Un 12 de mayo de 1973 en La Paz, mataban a Monika Ertl, la joven guerrillera alemana que consumó la revancha más deseada por la izquierda mundial: matar a Roberto Quintanilla, el cerebro tras el asesinato del Che. La historia de aquella bella combatiente del Ejército de Liberación Nacional es sorprendente: hija del fotógrafo de Hitler, emigró a Bolivia tras la 2da Guerra Mundial y escapó luego de las comodidades de su familia para internarse en la selva. En su muerte se cierra un extraño círculo. Klaus Barbie, el tristemente célebre “carnicero de Lyon” del nazismo, la persiguió hasta el fin de sus días.

En el aniversario de la muerte de Mónika Ertl, NTD reproduce el 1er capítulo del libro que relata su vida: “La mujer que vengó al Che Guevara“, de Jürgen Schreiber.

“¡Victoria o Muerte!” *

Para la venganza, ningún camino es largo. El cónsul general se había engalanado para esperarla: traje oscuro, corbata de lana azul que contrastaba con la camisa blanca, gemelos que lucían un escudo. El bigote, afeitado al estilo militar.

Es el 1ro de abril de 1971. Hamburgo, calle Heilwigstrasse 125, la bandera tricolor cuelga flácida del mástil. Diez menos veinte de la mañana. Roberto Quintanilla Pereira, diplomático representante de Bolivia en el norte de Alemania, está sentado en su oficina. Es el personaje más odiado por la izquierda mundial y sobre él pesa la maldición de Fidel Castro: todos los responsables de la ejecución de su hermano de sangre, el Che, deberán ser eliminados.

Roberto Quintanilla

Roberto Quintanilla

La carrera de Quintanilla al frente del servicio secreto de su país había alcanzado su punto culminante con el final del líder revolucionario en la selva boliviana. Quintanilla fue quien ordenó que le amputaran las manos al Che Guevara, y con esa profanación firmó su sentencia de muerte. En 1970, por su propia seguridad, el gobierno de Bolivia decidió enviarlo al extranjero.

El 25 de marzo de 1971, una desconocida había solicitado por teléfono una entrevista en el consulado. Habló con la secretaria; al parecer, se trataba de una australiana que quería hacer unas “preguntas sobre el visado” para un grupo de viajeros. El día anterior a la cita la mujer confirmó, en inglés, su presencia.

Una vez comenzado el día laboral, todos los pestillos que habilitan el acceso a la vivienda y a las oficinas de Quintanilla quedan abiertos. La mujer que había pedido la entrevista ya se encuentra en la antesala. Cuando llega, alguien sale. Ella fue puntal, pero debe esperar. Las demoras no son parte del plan; al contrario, entrañan un gran peligro. Los segundos se dilatan. La mirada de la visitante recorre ligeramente una imagen del Lago Titicaca en la que, en primer plano, hay una vela henchida de una embarcación. En aquellas aguas había zozobrado el bote de uno de sus mejores amigos, que nunca volvió a aparecer.

Los guerrilleros están entrenados para dejarse llevar por el impulso mecánico a la hora de disparar. Ella es una guerrillera, pero eso no la ayuda a calmar la sensación que tiene hoy. Empujada por el torbellino que se mueve en su interior, la joven da vueltas en la sala de espera. Su pecho arde; siente escalofríos bajo la chaqueta. El arma liviana que lleva en la cartera irradia una presencia abrumadora.

La Paz huele a invierno, Hamburgo a primavera. Hasta las 8.20 ha caído una llovizna temprana, pero ahora el día se ha vuelto seco y brumoso.

Por fin aparece el cónsul general -¿oirá las pulsaciones de su corazón, verá el latido que le abulta la sien?-, el hombre al que le ha llegado el momento de morir. Comienza un minuto sin fin. Tan sólo algunos metros la separan de Quintanilla, y siente que los pies casi no le responden.

