Por Diego González – @diegon2001

El 28 de junio de 2009 la universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazan de Tegucigalpa estaba alerta. Intuían que ese domingo el clima iba a estar caldeado. Y así fue: el golpe que depuso esa madrugada a Manuel Zelaya rompió todo. No sólo cambió Honduras, sino que se transformó en el símbolo triunfante de la restauración conservadora en la región: por primera vez en el siglo XXI un golpe vencía. Rápido de reflejos, Guillermo Amador Padilla entonces se reunió en un bar con los suyos donde improvisaron el nacimiento del  Frente Nacional de Resistencia contra el Golpe, embrión de lo que sería después el Frente Nacional de Resistencia Popular. Guillermo no imaginaba lo que se venía: 150 días de barricadas, cárcel tres veces, intentos de secuestro, un coprotagonico junto su hermano gemelo de un documental explosivo, clandestinidad, exilio, y una gira eterna que lo paseó junto a su mujer y su hijo de dos años como refugiados políticos por Costa Rica, el altiplano boliviano y, finalmente, la Argentina.

Su primera tarea en el frente fue en la comisión de seguridad y disciplina: “Era una tarea muy compleja, tenía que identificar a los infiltrados y sacarlos del movimiento. Esto hacía que los militares me tuvieran super identificado. Me detuvieron tres veces, me mataron a palos. En un momento, ellos cambiaron de estrategia y empezaron los asesinatos selectivos, así que tenía que dormir en cinco lados distintos para que no me agarraran”. La cosa se fue poniendo cada vez más ácida. De la comisión, en esos días, murieron misteriosamente cuatro compañeros.

Los hermanos gemelos

Los hermanos gemelos

Mientras, su hermano, Rene Amador Padilla, era un de los principales referentes de la resistencia. Dirigente sindical y protagonista de los famosos spots publicitarios a favor de la cuarta urna que impulsaba Zelaya, René era una imagen pública. René y Guillermo son idénticos, lo que facilitaba la tarea del ejército y la caza de brujas que llevaba adelante.

Por el peligro que corría Guillermo, el frente decidió quitarlo del comité de seguridad y enviarlo al comité para la defensa de los derechos humanos. Pero la persecución se intensificó, hubo intentos de secuestro y las amenazas con cartas se volvieron más habituales y explícitas. “Como comisión de seguridad yo reconocía a las motocicletas de los infiltrados. Eran las mismas que me seguían. Después de todos estos sucesos, desde la plataforma de Derechos Humanos me mandan a la clandestinidad. Ahí empiezan las gestiones para que encuentre un lugar dónde refugiarme. Pero tenían que sacarme urgente, porque el documental que protagonizo con mi hermano estaba por estrenarse”. Guillermo habla del documental “Quien dijo miedo, honduras de un golpe”, una produccion argentino-hondureña dirigido por Katia Lara.

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Las cosas se precipitaron y la fuga fue con rumbo sur. Cruzó Nicaragua monitoreado por los organismos de derechos humanos y llegó a Costa Rica el 26 de junio de 2010, dos días antes de que el golpe cumpliera un año. En San José, la capital, se contactó con un compatriota que le dio casa por unos días y trabajo como cocinero en uno de sus restaurantes. Pero, incluso en San José, el amigo sintió movimientos extraños en sus locales. A su vez, Guillermo identificó a un auto que lo perseguía con obsesión por toda la ciudad.

Su primera reacción fue ir a tocar timbre en la embajada venezolana de Costa Rica para pedir ayuda. Pero no había embajador, así que se tuvo que reunir con el encargado de negocios. Guillermo le planteó su situación y desde ese momento no se fue más. Se quedó dos meses ahí dentro, en una oficina, con un colchón inflable, comida y una computadorita con internet. “Desde ahí seguí conectado, denunciando al régimen. Pero conseguir un lugar donde establecerme con mi mujer y mi hijito, que seguían en Tegucigalpa, era mi prioridad. El documental era un boom en honduras, se vendía como para caliente en el mercado pirata, incluso había camisetas con del film. Mi temor era que los militares, en busca de represalias, se las agarraran con mi esposa y mi hijo”.Amador PAdilla

Pero Venezuela no le ofreció un pasaje a Caracas, sino una salida alternativa. La embajada boliviana – donde tampoco había embajador, sólo encargada de negocios – acusó recibo y se reunió con él. Le ofrecieron una entrada como turista a La Paz, donde luego podría solicitar el estatus de refugiado político. Venezuela, por su parte, ofreció pasaje para los tres: uno para Guillermo desde San José de Costa Rica y dos desde Tegucigalpa para su esposa e hijo.

Así es que a mediados de septiembre de 2010 se volvió a reunir la familia en La Paz después de casi tres meses. El cambió fue fuerte: “Jamás habíamos tenido tanto frío como en esa ciudad. No podíamos dormir. El único que se adaptó bien fue nuestro hijo”. Guillermo nunca va a decir, a lo largo de la entrevista, el nombre de su hijo ni de su mujer. Lo hace adrede, quiere mantenerlos resguardados.

Es entonces que empieza sus trámites para radicarse en Bolivia. Consigue un hospedaje temporal en la casa del migrante, gestionado por la Pastoral de Movilidad Humana. Al mes de haber llegado, un colombiano le ofrece trabajo como pastelero en Huanuni, un pueblo minero a cuatro horas de La Paz. Le prometen una plata, pero le dan menos. Su mujer también consigue un empleo como administradora de la confitería en la que él, con el paso de los meses, se transforma en jefe pastelero.

Pero la adaptación no fue nada sencilla. El clima era aún más hostil que en La Paz, el nene de dos años estaba molesto y ellos no tenían forma de continuar sus estudios que habían dejado por la mitad en Tegucigalpa. Los meses fueron pasando y con ellos vinieron las ganas de pegar el salto. La pregunta era a dónde. “Un día abrimos un mapa y evaluamos. Perú y Chile no nos convencían por cuestiones políticas. En Brasil no íbamos a entender el portugués. Quedaba Argentina, así que empezamos todos los trámites para llegar de La Paz a Buenos Aires”.

El 9 de abril de 2011, casi siete meses después de haber llegado a Bolivia, cruzaron la frontera de Villazón a La Quiaca como refugiados. El 10, ya entrada la noche, llegaron a Plaza Once, con siete bolsos enormes y doce pesos en la billetera. Guillermo vive hoy en Buenos Aires, trabaja de mozo por Boedo y cuida de su faimlia que en estos años creció.

Guillermo amador padilla en la cocina en la que trabaja

Guillermo amador padilla en la cocina en la que trabaja

 

 

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