Por Verónica Lamberti desde Roma

La viuda de Vittorio Mussolini vive en Italia, es argentina y anhela un lugar que nunca tuvo.  Alta, robusta y con un estilo grotesco, Mónica Buzzegoli, elige el mundo de los muertos. Con su pelo rubio y largo, y sus ojos oscuros, delineados de azul, se disfraza de lo que fue: la elegida por el segundo hijo del dictador italiano Benito Mussolini. Ella encarna la decadencia que retrató Federico Fellini en “La dolce vita”. Paradoja, porque fue Vittorio, su marido, el que creó la productora que le dio trabajo al entonces joven director.

Mónica nació en Rosario, Santa Fe, y fue ahí donde conoció a Vittorio, que ya había tenido un matrimonio y dos hijos. Con la caída del fascismo y después del fusilamiento de su papá, en 1945, el hijo del mayor aliado de Hitler se vio obligado a dejar su país y viajó a Argentina. Fue el padre de Mónica el que lo conoció primero y se lo presentó a su hija, dándole el visto bueno para que se casaran.  “Fue amor a primera vista, él tenía una presencia que yo no podía ignorar”, cuenta la mujer que con tan solo 15 años se fue de su casa con un hombre 20 años mayor que ella.  

Vittorio había sido piloto de caza en la Segunda Guerra Mundial y describía a los bombardeos como “un espectáculo”. Vivieron en Argentina hasta la década del 60, se casaron en secreto y se fueron a Italia. Allá se instalaron en Villa Carpena, la casa familiar de los Mussolini, hasta la muerte de él en 1997.

FOTO: El dictador italiano y sus hijos, Vittorio y Bruno

“Fue amor a primera vista, él tenía una presencia que yo no podía ignorar”, cuenta la mujer que con tan solo 15 años se fue de su casa con un hombre 20 años mayor que ella.  

Fue en ese momento cuando la rosarina quedó a un lado de la historia de la que tanto quería ser parte. “Me sacaron todo”, lamenta la nuera del líder fascista, que no es reconocida como quisiera ni por el propio clan familiar. Es que las segundas mujeres no son bien vistas por los descendientes de Benito Mussolini. Fueron ellos los que decidieron que la casa pasara a manos de un socio familiar que, en 2001, la inauguró como museo. El día que abrió sus puertas la “casa dei ricordi”, Mónica estuvo ahí, pero nadie lo notó hasta que encontraron su firma en el libro de visitas.

          Hoy, la mujer que piensa que el también dictador Juan Carlos Onganía fue el mejor presidente argentino, vive sola, tiene un departamento muy chico en Roma y otro en Forlí. La residencia donde vive es muy grande por fuera y está bien mantenida, no le falta una mano de pintura nunca y los recepcionistas son muy atentos con quien se acerque. Pero por dentro, las cosas cambian. Son muchas las familias y ella es una más. La casa de Mónica es muy sencilla, no tiene lujos, los muebles no se destacan- hay tantas cosas dando vueltas que no se pueden apreciar- y las paredes están despintadas. A simple vista se pueden ver algunas cartas de cariño que le recuerdan que todavía hay alguien que la quiere: “Estas cartas son de mi familia Argentina. Los únicos que me escriben y me llaman. Me gusta verlas todos los días”.

La rosarina quedó a un lado de la historia de la que tanto quería ser parte. “Me sacaron todo”, lamenta la nuera del líder fascista, que no es reconocida como quisiera ni por el propio clan familiar.  

FOTO: Vittorio, uno de los hijos de Mussolini

En su armario abundan los vestidos largos, negros y sueltos. Si la ocasión lo amerita usa algún color, pero por lo general, Mónica siempre está de luto. Los tapados con pieles son parte del repertorio de su vestimenta y la bijouterie, también. Usa muchos collares de perlas, pulseras de oro y hebillas para el pelo. Hay algo desprolijo en su modo de vestir, pareciera que se tira encima todo lo que tiene y que, aún así, nunca le alcanza. La visita al peluquero es religiosa para esta señora que usa un anillo en cada dedo. Nunca sale de casa sin estar maquillada, sus ojos con sombra celeste brillante, la delatan. “Me gusta verme bien”, afirma mientras camina  hacia su auto azul, modelo 2000.

“La señora de Mussolini”, así la llaman en el mundo de las apariencias los que aún admiran a la familia a la que ella está orgullosa de pertenecer. Mónica es bien vista por un pequeño sector de la sociedad, en el que se refugia. Gracias a su apellido de casada recibe atenciones en algunos pocos bares, restaurantes y boutiques. Es habitué del Café de la Dolce Vita, donde todos la conocen; la mejor mesa y abrazos de los mozos y el pianista. Luego una canción que el músico, también argentino, toca en el piano. Suena Frank Sinatra y la cara de Mónica se transforma, sus músculos se aflojan, se saca los anteojos y canta con su voz grave y ronca: “I did it my way”.

El mayor deseo de Mónica Buzzegoli es descansar en la bóveda junto a su marido y su suegro. Existe una disputa entre los familiares que quedan sobre quién puede ser parte de la cripta y quién no. Tal es así que, estando viva, Anna María Ricci, la segunda mujer de Guido, uno de los hijos de Vittorio, inscribió su nombre con letras de bronce en el mármol que protege la tumba de su difunto marido para que no pudieran negarle ese lugar. Su sueño era “descansar con él”, pero no fue posible. Hace un año alguien -no se sabe quien- quitó el epitafio de Anna María y unos días después ella apareció muerta a orillas del Río Tiber en Roma. Finalmente, no fue enterrada en el cementerio de Forlí donde yacen los restos de la familia Mussolini y sus primeras mujeres, consideradas legítimas. Ante esta situación y en contacto con un abogado, Mónica dice preocupada: “Nadie me puede impedir que entre en la cripta con mi marido. Él me lo pidió y no lo voy a abandonar. No tuvimos hijos, él es mi familia”.

¿Cómo llegó esta mujer a convertirse en una caricatura de sí misma? Como si le rindiera honor a la película protagonizada por Marcello Mastroianni, Mónica lleva una vida banal, en la que parece tener todo, pero en realidad está vacía. Su andar no es más que una búsqueda de afecto y reconocimiento que parecen nunca llegar. Lo busca en los vivos y en los muertos. Ella está convencida de que cada persona que por cualquier razón entre en su vida por unos minutos, le debe cariño y no duda en reclamarlo. Su mirada perdida, vaya a saber uno dónde, refleja un dejo de anhelo y tristeza, que se oculta cuando aparece su voz. Es en ese momento cuando vuelve a intentar ser lo que nunca fue. La soledad se ha apoderado de la mujer que lleva la cara de Benito Mussolini en el llavero de su auto.  

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