Primero fue la bomba. Después, inmediatamente después, una lluvia feroz que frenó las lenguas de fuego. Y en el medio de la catástrofe, del absurdo, de lo incomprensible, de la masacre, llegó el huracán que arremolinó la devastación. Vientos anárquicos que sacudieron las ruinas de la explosión. El apocalipsis, si es que existe, no debe ser muy distinto al momento exactamente posterior a la bomba atómica que a las 8.15 del 6 de agosto de 1945 explotó a 600 metros del suelo, en el cielo de Hiroshima.

El colombiano Gabriel García Marquez describió aquel momento posterior a la detonación de “Litte Boy”, que mató de forma inmediata al menos entre 60 mil y 80 mil personas. Esa cifra aumentaría hacia finales de 1945 hasta los 140.000, y se incrementaría aún más en años posteriores a causa de los efectos de la radiación. Gabo planteó que “en a actualidad aquellos fenómenos están perfectamente explicados: la condensación de vapor provocada por la inconcebible elevación de la temperatura -que se ha calculado en un millón de grados centígrados- fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación producida por la violenta absorción, dio origen al huracán apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión y el terror”.

La segunda guerra no terminaba de terminarse. Alemania ya había sucumbido ante los aliados el 8 de mayo. Lo mismo le había pasado a Roma. Pero el emperador Hirohito aún resistía. El presidente Harry Truman dijo entonces que lanzó la bomba para evitar que murieran más estadounidenses. Truman escribió en sus memorias: “Yo le pedí al general (George C.) Marshall que me dijera cuál era el costo de vidas para aterrizar sobre Tokio y otros lugares de Japón. Marshall opinó que una invasión costaría un mínimo de un cuarto de millón de bajas estadounidenses”. Tres días después de Hiroshima, Estados Unidos atacó Nagasaki. La Casa Blanca, esta vez, mató a unas 70.000 personas. Se estima que ambas bombas provocaron finalmente la muerte de unas 292.325 personas.

 

El emperador Hirohitoi

El emperador Hirohitoi

Japón se rindió a los Aliados el 15 de agosto de 1945, y el 2 de septiembre de ese año firmó la llamada Declaración de Postdam, suscrita también por Estados Unidos, Rusia, China y la ex Unión Soviética. Así, nacía el nuevo Japón, con una Constitución que renunciaba a la guerra.

A horas de la explosión, el duro de Truman salió a dar la cara. Justificó, argumentó, ratificó su decisión:

Hace dieciséis horas un avión estadounidense lanzó una bomba sobre Hiroshima, una importante base del ejército japonés. Esa bomba tiene más poder que 20.000 toneladas de TNT. Tiene más de dos mil veces la potencia explosiva que la bomba británica Grand Slam, que es la mayor bomba hasta ahora utilizada en la historia militar.
Los japoneses empezaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Lo han pagado con creces. Y todavía no ha llegado el final. Con esta bomba hemos hecho un nuevo y revolucionario incremento en destruccion, para aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. Estas bombas están siendo producidas según la forma actual, pero estamos desarrollando formas aún mucho más poderosas.
Es una bomba atómica. Es la explicación del poder básico del universo. La fuerza de la cual el Sol adquiere su poder ha sido lanzada en contra de quienes llevaron la guerra al Lejano Oriente. (…)

La batalla de los laboratorios implicaba un riesgo mortal para todos nosotros al igual que los enfrentamientos en el aire, la tierra y el mar; pero así como hemos ganado el resto de las batallas, ahora tambien somos los vencedores de la batalla de laboratorios. (…)

Estamos preparados para destruir con mayor rapidez y por completo cada una de las empresas productivas japonesas que hayan construido sobre la superficie de cualquier ciudad. Destruiremos sus puertos, fábricas y comunicaciones. No cometeremos errores; destruiremos el poder de Japón para participar en una guerra. (…)

Si ahora no aceptan nuestras condiciones deberán aceptar una lluvia de ruinas desde el cielo, como jamás se ha visto en todo el planeta Tierra. Detrás de este ataque aéreo irán fuerzas marítimas y terrestres en número y poderío como nunca antes han visto en sus vidas, pero con una capacidad de batalla que ya bien conocen. (…)

 

Eduardo Galeano:

La primera bomba atómica fue ensayada en el desierto de Nuevo México.

El cielo se incendió, y Robert Oppenheimer, que había dirigido los experimentos, sintió orgullo de su trabajo bien hecho.

Pero tres meses después de las explosiones en Hiroshima y en Nagasaki, Oppenheimer dijo al presidente Harry Truman:

Siento que mis manos están manchadas de sangre.

Y el presidente Truman dijo a su secretario de Estado, Dean Acheson:

Nunca más quiero ver a este hijo de puta en mi oficina.

 


 

El hongo nuclear alcanzó los 16 kilómetros de alto y se extendió a lo largo de cinco kilómetros de la ciudad, destruyendo más de 60.000 edificios, lo que supone el 67% de las construcciones según un documental de National Geographic. Los ríos de Hiroshima fueron un gran refugio para huir de las lenguas de fuego. Sin embargo, muchos de los sobrevivientes murieron luego envenados por la radiación o porque, directamente, no había médicos: En Hiroshima había 260 doctores, 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida.

Los efectos de la bomba fueron gigantes por su magnitud, pero también porque, como dice Gabo, en Hiroshima no había guerra:  “Curiosamente, en una de las principales ciudades japonesas, con 400.000 habitantes, de los cuales 30.000 eran militares, no se habían conocido los estragos de una guerra internacional de seis años: una sola bomba había sido arrojada sobre la ciudad, y sus habitantes tenían motivos para pensar que se trató de un bombardeo accidental, sin ninguna consecuencia.”

Washington, por su parte, ocultó información hasta que en 1952 se hicieron públicas las primeras imágenes del día de la explosión debido a que temía que desatara un sentimiento de culpabilidad entre los estadounidenses. Galeano narró cómo desde el avión el fotógrafo militar Geroge Carón disparó su cámara sobre la bomba. “Este inmenso, hermoso, hongo blanco, se convierte en el logotipo de cincuenta y cinco empresas de Nueva York”.

 

Estados Unidos administró el debate, pero no se privó de festejar su potencia, su falo erecto y sus modos. Por eso organizó el concurso de Miss Bomba Atómica, en Las Vegas. Las felices ganadoras, rodeadas de soldados, sonríen orgullosas debajo de su coronacon forma de hongo nuclear.

 

Miss Bomba Atómica 1955

Miss Bomba Atómica 1955

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