Emiliano Gullo – @emilianogullo

El Perú de 1958 estaba agitado con la visita del vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Organizados en el Frente Anti-imperialista, los movimientos sociales y los partidos de izquierda organizaron diferentes actividades para que Nixon la pasara realmente mal. “Go home”, “Muera Nixon”, gritaban los manifestantes en la puerta del Gran Hotel Bolivar, donde se alojó el norteamericano. Cuando lo cruzaron en los autos oficiales volaron piedras y más insultos. Un cascotazo alcanzó a rozarle el cuello. Piedras más, piedras menos, así fue la gira de Nixon. Las movilizaciones sirvieron para que el gringo tuviera la peor estadía y para exponer públicamente a varias figuras de la izquierda peruana. Entre ellos uno de los organizadores de la bienvenida: Hugo Blanco Galdós, militante trotskista, entonces de 24 años, futuro líder de la rebelión campesina más importante de la historia peruana contemporánea.

Cuatro años antes de emerger como dirigente de la izquierda peruana, Blanco Galdós viajó a La Plata para estudiar Agronomía. Rápidamente dejó la universidad, se vinculó con el trotskismo de J. Posadas y participó activamente de la resistencia sindical al golpe del ´55. De vuelta en Perú se integró al Partido Obrero Revolucionario (POR). Desde el POR articuló con otras fuerzas una serie de manifestaciones en contra de la visita de Nixon en 1958. La imagen de Blanco Galdós se destacó. Ahora lo buscaban a él. “La represión fue tan grande que tuve que dejar la fábrica de aceite donde trabajaba y me escapé a Cusco. Fue ahí donde me di cuenta de que el campesinado era la vanguardia revolucionaria”, contó Blanco Galdós a #NTD.

En Chaupimayo -región de Cusco- comenzó a organizar el Sindicato de Campesinos. Su experiencia con los ellos lo desmarcó de la perspectiva obrerista del POR. Entendió que el sector más combativo estaba ahí, fuera de las ciudades peruanas, con sus conflictos con los hacendados y el Estado nacional. A principios de los ´60 el reclamo por la distribución de las tierras se hacía cada vez más fuerte y las represiones policiales cada vez más intensas.

 Bajo su liderazgo, en 1962 los campesinos se organizaron en un grupo armado llamado “Brigada Remigio Huamán”, nombrado en honor a un campesino asesinado. La brigada se desarmó al año siguiente, pero la lucha no se detenía; ni siquiera con su máximo dirigente encarcelado. Después de esquivar una y otra vez a las fuerzas militares, Blanco Galdós fue atrapado en 1963 y recién 3 años después fue condenado a 25 años de prisión. “No me agarraban fácil porque los campesinos me cuidaban, me adelantaban las posiciones de la policía y así podía escapar siempre”, contó. Hasta que los agentes detuvieron a uno de sus mensajeros. Ese día no tuvo tiempo de huir.

Antes llegó a encabezar una huelga indefinida que puso contra las cuerdas a los patrones de las tierras por primera vez en su historia. El veterano dirigente recordó que en esos años, “en la provincia de La Convención (parte de Cusco) los campesinos lograron imponer sus condiciones para una reforma agraria local”. Hasta ese momento -agregó Blanco Galdós- “eran explotados feudalmente por los hacendados; con la reforma cada uno se quedó con las parcelas que trabajaba”. Ese movimiento se extendió luego al resto del país hasta que en 1969 el gobierno de Juan Velasco Alvarado tuvo que promulgar la Ley de Reforma Agraria.

Para ese momento, el dirigente ya era una figura internacional, lo cual colaboró para que pudiera recuperar la libertad. Figuras como Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y hasta el flamante premio Nobel de Literatura peruano, Mario Varga Llosa, se plegaron a una campaña mundial para la liberación de Blanco Galdós. La campaña estuvo acompañada por acciones internas del campesinado, que presionaba por su líder sin descuidar el principal reclamo: la reforma agraria. Finalmente, acorralado por las presiones, el presidente Juan Alvarado Velazco ordenó su liberación en 1970 y lo deportó a México un año más tarde.

El chile socialista de Salvador Allende lo recibió con los brazos abiertos. A fines de ese año, Blanco Galdós ya se encontraba en Santiago colaborando con el proceso revolucionario en el país andino. Trabajó en la organización de los Cordones Industriales hasta el golpe de Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973. “Con el pinochetazo no me quedó otra que refugiarme en la embajada de Suecia y luego salir hacia ese país. Anduve después por varios países, en Europa, también Canadá, exponiendo e informado sobre las dictaduras en América Latina”.

Logró volver a Perú recién en julio de 1977. El país estaba paralizado por una gran huelga general. “Dejaron entrar a los exiliados, llamaron a la Asamblea Constituyente y yo regresé con mi proyecto de Constitución ultraizquierdista bajo el brazo”, dijo desde Lima. Catorce años después de su detención volvía a pisar suelo peruano, ahora como candidato a la Asamblea Constituyente por el Frente Obrero Campesino, Estudiantil y Popular (FOCEP). Durante su campaña agitó la huelga y volvió a ser detenido y llevado clandestinamente a Jujuy. Regresó al poco tiempo, luego de ser elegido constituyente por el FOCEP. En 1980 fue electo diputado por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), sección peruana de la Cuarta Internacional. Su carrera política avanzó en el Congreso nacional hasta el cargo de senador en 1990. La furia neoliberal estaba por desatarse en todo el continente; y en Perú sería de la mano de Alberto Fujimori y su banda. Blanco Galdós quedó en medio de dos fuegos. En 1992 perdió sus escaños gracias al autogolpe de Fujimori. Volvió entonces a ser perseguido por los servicios de inteligencia, esta vez al mando de la mano represiva del régimen, Vladimiro Montesinos; y, por otra parte, por Sendero Luminoso, que lo acusaba de traidor. Otra vez afuera. Otra vez a México. “Esta vez fue voluntario”. En 1997 pudo retornar a su país.

Actualmente, a punto de cumplir 81 años, Hugo Blanco Galdós dirige la revista “Lucha Indígena” y edita folletos de educación popular sobre diversos temas relacionados a las luchas indígenas y campesinas. Antes de cortar la comunicación parece enojarse con una pregunta simple.

  • ¿Hugo, cómo se logró la reforma agraria en medio de tanta represión?
  • Pues con lucha hombre, con lucha, con qué más.

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