Por Federico Vázquez*

La última oleada electoral en Sudamérica ratificó, en todos los casos, a gobiernos progresistas que ya llevan una década larga en el poder. Reafirma un dato contundente: desde la victoria de Hugo Chávez en 1998 ningún gobierno posneoliberal perdió elecciones presidenciales. La excepción a la regla fue la derrota de la Concertación chilena en el 2010, aunque su ciclo político desde el retorno a la democracia 1990 y su perfil no rupturista la ubica como una experiencia aparte.

Ahora bien, una primera conclusión podría ser que esta persistencia de triunfos electorales muestra sociedades quietas, o como se acusaría desde los balcones opositores, electorados “cautivos” que no pueden cambiar su voto.

Sin embargo, los datos muestran algo muy distinto: las elecciones en Brasil, Bolivia y Uruguay,  se produjo un desplazamiento importante del voto de los ciudadanos, en el cual los oficialismos resignaron algunos bastiones históricos, al tiempo que conquistaron otros nuevos. Esa sola constatación habla tanto de un electorado que se mueve, ejerciendo su ciudadanía con libertad plena, y a la vez gobiernos hábiles de reflejos para representar sectores sociales distintos a los que estaban en el ADN original de sus fuerzas políticas cuando llegaron años atrás al poder. Los gobiernos perduran, pero bajo una representación cambiante.

Aécio Neves

 “Desde la victoria de Hugo Chávez en 1998 ningún gobierno posneoliberal perdió elecciones presidenciales. La excepción a la regla fue la derrota de la Concertación chilena en el 2010, aunque su ciclo político desde el retorno a la democracia 1990 y su perfil no rupturista la ubica como una experiencia aparte”

Pasemos revista rápidamente al reciente octubre electoral: en Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales logró por primera vez vencer en Santa Cruz de la Sierra, al tiempo que perdió unos cuantos puntos en la región occidental, cuna del evismo y donde vive la mayoría de la población indígena. En Uruguay, si bien el Frente Amplio repitió casi matemáticamente la cantidad de votos que había logrado cinco años antes, retrocedió en Montevideo, donde había comenzado su experiencia como gobierno municipal, pero ganó en departamentos del interior como Cerro Largo, Rivera o Artigas, donde el voto conservador era la regla.

¿Que pasó en Brasil? El cuarto triunfo electoral consecutivo del Partido dos Trabalhadores (PT) reafirmó una tendencia que ya tiene unos años: una paulatina pero firme “nordestización” del voto al Partido de los Trabajadores. Al mismo tiempo, tuvo una caída del apoyo en el Estado de San Pablo, primer distrito electoral del país. Como señala José Natanson en su libro El milagro brasileño, se trata de una “transformación de la base social de la izquierda brasileña” en un sentido profundo, por lo que vale examinarlo con detalle.

A diferencia de otras experiencias posneoliberales, el PT llegó a la cima del poder después de recorrer un largo camino de 20 años de luchas electorales y gestión de gobiernos locales. Esa experiencia se dio, mayoritariamente, en los estados del sur del país. Las razones son conocidas: es la región donde radican los núcleos industriales desde los cuales surgió el nuevo sindicalismo liderado por Lula a fines de los años setenta. Pero también donde están los centros universitarios de donde el PT se nutrió de cuadros intelectuales de izquierda. El ABC paulista con su densa trama fabril y sindical, por un lado, y la ciudad de Porto Alegre, ubicada en el extremo sur del país, con población blanca y de clase media, sede del Foro Social Mundial y el Presupuesto Participativo, reflejaban los componentes centrales del PT hasta el 2003.

Pero esa fotografía iba a cambiar después de que Lula prometiera, el día en que asumió como presidente, que los brasileños debían comer “tres veces por día”. Si la lucha principal del gobierno del PT era el hambre, el foco de atención debía estar en el extenso nordeste brasileño, que por aquellos años tenía índices sociales que justificaban la persistencia de llamar a Brasil “Belindia” (un país donde unos vivían como en Bélgica y otros como en la India). Luego de algunos titubeos, allí volcó Lula una contundente y efectiva política social.

“Si la lucha principal del gobierno del PT era el hambre, el foco de atención debía estar en el extenso nordeste brasileño, que por aquellos años tenía índices sociales que justificaban la persistencia de llamar a Brasil “Belindia” (un país donde unos vivían como en Bélgica y otros como en la India). Luego de algunos titubeos, así allí volcó Lula una contundente y efectiva política social”.

Desde ya, la cobertura del Bolsa Familia fue y es determinante: en tres estados nordestinos, Maranhao, Piauí y Alagoas, más del 60% de las familias reciben hoy el programa. Sin embargo, la transformación no terminó ahí: durante los gobiernos del PT se crearon 18 universidades nuevas, de las cuales siete fueron en el nordeste. A fines de 2011, la empresa Fiat instaló una fábrica en Pernambuco, luego de arduas negociaciones para que no lo hiciera en los estados del sur, con tradición industrial.