Después de abandonar los infiernos del poder en el Ministerio del Interior de la Avenida Arce, en La Paz, a Quintanilla le ha llegado la hora de enfrentarse a lo peor. Por un instante ambos se encuentran frente a frente; el cónsul siente que lo están escrutando. La mujer saca una Colt Cobra 38 Special. Sus nudillos se ponen blancos por la tensión. No hay lucha. Mientras ella apunta, él se queda inmóvil, como petrificado ante la muerte, con una mano apenas alzada para defenderse.

Un hombre, una mujer. Él, de tez oscura; ella, de piel clara. En ese mudo duelo ambos pueden ver el fondo más profundo de sus ojos, ven la derrota y la humillación del comandante Guevara en la selva, su ejecución a manos del ejército. Ven su cuerpo tieso sobre las angarillas de aquel nefasto poblado de Vallegrande en el que la historia hizo foco por un día. Huelen el lodo fétido en el que se desgastó la traicionada revolución del Che; ven a Sudamérica, donde se encuentra la clave de todos los asesinatos. Sienten la raíz fútil de la vida.

En ese momento rige la ley del ELN, no la de Quintanilla.

Era sabido que el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que había creado el Che, estaba detrás de este hombre de 43 años. A pesar de ello, la venganza sorprende al cónsul en aquella mañana del 1ro de abril. Lo sorprende porque hace su aparición encarnada en una mujer muy atractiva, de una belleza deslumbrante como se dirá a partir de entonces.

Quizás el cónsul haya llegado a percibir el sonido metálico que anticipa el disparo. Su lamento, a un tiempo impotente e intenso, invade la sala. Tres tiros ingresan en el lado derecho de su torso, inscribiendo una especie de “V” de la victoria, como si la mujer quisiera dejar en su piel una marca indeleble. En una novela de Gabriel García Márquez, el coronel al menos habría gritado “¡No me maten!”, y hubiera pedido un plazo de gracia que se le concedería. Pero aquí ocurrió lo que debía ocurrir.

El libro que relata su vida

El libro que relata su vida

Al verlo desplomarse y quedar extendido en el suelo, ella, desbordada de adrenalina y lívida como ceniza, abandona precipitadamente la escena del crimen. El color en sus mejillas reaparece cuando vuelve a sentir el piso bajo sus pies. Al salir al encuentro del día, lleva impresa en su memoria la sombra del cuerpo en caída.

¡Cómo diagramar un plan, llevarlo a cabo, atacar y desaparecer? ¿Cómo funciona el arte del camuflaje? Todo ha salido de un manual de guerrilla urbana. En sus fantasías, la enviada del ELN boliviano ya había aniquilado a Quintanilla un centenar de veces. Curtida en la lucha, pudo justificar el asesinato con romanticismo y matar por amor a la revolución.

En en ELN guevarista había una guerrillera a la que llamaban “Imilla”. Ella era la encargada de dar con Quintanilla, la que viajó 11.000 kilómetros de ida y 11.000 kilómetros de vuelta para lograrlo. Con ella, la venganza dió la vuelta al mundo: atravesó continentes, husos horarios, cadenas montañosas, océanos, desiertos, y voló sobre los justos e injustos. Imilla debe de haberse entrenado durante años para aquel día.

En el lugar del crimen quedaron una peluca, una cartera, un revólver y unos lentes. Los registros dactiloscópicos no arrojaron ningún resultado, no se hallaron huellas digitales, ni siquiera imprecisas. Hasta el día de hoy no se ha podido determinar cómo la mujer logró llegar a la escena del crimen, y luego desaparecer, sin dejar rastro alguno.

En un cementerio de La Paz puede verse una lápida con el nombre de Mónika Ertl inscripto en metal. Mónika se hacía llamar Imilla. Pero la bella asesina de Quintanilla nunca fue enterrada en ese lugar.

*Fragmento de “La mujer que vengó al Che Guevara“, de Jürgen Schreiber. Capital Intelectual, 2010.

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