Por Tomás  Pont Vergés – @pontomaspont

Cuenta la leyenda que un 14 de mayo, pero de 1813, sonaron por primera vez las estrofas del himno nacional. Fue en una tertulia en un solar de la calle Unquera de la ciudad de Buenos Aires, hoy Florida y Bartolomé Mitre. La anfitriona fue Mariquita Sánchez de Thompson, que se paseaba por la sala agasajando a sus ilustres invitados: San Martin, Rivadavia, Alvear y Castelli. Eran épocas de rosca de alto vuelo; la de los tiempos que van de la revolución a la independencia. Un momento en el que absolutamente todo lo que sería este país podía ser discutido.

Los autores de la flamante marcha patriótica de seguro se encontraban en el salón. Es probable que su letrista, el abogado Vicente Lopéz y Planes, con el pecho inflado, se relamiera del prestigio que ganaría y los cargos que mordería en la futura nación. Su compositor, el catalán Blas Parera, seguramente tocó el piano ansioso de que estos porteños se decidieran de una vez por todas por una canción como emblema patrio. No era la primera vez que a Parera le encargaban la música del himno; era la cuarta. Quizás por eso el catalán decidió exprimir hasta el último centavo de su trabajo, cobrando hasta los ensayos. En los tres años que van desde el Cabildo Abierto de 1810 a la Asamblea Constituyente del año 13, las disputas políticas habían tragado vidas, tumbado gobiernos y descartado otras composiciones como las de Fray Cayetano Rodríguez, Saturnino de la Rosa, Esteban de Luca y Juan Ramón Rojas; todas con melodías de Parera. El himno, aunque parezca una inspirada y edificante canción, es fruto de las luchas por el poder.

La canción, ¿sigue siendo la misma?

En más de 200 años de historia, el himno nacional pasó de durar veinte minutos a los treinta segundos que se tararean a viva voz en los estadios del mundo en cada competencia internacional.

Cada época tuvo su versión de himno, y cada régimen quiso imponer una nueva versión, la definitiva. Probablemente el cambio más radical haya sido la amputación decretada en 1900 por el conservador Julio Argentino Roca. En él se pierden las referencias bélicas y sangrientas; las que apuntan al americanismo indígena (“Se conmueven del Inca las tumbas / que ve renovando a sus hijos de la patria / el antiguo esplendor”); y sobre todo aquellas que ven a España como enemigo, como un ibérico altivo león, que devora cual fieras todo pueblo que logran rendir.  Todas frases que – según Roca – “mortifican el patriotismo del pueblo español”. La polémica sobre las versiones tiene casi tantos años como el himno mismo.

La última modificación, la de los treinta segundos, se la debemos a Lionel Messi. El 5 de septiembre de 2009, Messi jugó por primera vez con la camiseta argentina en su ciudad natal, Rosario. La cosa no pudo salir peor: Argentina perdió 3 a 1 contra Brasil. Al día siguiente el resultado no fue lo más discutido, sino que el asunto que indignó a muchos fue que La Pulga no cantó el himno. La polémica caló hondo en un país que todavía recuerda la imagen de Maradona en la final del mundial del 90 insultando a los gritos a los italianos, que despechados por haber sido eliminados en la semis, silbaban la marcha patria. Messi en cambio, nunca la cantó. Los talk shows deportivos lo destrozaron por antipatria. Fue entonces cuando Carlos Salvador Bilardo, el técnico que dirigió el equipo campeón del mundo de 1986, que en 2009 era secretario de Selecciones Nacionales de la Asociación del Fútbol Argentino, tuvo una idea genial: Si Messi, no se adaptaba al himno, el himno se debía mimetizarse con él, y enmudecer. Fue así que nació la versión onomatopéyica y resumida del himno, que hoy conmueve los estadios de fútbol como una suerte de haka -la canción de guerra maori – nacional y popular.