Estos cambios económicos y sociales permitieron al PT penetrar en una región que hasta ese momento estaba dominada por políticos tradicionales y liderazgos familiares de larga data, invariablemente conservadores. El caso paradigmático es el de Bahía, primera capital histórica del país y símbolo de la postergación y pobreza del nordeste. Allí, durante décadas, la familia Magalhães había hegemonizado la política local, a través del derechista Partido da Frente Liberal. Finalmente, al calor de los cambios sociales y la llegada palpable de las políticas públicas del gobierno federal, el PT venció al PFL en el 2007, manteniendo el poder hasta el día de hoy. Así, el partido de izquierda de los sindicatos y los intelectuales había roto su propio cerco de representación, provocando un trasvasamiento electoral enorme.

lula en petrobras

lula en petrobras

Ahora bien, al mismo tiempo que se daba este proceso en la región nordestina, en el sur del país, más precisamente en el Estado de San Pablo, el apoyo al PT fue disminuyendo. En esta última elección el dato es muy contundente: en la segunda vuelta, Dilma apenas logró el 35% de los votos, diez puntos menos que en el 2010.  Más sorprendente todavía es que esta merma no se dio sólo en la capital del estado, donde viven las clases medias y altas, generalmente muy permeables al discurso mediático opositor y que en junio de 2013 salieron a las calles a protestar. En esos sectores el voto anti PT estaba consolidado desde hacía tiempo. Lo sorprendente es que por primera vez perdió en el ABC paulista, un conjunto de municipios con fuerte impronta industrial y obrera. Se trata de un lugar simbólico para el PT, pero también para uno de los afluentes sociales que le dio vida, la Central Única de Trabajadores (CUT). En uno de estos municipios, San Bernardo do Campo, donde vivió y se formó como dirigente sindical el propio Lula, el PT fue retrocediendo desde el 60% de los votos en el 2002, hasta el 44% en la segunda vuelta del 2013.

¿Por qué perdió estos votos? La respuesta es necesariamente esquiva, podemos cruzar algunos datos que pueden servir como pistas. Es innegable que entre los grandes logros de Lula y Dilma está la caída de la pobreza, así como el mejoramiento de todos los índices sociales (mortalidad infantil, alfabetismo, cobertura de salud, etc), no sólo en el pobre nordeste sino también en los vastos barrios populares de las grandes urbes del sur. Pero entre las sombras de la gestión hay que anotar un crecimiento del PBI que durante esta década fue de moderado a débil, con una tendencia a la reprimarización. El proceso se puede graficar con un ejemplo: en el 2013, la principal empresa exportadora del país fue la minera Vale, mientras que años atrás ese lugar lo ocupaba la fábrica de aviones Embraer. La industria, que en 1985 había llegado a representar el 30% del PBI, cayó al 15%, sin que esa tendencia se modifique durante las gestiones del PT.

“Entre las sombras de la gestión hay que anotar un crecimiento del PBI que durante esta década fue de moderado a débil, con una tendencia a la reprimarización”

Este proceso de desindustrialización se refleja también en un aspecto sociopolítico: la llegada de un presidente que fue dirigente metalúrgico no mejoró los índices de sindicalización en Brasil, históricamente bajos. Desde el 2002 hasta el 2013, la tasa de sindicalización apenas se movió de 16,8 a 17% del total de trabajadores, según se admite en el trabajo “Densidad sindical y recomposición de la clase trabajadora”, publicado por el propio PT en julio de 2013. Incluso más: ese magro ascenso se explica más por un aumento de la sindicalización en las zonas rurales, entre los trabajadores de menores recursos y en las regiones del nordeste y norte del país. Todo lo cual ratifica la pérdida de centralidad del viejo núcleo obrero paulista del PT, que no pasó, como podría suponerse, por una época de bonanza y florecimiento aún teniendo a uno de ellos como Jefe de Estado.

Puede verse como una inevitabilidad de la etapa pos neoliberal: a la hora de gestionar, el PT debió hacerse cargo más de los “excluidos” que de los “explotados” del sistema.

Ahora bien, este cambio de representación no necesariamente abre un momento dicotómico, en términos de regiones y votantes. La victoria del PT no hubiera sido posible sin los millones de votos de sectores medios y bajos que viven las periferias de San Pablo, que es por lejos el distrito electoral más importante del país. Por otro lado, la contundencia de la hegemonía que logró en los estados del nordeste (donde tuvo votaciones plebiscitarias del 70 y 80%) no parece tener mucho más terreno para avanzar.

Lo conseguido en términos de representación política por el PT en estos años, tanto durante la era Lula, como en la de Dilma, podría pensarse como una extensión geográfica y social de una fuerza política que hasta su llegada al poder tenía contornos mucho más restringidos, ligados a su origen sindical e intelectual. Un proceso de “nacionalización” del partido y sus líderes, que constituye toda una novedad para un país con una tradición partidaria fragmentada, con gran peso de los liderazgos regionales. Desde este prisma habría que entender los miedos de Fernando Henrique Cardoso que de un tiempo a esta parte agita el temor de que el PT se convierta en una especie de sub-peronismo…

En una de las frases más célebres de la campaña, Lula dijo que el mayor logro de las gestiones del PT había sido “incluir a los pobres en el presupuesto”. Con esa inclusión social y presupuestaria en el haber, Dilma tendrá que ver cómo logra dar pasos hacia el desarrollo industrial, la inversión en infraestructura o la reducción de la desigualdad social y geográfica en la quinta economía del mundo. Es una tarea compartida con el resto de los gobiernos progresistas: a medida que avanzan, y aún teniendo éxito en sus agendas, el horizonte de transformaciones no se simplifica, sino que se vuelve más complejo, más estrecho. Lo paradójico es que esos pasos parecen necesitar una mayor radicalidad del proceso y no su moderación.  Tal vez algo de eso haya pensado Dilma en su primer discurso después del triunfo cuando avisó: “algunas veces en la historia resultados apretados produjeron cambios más fuertes y más rápidos que victorias muy amplias. Y esta es mi esperanza, o mejor, mi certeza de lo que va a ocurrir a partir de ahora en Brasil”.

*Periodista. Director de Radio Nacional Rock FM 93.7
Artículo publicado en Cuadernos de Coyuntura

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