Por Alana Morales

Toda “crisis política” entendida como tal es también y, sobre todo, una crisis de legitimidad de las fronteras sociales, políticas y simbólicas hasta entonces bien establecidas. Los desgastes y rupturas de algunas de estas fronteras son parte de lo que estamos viendo hoy en Brasil. Después de trece años de un gobierno popular elegido democráticamente, ¿Cómo pensar la relación entre las nuevas dinámicas de transformación social y las fuerzas políticas que se mueven transitando nuevos lugares y sentidos de existencia? Lo que vemos parece ser más complejo que una crisis institucional del sistema político. Existe, tal vez, un nuevo mapa social y político, producto de la reconfiguración de la estructura de clases, cuyos efectos todavía no son predecibles, pero que parecen mostrarnos resultados inesperados de la política.

Después de trece años de un gobierno popular elegido democráticamente, ¿cómo pensar la relación entre las nuevas dinámicas de transformación social y las fuerzas políticas que se mueven transitando nuevos lugares y sentidos de existencia? 

En 2014, Dilma Rousseff fue reelegida para presidenta con el menor equilibrio electoral del PT desde la primera elección de Lula en 2002. Las elecciones cerradas fueron apenas el preludio de los futuros tiempos de inestabilidad. Las denuncias por parte del candidato de la oposición al proceso electoral, las desestabilizaciones promovidas por los grandes medios, la renovada fuerza del discurso de “golpe” y la amplificación de fuerzas del “anti-petismo”, marcan una nueva topografía política.

PT X PSDBPor primera vez desde la elección de Lula a la presidencia de la república en 2002, las diferencias electorales entre el PT y el PSDB se transformarían en una polarización, con alta densidad política y moral. Las pautas de los debates entre los candidatos, además de las recurrentes discusiones sobre la “privatización” o “corrupción”, han presentado en 2014 una gramática moral mucho mejor definida, en la cual se incluyen los derechos reproductivos y sexuales, religiosos y el Estado laico, el voto “pobre e ignorante” contra el voto “consciente”, la “familia brasileña” contra el partido (PT) “de los marginales, de los gays, de los abortistas”. La polarización entre el PT y el PSDB, marcada por temas más o menos dominados por el campo de la economía como la regulación del mercado, las privatizaciones, la inflación y la política de empleo, pareciera no tener tantas afinidades con la nueva configuración política y social de Brasil.

Por primera vez desde la elección de Lula a la presidencia de la república en 2002, las diferencias electorales entre el PT y el PSDB se transformarían en una polarización, con alta densidad política y moral. 

La derecha actúa hoy accionando afectos y pasiones como fuentes de la movilización social (como ya hiciese en los años 1960). Si de un lado tenemos el mundo político del lulismo, marcado por la fuerza del consenso, de los pactos entre las élites y de los que evitan cotidianamente el conflicto, por el otro, las fuerzas de la derecha –a partir de la salida Lula– vienen actuando en la producción de fronteras políticas morales: “nosotros los hombres de bien” contra “ellos, los corruptos y desviados”, actualizando una agenda de conflictos con gran nivel de volencia.

La emergencia del liderazgo de Eduardo Cunha, una de las principales figuras del PMDB (mayor partido brasileño y también parte de la base del gobierno), representa bien este momento. El actual presidente de la Cámara de Diputados, aunque sea una figura fuertemente ligada a los intereses del mercado y a todo tipo de corrupción que oxigena el funcionamiento del capitalismo, se presenta, sin embargo, como el representante de “Dios y la familia brasileña”, consolidándose así como una figura importante de este campo conservador y moralizante de las divisiones políticas y sociales, emprendimiento que el PSDB, de hecho, nunca logró concretar.

Si el campo de la derecha viene erigiendo renovadas fronteras políticas de escisión y delimitaciones morales, el nuevo campo progresista, al contrario, viene produciendo movimientos, desafiando las delimitaciones sociales impuestas, conectándose en red, desestabilizando la legitimidad de la segregación de cualquier tipo. 

No sólo las fronteras que delimitan a la derecha en Brasil se rehacen con la crisis del lulismo. 2013-07 Dossier Brasil - foto Protestas brasil_0Con las llamadas “jornadas de junio” de 2013, la mayor movilización social que Brasil haya presenciado en su historia, otros personajes también entran en la escena y, como Lula en 1978, lo harán “rompiendo la cerradura”. Muchos ecosistemas políticos se presentaron en junio, pero su energía disruptiva fue, sin duda, alimentada por el sentimiento que el espacio de la política debe ser “ampliado”, como decía Eder Sader, a los movimientos sociales que dieron origen al PT a fines de los años 1970.

