Por Diego González@diegon2001

María Sabina es de esa gente que sin haberlo deseado – y probablemente sin siquiera pensarlo – pasó de la humilde normalidad al mito popular sin escalas. Nació y murió allá lejos, en su chocita del pequeño poblado de Huautla de Jiménez, en la Sierra Mazateca al sur de México. Se crió entre gallinas, maíz y frijoles. Al colegio nunca fue, no sabía leer ni escribir. Tampoco el castellano. Pero curaba, comía los hongos (niños santos les decía) que por ahí crecían y curaba a los suyos de los males que tuvieran. Lentamente el rumor sobre sus virtudes se fue expandiendo. Tanto que llegó a oídos de un banquero gringo de Nueva York que, intrigado, a mediados de los 50 se fue a Huautla a encontrarse con la “sacerdotisa”. Experimentó, volvió y escribió en la revista Life lo que había visto. Y ahí la cosa estalló. Tanto que se dice, sin pruebas, que por su manos pasaron Jim Morrison, Bob Dylan, Los Stone, los Beatles, Walt Disney, que en ella se basó Carlos Castañeda para inventar a su Don Juan, el chamán yaqui de sus ensayos antropológicos. Lo cierto es que ella, que no pedía nada por lo que daba, murió en la pobreza. Pero su historia, la del pueblo y la de los hongos cambiaron para siempre.

Sin buscarlo me tropecé con su historia. Venía de Chiapas, de estar con las comunidades zapatistas. Venía viajando hacía un tiempo, realizando coberturas sobre temas principalmente políticos. Necesitaba una pausa, algo así como una playa en el pacífico, nudista de ser posible. Así caí en Zipolite, ya en el estado de Oaxaca. Se trata de una playa perdida, ahí adentro, difícil de llegar. Había mucho hippie viejo, de esos que fundaron la playa en los 70. Se fumaba libremente en la calle. La mujer apareció en una charla de cervezas y mi interlocutor me dijo indignado: “No mames, guey! Estás en Oaxaca y no conoces a María Sabina”. “No”, respondí desconcertado. Y el hombre me ordenó con tono de recomendación que, antes de ir para la capital, me pegara una vuelta por alguno de esos pueblitos que cuelgan de las sierras mazatecas y rastrera la historia. “María Sabina está muerta, pero no fue la última sabia”, acotó.

Así comenzó la investigación. El primer paso, “María Sabina, Mujer espíritu”, un documental biográfico.

El piso es de tierra ajada, con un par de mesitas sobre las paredes y unas cuantas fotos descoloridas. A un costado hay una cama, donde esperan un grupo de mujeres. María Sabina conduce el ritual: prende velas e incienso mientras acomoda las flores para que queden más lindas. Extiende la mano y saca unas hojas de plátano, mientras a su lado, en silencio, llega y se sienta su hija mayor. Abre los paquetes y dentro hay hongos, de diferentes formas y tamaños. Los ordena con un criterio  que se nota que sólo ella entiende. Come ella y reparte, mientras invita a una mujer que renguea a su lado. La mujer se acerca y se sienta. María Sabina le acaricia el dolor en la pierna.maria 5

Cambia la escena, María Sabina canta en mazateco. Su voz es tierna, suave, maternal.

   Soy mujer que mira hacia adentro
   Soy mujer luz del día
   Soy mujer luna
   Soy mujer estrella de la mañana
   Soy mujer estrella dios
   Soy la mujer constelación guarache
   Soy la mujer constelación bastón
   Porque podemos subir al cielo
   Porque soy la mujer pura
   Soy la mujer del bien
   porque puedo entrar y salir del reino de la muerte

