose de encima el liderazgo ya incómodo de Juan del Granado”

Y prosiguió en relación a la “inclusión del adversario” en el proyecto: “Si un proyecto se queda en su núcleo original es dominación e imposición. Abrirse tanto que los otros sectores te pueden copar e imponer siempre será el riesgo de una hegemonía, por eso es una batalla. Al haber incorporado a tu adversario en tu proyecto universal, [este] deja de atrincherarse en un feudo y ya no podrá generar contrapoder. El riesgo es que tengas un adversario lo suficientemente hábil, inteligente, que desde el interior de tu proyecto convierta al suyo en el hegemón del proyecto universal”.[7]

La próxima batalla electoral es muy pronto: en marzo de 2015 se elegirán alcaldes y gobernadores. Allí la oposición espera mejorar, al menos en parte, los resultados, aprovechando que la lógica del voto local es a menudo diferente a la nacional. En ese marco, el alcalde paceño, Luis Revilla (42 años), busca emerger como un futuro líder de la oposición. Aprovechando que su partido, el Movimiento sin Miedo (centroizquierda), perdió la personería electoral por sus magros resultados del 12 de octubre, fundó la agrupación ciudadana SOL.bo (Soberanía y libertad) quitándose de encima el liderazgo ya incómodo de Juan del Granado. Si le gana al MAS y es reelegido, Revilla será uno de los posibles nuevos rostros presidenciables hacia 2019, al menos como posibilidad. Claro, falta mucho. En el medio, Evo Morales deberá decidir si utiliza los dos tercios para cambiar la Constitución y habilitar la reelección indefinida. Y habrá que ver si el desempeño económico resulta durable y a prueba de los vaivenes en los precios de las materias primas, que informan sobre la canasta exportadora de un país de recursos en apariencia inagotables desde hace cuatro siglos.

* Jefe de redacción de la Revista Nueva Sociedad. Centro de Historia Intelectual, UNQ.

Artículo publicado en Cuadernos de Coyuntura

[1] La Paz, Pieb, 2014.

[2] Álvaro García Linera, Nacion y Mestizaje, La Paz, Vicepresidencia del Estado, septiembre de 2013. Disponible en: http://www.vicepresidencia.gob.bo/IMG/pdf/nacion_y_mestizaje.pdf

[3] William Neuman, “Turnabout in Bolivia as Economy Rises From Instability”, New York Times, 16/2/2014; Tyler Cowen, “Why I endorsed Evo Morales”, Marginal Revolution, 2/9/2014.

[4] Fernando Molina, “Elecciones bolivianas, el fin de la polarización”, Infolatam, 27/9/2014.

[5] Ver: Fernando Molina, “La oposición boliviana, entre la ‘política de la fe’ y la ‘política del escepticismo’”, Nueva Sociedad, Nº 255, noviembre-diciembre de 2014.

[6] Pablo Stefanoni y Hervé Do Alto: “El MAS: las ambivalencias de la democracia corporativa”, en AAVV, Mutaciones del campo político en Bolivia, La Paz, PNUD, 2010.

[7] Pablo Ortiz y Mónica Salvatierra, El Deber, 16/11/2014.

 

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