Más derechos y mejor acceso a lo público para la nueva clase trabajadora, los jóvenes y las periferias de Brasil, expresan la urgencia de luchar contra las fijaciones territoriales y las fronteras morales y políticas que caracterizan el espacio social. El “derecho a la ciudad” también es el derecho de abrir (¡romper!) nuevas fronteras y ocupar los lugares que no fueron hechos para tales cuerpos indeseados. Si el campo de la derecha viene erigiendo renovadas fronteras políticas de escisión y delimitaciones morales, el nuevo campo progresista, al contrario, viene produciendo movimientos, desafiando las delimitaciones sociales impuestas, conectándose en red, desestabilizando la legitimidad de la segregación de cualquier tipo.  Así tenemos, por parte de las fuerzas conservadoras, la confección de mapas marcados por fronteras e instituciones totales: familia, nación, Dios, la heterosexualidad. Por otro lado, vemos una cartografía de escapes, ampliaciones, nuevas definiciones marcadas por la producción de libertades, una cotidiana desestabilización de las jerarquías sociales y sus aparatos represivos.

La desigualdad social en Brasil en 2011 alcanzó los niveles más bajos desde la década de 1960. Sin embargo, no todos se beneficiaron igualmente de esta disminución. 

Este ecosistema político de las jornadas de junio, que posee relación con el deseo de “abrir cerraduras”, es también el fruto de una nueva configuración social en movimiento y mejor entendida, tal vez, por una serie de “resultados no previstos” de las políticas recientes de los gobiernos del PT. En ese sentido, es importante tener en cuenta el consejo de Judith Butler, cuando recuerda que la transformación social no sucede sólo “reuniendo masas” en favor de una causa, “sino precisamente a través de los modos en que las relaciones sociales cotidianas son re-articuladas”.
brasil 4La desigualdad social en Brasil en 2011 alcanzó los niveles más bajos desde la década de 1960. Sin embargo, no todos se beneficiaron igualmente de esta disminución. Las mujeres, la población negra, la región nordeste y las áreas rurales fueron mucho más fuertemente impactadas por las políticas de transferencia de renta, valorización del salario mínimo y la generación de empleo. Las políticas de transferencia de renta que funcionan a partir de mecanismos directos, como Bolsa Familia y financiamientos agrícolas, benefician, sobre todo, a las mujeres. El número de vacantes reservadas para negros, mulatos e indígenas en universidades públicas saltó de 13.392 en 2012 a 43.613 en 2014. Un aumento del 250%. Para completar, en los últimos años, la agenda del movimiento LGBT gana la esfera pública de un modo que tampoco se esperaba: no sólo  la unión civil homosexual, sino la proliferación de sexualidades no heterosexuales es hoy mucho más visible en Brasil que en cualquier en otro momento.

Los “nuevos actores”, entre tanto, siguen produciendo nuevas formas de hacer política, fabricando existencias que les habían sido vedadas, ocupando lugares y espacios a los que no accedían, y haciendo vibrar más fuerte la idea progresista de la emancipación, de la auto-organización, de “romper” puertas y espacios para la participación política.

dilmaEsta nueva configuración social es habitada, por lo tanto, por actores que acostumbraban ocupar espacios de poder extremadamente frágiles, invisibilizados y sub-alternizados, contenidos en fronteras de control muy bien definidas. Y todavía ocupan. Sin embargo, desde el punto de vista de las relaciones familiares, el creciente empoderamiento económico de las mujeres, la entrada de los jóvenes negros y pobres en las universidades, la exposición de sexualidades no hegemónicas, vienen produciendo enfrentamientos cotidianos en una micro-política todavía más difícil de discernir. No en vano la derecha conservadora intenta movilizar la metáfora de la “familia tradicional” como dispositivo de reconstrucción de un orden perdido. Los “nuevos actores”, entre tanto, siguen produciendo nuevas formas de hacer política, fabricando existencias que les habían sido vedadas, ocupando lugares y espacios a los que no accedían, y haciendo vibrar más fuerte la idea progresista de la emancipación, de la auto-organización, de “romper” puertas y espacios para la participación política.1

El PT se encuentra hoy en esta encrucijada y debe escoger, definitivamente, entre su disposición a romper puertas o bien fabricar cerraduras más seguras. La reciente expresión del conservadurismo organizado recordó al PT el lugar que ocupa: una fuerza nacional de izquierda. Sin embargo, sabemos que no se trata sólo de “recordar”. La salida del PT se producirá en la medida en que logre conectar con los nuevos ecosistemas políticos del progresismo y la radicalización democrática. Sobre todo, es preciso comprender que hacer política es también la producción de afectos vinculantes, pertenencias, ampliación de los espacios de poder –un desafío que el programa desarrollista parece no consigue responder-.


1  Como ejemplo de estos nuevos movimientos, podemos citar: los movimientos de la juventud periférica en las denuncias de violencia cotidiana de la Policía Militar; el media-librismo como una crítica estructural al poder de los medios de comunicación y como la posibilidad de producir y difundir la propia imagen y deseos; los nuevos movimientos LGBT y feministas fuertemente articulados en redes sociales promoviendo  campañas, hashtags, expresión de sus cuerpos y las sexualidades, nuevos movimientos sindicales que legitiman la “huelga social”, movilizando al conjunto de la sociedad, muchas veces, por fuera de las burocracias sindicales.

* Doctoranda en Antropología por el Museo Nacional-Universidade Federal do Rio de Janeiro,  alana.ufrj@gmail.com

Traducción de Iphais Fuxman Yamila

Artículo publicado en Cuadernos de Coyuntura

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