Álvaro Estrada fue vecino y traductor de María Sabina. Pero también fue el biógrafo principal, el autor del libro “María Sabina, la sabia de los hongos”. Ahí narra cómo fue que empezó todo, por azar, casi por tradición: “Un día estábamos sentadas (con su hermana) bajo un árbol cuando pude ver al alcance de mi mano varios hongos. Recuerdo que los abuelos hablaban de ellos con gran respeto. Recuerdo que los llamaban “cositas” o santos. Yo los llamo niños santos. Me lleve los hongos a la boca y los mastiqué. Su sabor no era agradable, por el contrario, eran amargos, con sabor a raíz, a tierra. Mi hermana hizo lo mismo. Después de haber comido los hongos nos sentíamos mareadas, como borrachitas, y empezamos a llorar. Mas tarde nos sentíamos bien, sentíamos que los hongos nos hablaban. Oíamos una voz, una voz que venía de otro mundo. Era una voz dulce, pero autoritaria a la vez. Como la de un padre que quiere a sus hijos pero los cría con fuerza. Sentí que todo lo que me rodeaba era Dios. Que hablaba mucho y que mis palabras eran hermosas. Tiempo después supe que los hongos daban sabiduría que curaban enfermedades y que nuestra gente hacia muchísimos años que los tomaban, que tenían poder, que eran la sangre de cristo”.

Occidente

Para salir de Zipolite hice raid (o dedo, o botella, o cola, o jalon, o autostop). El destino era una incógnita. La ruta, derecho, llegaba a Oaxaca capital donde más temprano que tarde teníamos (es que viajaba con una colega…) que llegar para cubrir el año de la rebelión popular que había puesto en jaque al gobernador local y al ejecutivo nacional de Vicente Fox. Paró una cuatro por cuatro y la charla derivó, otra vez, hacía María Sabina. Él que manejaba tenía la remera que tantas veces antes habíamos visto: Una vieja arrugada, con manos débiles que sostiene un cigarrillo armado de donde salen varias volutas de humo. Parece un porro, pero es tabaco armado.

Improvisamos sobre la marcha y decimos bajarnos en San José del Pacífico, un pueblo a pocos kilómetros de Huautla. Más que pueblo era un caserío, pero tenía infraestructura hotelera. Y locales que ofrecían temascales. Había mesas con formas de hongos, lámparas con formas de hongos, collares, llaveros con forma de hongos…

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junto a Wason

Es que la vida de esta zona cambió a partir de que se dio a conocer en occidente. El primer paso lo dio un tal Robert Gordon Wasson, el banquero gringo. Eran épocas en las que los dos maridos de María Sabina habían muerto y ella se había dedicado completamente a la sanación. Es que, como ella explica, “la mujer que toma hongos no debe tratar con hombre en lo íntimo”. Por lo menos, cuatro días antes y cuatro después.

Wasson y su esposa rusa venían de otro mundo, pero por circunstancias muy personales hacía tiempo estaban intrigados en el universo de esos “estados no-ordinarios”. Corría junio de 1955. Tiempos aquellos en los que occidente ignoraba (si no es que condenaba) la existencia de los honguitos. A Huautla no había llegado ningún rubio hasta ese entonces, al menos no con ánimos exploratorios. Wasson (o Bason, como le decía María Sabina) habló con el síndico del lugar y él lo guió hasta ella. Se entrevistaron y el banquero le confesó sus intenciones. Sabiéndose sabia, ella aceptó sin más. Aunque exigió que no publicara sus fotos ni dijera su nombre. Y Wasson cumplió. Por un rato. “Mucha gente se aprovechó de mí… Recuerdo aquella vez cuando volvió a llegar Wasson. Me regaló un disco en el que venían mis cantos. Le pregunté cómo le había hecho. Nunca imaginé oírme a mí misma… Estaba disgustada porque en ningún momento le había pedido a Bason que robara mis cantos. Mucho tiempo anduve llorando por esto y el insomnio no me dejaba dormir”.

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En junio de 1957 Wasson publicó un ensayo divulgatorio en la revista Life que convulsionó el ambiente intelectual y científico de la época. La ciencia encontró un universo, al tiempo que se iba quitando de encima, lentamente, esa modorra positivista que condena a todo lo ajeno al progreso bienpensante. Empezaban a conocerse nuevas sustancias, nacía la etnomicología.