¿Por qué es tan importante para un Estado que entonemos una canción juntos? El libro “O Juremos con Gloria Morir” de Esteban Buch desempolva las actas del Primer Triunvirato para ensayar una respuesta. En julio de 1812, estos fueron los primeros que discutieron la necesidad de tener un himno, en pos de “dar un nuevo impulso a las impresiones que ofrecen los sentidos para que, inflamando el espíritu del pueblo con tan tiernas y frecuentes impresiones, ninguno viva entre nosotros sin estar resuelto a morir por la causa santa de la libertad”. Por esos años, cuando Napoleón escuchó por primera vez la Marsellesa, dijo: “Esta música nos ahorrará mucho en cañones”.

Como con cualquier aspecto de la vida cotidiana, las neurociencias también se atreven a dar una explicación sobre este asunto. El especialista del Instituto de Neurociencias y Fisiología de la Universidad de Gotemburgo y corista aficionado, Bjorn Vickhoff, estudia las respuestas biológicas a la música. En 2013 publicó en la revista científica “Frontiers in Psychology” un estudio titulado “Las Partituras del Cuerpo”. Vickhoff midió con su equipo a quince grupos de coros, analizando qué les sucedía al cantar. Los resultados mostraron que cuando la gente entona una misma canción sincronizan los latidos del corazón a un mismo ritmo.  A su vez, al respirar en simultáneo y expulsar el aire cantando, los coristas activan el nervio vago, que regula nuestra vida emocional y la comunicación con los demás.  Para el neurólogo sueco, “el canto crea un patrón emocional compartido entre los miembros del coro”. Doscientos años antes, los integrantes del triunvirato no necesitaban el auxilio de la ciencia para saber que para ganar una guerra hace falta una buena canción.

Durante casi medio siglo, los obreros industriales de Europa montaron barricadas entonando “La Internacional”. Un himno que llama a la famélica legión de los parias de la tierra a conquistar el fin de la opresión. Los ejércitos de Napoléon en pocos años arrasaron la Europa feudal al paso de “La Marsellesa”. En sus primeros versos ya anunciaba el bramido de aquellos feroces soldados que irían a degollar a vuestros hijos y esposas. Los españoles resistieron a Napoléon al ritmo de rumba la rumba de “!Ay Carmela!”, coreando nada pueden las bombas donde sobra corazón. En la historia, los que marcharon resueltos al muere con el espíritu inflamado por una canción son legión.

A finales de los ochenta, Charly García incluyó una versión del himno nacional en su disco “Filosofía Barata y Zapatos de Goma”. Cuando la prensa le pregunto por qué había decidido hacerlo, contesto: “Es simple: El himno mata”. Pero al lado de La Marsellesa o La Internacional, la obra vernácula de Blas Parera y Vicente López y Planes parece tener un defecto de fábrica. Con su métrica irregular, es imposible marchar cantándola. Un detalle no menor, que no le impidió volverse un éxito comercial de franquicia.

El himno argentino es el primer jingle de Estado, fabricado desde cero y entregado llave en mano.  Después de él, los himnos por encargo se repitieron en todo el continente. Todos copian los mismos lugares comunes. El himno de Chile lanza un grito de muerte, que haga siempre al tirano temblar; la marcha nacional del Perú obliga a que en vez de vivir suPorugados sin gloria, prefiramos morir sin baldón; el boliviano jura ¡Morir antes que esclavos vivir!; el paraguayo declara que si el mundo se opone a su patria, sus habitantes batallando vengarla sabremos o abrazados con ella expiar. La guerra aparece como el nacimiento de la nación, y el origen de la ciudadanía, en el juramento del con gloria morir.

Cincuenta años después de la Asamblea Constituyente del 13, Juan Bautista Alberdi, el autor de la Constitución Argentina del 53, decía en sus Bases: “la guerra de la independencia nos ha dejado la manía ridícula y aciaga del heroísmo. Esta aberración gobierna nuestros caracteres sudamericanos. La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur”. Ya el héroe máximo de la independencia americana, Simón Bolivar, lo había avizorado mientras guerreaba por todo el continente. Cuando el prócer y poeta ecuatoriano José Joaquín de Olmedo, le envío por carta una poesía dedicada a las supremas virtudes del libertador, Bolivar le recordó que “de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso”.

 

 

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