Por Emiliano Gullo – @emilianogullo

Después de terminar de leer este texto, vos podrías ser la piedra fundacional de un nuevo modismo porteño.  El oxidado “más vueltas que una calesita” podría mutar en “más vueltas que la tumba de Hernán Cortés”. Claro, para eso habrá que compartir cientos de veces este artículo en todas tus redes sociales.  Pero primero lo primero.

Hernán Cortés, sobrino de otro español de espada fácil, Francisco Pizarro, construyó su mito después de vencer al líder mexica Moctezuma y doblegar a su población. Cuando falleció en Sevilla en 1547, víctima -se cree-  de una pleuritis, se disparó otra cacería. Como si los fantasmas aztecas lo persiguieran con mayor efectividad en el mundo de los muertos, el cadáver de Cortés comenzó a escapar.

Fotografía de un grupo de personas en la Iglesia de Jesús, en México, viendo sacar los restos mortales de Hernán Cortés

Fotografía de un grupo de personas en la Iglesia de Jesús, en México, viendo sacar los restos mortales de Hernán Cortés

Por practicidad o por vagancia de su familia, lo sepultaron en el monasterio español de San Isidoro, cerca de donde había muerto. Pero, al parecer, no era el lugar elegido por Cortés, quien había dejado en su testamento que su deseo era transcurrir la eternidad en la Iglesia Jesús de Nazareno.

A los tres años lo movieron dentro de la misma iglesia y lo depositaron al lado de un altar a la virgen de Santa Catalina.

Casi 20 años después, su familia lo trasladó a México; específicamente al Convento franciscano de Texcoco, una ciudad que había sido clave en 1519 para transformar la invasión en victoria española.  Debajo del templo descansaron sus huesos, junto a los de su madre y una de sus hijas. Pero la mudanza mortuoria continuaría durante los próximos siglos.

Los huesos de Hernán Cortés

Los huesos de Hernán Cortés

En 1629 falleció en México Pedro Cortés, su nieto y último descendiente directo. Las autoridades del virreinato de la Nueva España decidieron que ambos familiares tenían que unirse tanto en la eternidad como en la tierra. Y fue así como nieto y abuelo se encontraron en los claustros mortuorios de la Iglesia de los franciscanos, pero en Coyoacán, más de 40 kilómetros al sur de Texcoco.

La yunta familiar duraría 63 años. Luego los huesos del conquistador tuvieron una mudanza corta pero traumática. En 1692 pasaron a la capilla mayor del mismo convento. Convencidos de que sería el destino final, pintaron un gran retrato y clavaron una inscripción en latín: Fernando Cortes ossa servatur hic famosa. Fernando o Hernando fueron los nombres con los que se conoció a Cortés, aunque con el paso de los siglos su nombre de pila se acortó en Hernán.

Para los primeros años del siglo siguiente, en 1716, lo monjes franciscanos entendieron que ya era momento para remodelar el convento. Pero al comenzar las obras se toparon con un tema.

– ¿Y con Cortés qué hacemos?

– ¿Qué Cortés? Ah, claro. Eh, no se. Ponlo arriba, en el ático de la capilla.

Y hacia allá fue otra vez el obediente conquistador.

Le faltó muy poquito para terminar el siglo XVIII con un solo cambio de domicilio. El 2 de julio de 1794, las autoridades del virreinato quisieron cumplir con los caprichos mortuorios de Cortés y lo llevaron al lugar que él mismo había mandado a construir: la Iglesia del Hospital de Jesús de Nazareno. Lo que pasó es que murió antes de que la terminaran y el dinero destinado a ese lugar fue a parar al financiamiento de cuestiones nunca del todo aclaradas.

Así las cosas, 130 años después, el esqueleto finalmente había encontrado su lugar. Cuando lo fueron a buscar a la iglesia de los franciscanos se encontraron con que, después de tanto viaje, el conquistador estaba guardado en una urna. Al abrirla vieron varios bultos envueltos en una sábana de seda negra y encaje negro. Adentro, como si se tratar de una muñeca rusa, había un bulto más pequeño, recubierto de la misma tela que la sábana. Era el cráneo. Al costado, los otros pedazos de osamenta. Nunca se sabrá si le faltaban partes al esqueleto. Lo cierto es que no fue la última morada del reducido Cortés.

Los huesos de Hernán Cortés

Los huesos de Hernán Cortés

México, 1823. Hace dos años que concluyó la guerra por la independencia de México. El sentir antiespañol se esparce por todo el país. Aterrado por la suerte que pudiera seguir la cabeza del conquistador, el ministro Lucas Alamán y el capellán mayor del Hospital de Jesús de Nazareno, Joaquín Canales, montaron un operativo distracción. Tan efectivo fue que lograron despistar no sólo a los nacionalistas sino a todos los historiadores y arqueólogos durante un siglo y medio.

La noche del 15 de septiembre, Alamán y Canales sacaron los huesos y desmantelaron el mausoleo. El busto que lo recordaba en bronce fue enviado a Palermo, Italia, junto con otros adornos. Al conquistador lo depositaron debajo de una tarima del hospital.  El plan fue perfecto. Durante mas de cien años se pensó que Cortés descansaba en la capital de Sicilia.

Antes, siempre en secreto, en 1836 Alamán exhumó los huesos, le cambió las sábanas que los envolvían y volvió a esconderlo dentro de una urna nueva debajo de la estatua del evangelio, en la misma iglesia. Siete años más tarde, el ministro entregó a la Embajada de España el Documento del año 36, donde se explicita el plan de (no) traslado e indica el lugar de entierro.

Fotografía de la caja de cristal que guardaba los restos mortales de Hernán Cortés

Fotografía de la caja de cristal que guardaba los restos mortales de Hernán Cortés

Pero el misterio seguiría hasta mitad del Siglo XX. En 1946, un exiliado español, Fernando Baeza, y el historiador cubano Moreno Franginals, descubrieron el documento en la embajada ibérica en México. El 24 de noviembre de ese año, luego de unas breves excavaciones, se toparon con el conquistador. Luego de los estudios y las limpiezas necesarias para garantizar su preservación, el esqueleto de Hernán Cortés se movió por última vez, siempre dentro de la misma Iglesia, donde –dice la leyenda– se había encontrado por primera vez con Moctezuma.

Al lado del altar principal, en un nicho dentro la pared, una placa de bronce gastado dice:

HERNÁN CORTÉS

1485-1547

 

placa de hernan cortés

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