Otro de los que viajó a conocerla fue el padre del LSD, Albert Hofmann. Había sido el primero en extraer los alcaloides de los hongos y se los llevó encapsulados a Oaxaca para compartir con ella una velada. El debate que traía a Huautla era si el efecto era pura persuasión o había efectivamente sustancias químicas que alteraban la visión del mundo. Así escribió Hofmann luego: “María Sabina llevó a cabo el ritual de la forma acostumbrada. Ella tomó 30 mg, el equivalente aproximado a la cantidad de hongos que solía ingerir. Los efectos de los hongos son casi instantáneos y la sustancia aislada necesita una media hora, así que María Sabina empezó a inquietarse a los quince minutos. Le dimos una pequeña píldora adicional, pues lo que menos nos interesaba en este momento era empezar una discusión, y unos diez minutos más tarde comenzaron los efectos de lleno; la sesión duró toda la noche. María Sabina nos confesó más tarde no haber encontrado diferencia alguna”.

Promediaban los sesenta, comenzaban los setenta y el movimiento hippie crecía a pasos agigantados. Las cruzadas en busca del peyote del desierto norteño o de la fuerza de los hongos del sur mexicano pasó a ser una causa común, un norte, un objetivo para muchos de ellos. Y comenzaron los viajes masivos, la invasión silenciosa en busca de nuevas experiencias.

Todo sucedió con una vertiginosidad para la cual María Sabina y su pueblo no esperaban ni estaban preparados. El autor de esta nota intenta despegarse de los lugares comunes de los indigenistas de ciudad. Critica a esos progresistas universitarios que reprochan a “los blancoides” que invaden las “poblaciones originarias”. No le gustan aquellos que dicen desde la tevé que nunca saldrán en ella. Pero lo cierto es que, en este caso, una María Sabina ya cansada, pequeñita es la que reflexiona: “Desde el momento en que los extranjeros llegaron a buscar a Dios, los niños santos perdieron su pureza. Pedieron su fuerza, los descompusieron. De ahora en adelante ya no servirán. No tiene remedio. Antes de Wasson yo sentía que los niñitos santos me elevaban. Ya no lo siento así. La fuerza ha disminuido”.

La medicina y Dios

Cuando llegamos, no eran época de lluvias. Así que conseguir los honguitos (ya sean los derrumbes, los pajaritos o los san isidro) se complicaba. Por los senderos de tierra que se metían en el corazón de la sierra no había nada ni nadie. Sólo árboles de bosques secos. Si existen los duendes, definitivamente viven ahí.

Con sutileza le preguntamos a la casera del hostal dónde es que se podían conseguir los dichosos hongos. Ella solía vender, pero ese día no tenía. Es que no había, que no eran épocas, nos explicó. Nosotros insistimos. Y nos habló de una señora que tal vez… Le dijimos que si viajábamos, queríamos viajar guiados. La señora insistió con esta otra señora, que vivía allá adentro, entre los pinos, arriba. La descripción era muy superficial, pero nos aventuramos en su búsqueda.

Y caminamos, caminamos, caminamos. Hasta que después de un par de horas de andar, vimos esa puerta de árboles que la mujer nos había comentado. Eran dos cactus enormes que hacían una curva y se unían en lo alto. Y un sendero, al costado de la ruta, casi imperceptible. Lo vimos y avanzamos, esquivando arbustos, dubitativos. El bosque era frondoso hasta que se abrió sobre un llano al borde del precipicio. El pasto estaba prolijamente cortado, sólo había un par de ovejas, algunas gallinas y una casita. Y una señora, encorvada, de pelo blanco, de andar parsimonioso. Titubeamos otra vez, hasta que nos acercamos. Era ella, esa mujer de la que nunca supimos el nombre.

– Permiso, venimos de San Juan del Pacífico, nos mando Cristina, del hostal de allá – nos presentamos

Nos miró de reojo, sonrió con naturalidad. Dejó lo que estaba haciendo y nos saludó amable. Le preguntamos si comía hongos. Y no. Ella guiaba, sabía de lo que se estaba hablando, pero ella no tomaba. Alguna vez lo había hecho, pero ya había dejado. Conocía el estado, sabía como orientar. Pero no consumía los niños santos.

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Maria Sabina

“Estamos queriendo tomar hongos y nos dijeron que usted guiaba”, avanzamos. “Si, de vez en cuando, cuando llega gente de afuera hago eso. Pero esta no es época jóvenes. Generalmente yo me encargo de buscar los hongos y ayudarlos. Pero ahora no, es imposible. Quizá si consiguieran algunos disecados, o en miel… Pero eso yo no hago…”. Había que buscar algún revendedor e ir con los honguitos hacia ella. Pero evaluamos que esa no era la opción, que no era la época, que no correspondía.

La lección de la historia de María Sabina nos había dejado algunas cautelas. Es por eso que no quisimos aventurarnos en un salto al vacío que pudiera ser problemático. Sabíamos que a inicios de los setenta los hongos mágicos se habían convertido en una droga “narcótica” reglamentada por el Código Sanitario y sancionada por el Penal en México. Es que desde que comenzaron a llegar esos “jóvenes de largas cabelleras, con vestiduras extrañas” de los que hablaba María Sabina, la armonía que imperó hasta ese momento se quebró. Tal es así que un día los agentes federales llegaron a Huautla, le dieron vuelta la casita a María Sabina, la subieron a un auto con los honguitos que encontraron en el altar, una botella de San Pedro (tabaco rústico molido con ajo y cal), fotografías y reportajes, y hasta con el disco y “el objeto para tocarlo” que le había regalado Wasson. La retuvieron por casi un día hasta que, sin demasiada alharaca, la dejaron ir.

Ella nunca terminó de entender eso de “buscar a Dios” que ambicionaban los viajeros. Es que, ella decía, los hongos no eran un estado del alma. Eran una herramienta curativa. Ella era, digamos, la psicóloga del barrio. “Todo mi lenguaje está en el Libro que me fue dado. Soy la que lee, la intérprete. Ése es mi privilegio… Aparece el Libro y ahí empiezo a leer. Leo sin titubear… las cositas son las que hablan. Si digo: ‘Soy mujer que sola caí, soy mujer que sola nací’, son los niños santos los que hablan. Y dicen así porque brotan por sí solos. Nadie los siembra. Brotan porque así lo quiere Dios. Por eso digo: ‘Soy la mujer que puede ser arrancada’, porque los niños pueden ser arrancados… y ser tomados… Deben ser tomados tal y como son arrancados… No se necesita más”.

“Le pido a Dios que me bendiga. Pido bondad a cada día, pido bondad para el mundo. Este mundo donde también hay maldad y discordia. Este mundo donde la gente pelea por cualquier cosa. Sé que pronto voy a morir, pero estoy resignada. Moriré en el momento que Dios quiera. He sufrido, y sigo sufriendo. Siempre he sido pobre. Pobre he vivido, pobre moriré. Conozco el reino de la muerte porque he llegado ahí, es un lugar en el que no hay ningún ruido. Porque el ruido, por mínimo que fuera, molesta. En la paz de ese reino veo a Dios. Y a Benito Juarez.”

Así habla María Sabina en el documental mientras hace su cama, la misma que hizo siempre, una infinidad de veces. Entre paredes de adobe, humildes, las únicas que conoció. Y lo dice entre sonrisas resignadas, con lo hombros caídos, mientras extiende, pulcras, cada una de las sabanas, limpias, limpísima. No le quedaban muchas noches más. La cita demuestra que lo sabe. Pero el documental, los libros, esta nota (como tantas otras) y su mito dan prueba de que ella murió. De que ella se fue. Pero también de que ella sigue. De que ella está, acá, allá. De que Ella todavía está.

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