Por Andy Flores

Redactor - @andyfls

andy2Periodista en Radio Nacional de Argentina y en FM La Tribu. Le gusta salir por las noches a recorrer bares y restaurantes. No entiende nada de fútbol.

Tu amor revolucionario

Marita Lorenz vivía en Nueva York y tenía 19 años. Había llegado en familia desde Alemania cuando terminó la segunda guerra mundial. Su infancia transcurrió entre los barcos que capitaneaba su padre, y el campo de concentración donde pasó sus días hasta que cayó la Alemania nazi.

Fidel llegaba a sus 33 años con una revolución en su espalda. Era el Primer Ministro de la flamante República Socialista de Cuba que se alzaba hacía un mes en América Latina. Sus vidas, la de Marita y la de Fidel, poco tenían que ver, y sus chances de cruzar caminos eran prácticamente nulas.

El “Berlín IV” desembarcó una tarde de febrero en el puerto de la Habana. Su capitán era el padre de Marita, Henrich Lorenz. Fidel recorría el puerto realizando una inspección y le llamó la atención el barco de lujo que estaba amarrado. Pero la embarcación no fue lo que más le impactaría esa tarde.

Mientras Henrich Lorenz dormía la siesta adentro del barco, Marita recibía a Fidel y sus hombres. Ella era jóven y bella, una alemana de piel blanquísima con cabello negro que le robó el corazón al líder revolucionario. Fidel le escribió “Te quiero” en una servilleta, aunque la conocía hacía pocas horas. Castro no perdió el tiempo y le pidió su teléfono. Ella respondió con un número de Nueva York mientras él le tomaba la mano por debajo de la mesa esquivando las miradas del Kapitän Heinrich que ya había despertado de la siesta.

Aló presidente

El teléfono sonaba en Nueva York y Marita decía hello. Del otro lado estaba Fidel Castro invitándola a volver a Cuba.

Era mayo de 1959, y Marita descansaba en el Hotel Havana Riviera. Esa semana Fidel había firmado la primera ley de reforma agraria de Cuba y la revolución daba sus primeros pasos. Desde su suite Marita le escribía a su madre “estoy bien, tengo todo y soy feliz”. También le contó que Fidel estaba en Sierra Maestra, que volvería esa noche y que la había recibido con la habitación llena de flores. Hay que endurecerse sin perder la ternura, decía el Che.

Marita se convirtió en la secretaria privada de Fidel y en su amante. Un día ella estaba embarazada.

Nazis, yanquis y contraespionaje

La infancia de Marita, en los años cuarenta, transcurrió en un mundo que se debatía entre el comunismo y el capitalismo. Los espías y el contraespionaje minaban los campos de las batallas políticas. Henrich Lorenz tenía buena reputación en la marina de la Alemania Nazi porque de su barco descendían en Nueva York agentes de inteligencia alemanes disfrazados de turistas. Todo se acabó cuando Henrich fue detenido en los Estados Unidos acusado de espionaje. Se conocen escasos detalles sobre lo que sucedió durante la estancia de Henrich bajo custodia de la CIA, pero puede adivinarse fácilmente observando lo que pasó tres años después con el Bremen, un barco que llevaba tropas alemanas listas para atacar Inglaterra. Alguien filtró información a los aliados y tras un ataque certero de los ingleses, se hundió en el océano. Todos los indicios lo señalaban a Henrich Lorenz como el topo, y la Gestapo empezó a observarlo de cerca.

No lograron saberlo en ese momento, pero tanto Henrich como su mujer, habían estado haciendo tareas de contrainteligencia comandados por la CIA, contra la Alemania nazi. El secreto no duró demasiado y la familia Lorenz fue enviada al campo de concentración Bergen-Belsen. Años después la CIA le recordaría a Marita ese campo de concentración para convencerla de matar a Fidel: “quien sobrevivió a Bergen-Belsen puede trabajar para la CIA”.

La CIA y un plan ferpecto

Marita llevaba varios meses embarazada cuando fue drogada y secuestrada. Amaneció en una cama  manchada con sangre después de tres días sin comer. No había rastros de su bebé. Decidió tomarse un avión a Nueva York donde fue recibida por la CIA y grupos anticastristas que intentaron convencerla de que había sido Fidel quien la mandó a  secuestrar y le provocó un aborto. El trabajo psicológico fue tan arduo como desgastante. Querían convencerla de que asesine a Fidel Castro.

La CIA conocía la historia de Miss Lorenz, así figura en los boletines secretos fechados en 1960. La oportunidad se les aparecía ante sus narices y no iban a dejarla pasar. Le encomendaron la tarea de entrenar a Lorenz a Frank Sturgis, un agente al que el mismo Fidel había caracterizado como “el mejor y más peligroso agente de toda la historia de la CIA”. Frank había servido en las filas revolucionarias cubanas, presuntamente como agente de la CIA. Años más tarde, Frank entrenaría a las tropas estadounidenses de la invasión de Bahía de Cochinos de abril de 1961.

Un avión a La Habana

A finales de 1960 Marita se subió a un avión. Su destino era La Habana y tenía pastillas de veneno en el bolsillo del pantalón. Las instrucciones eran claras, Fidel Castro debía morir.

Marita era consciente de que, muy probablemente, Fidel sabía de sus reuniones con anticastristas en Miami y temía que la revisaran al llegar al aeropuerto. Decidió esconder las pastillas en un envase de crema para la cara. Al llegar al aeropuerto no percibió nada raro y en migraciones no le hicieron preguntas. Los nervios la invadían, también las dudas y las inseguridades. Estaba a punto de matar a quien fue su gran amor y líder de la revolución cubana.

Marita llegó al emblemático Hotel Habana Libre, subió hasta el piso 24, puso la llave en la puerta de la habitación, entró y encontró que Fidel aún no había llegado. Actuó con automatismo buscando en su bolso el pote de crema, lo abrió y encontró las pastillas desintegradas, formando una masa pastosa. “Me sentí, ante todo, libre”, cuenta Lorenz en su libro de memorias titulado Yo fui la espía que amó al comandante. Tiró lo que quedaba de las pastillas por el bidet, ya no había veneno para matar a Fidel.

Al poco tiempo la puerta del cuarto se abrió y Fidel cruzó el pasillo al encuentro de Marita, “¡Oh, Alemanita!”, la saludó Castro afectuosamente mientras le preguntaba si había estado con los contrarrevolucionarios de Miami. No buscaba una respuesta, Fidel ya sabía todo. Se sentó en la cama mientras se sacaba las botas embarradas, la miró fijo y le dijo que ella había venido a matarlo. Marita asintió. La mano de Fidel fue hasta la cartuchera donde guardaba la pistola y la puso sobre las piernas de Marita mientras se tiraba en la cama y cerraba los ojos.

-“Nadie puede matarme. Nadie. Nunca jamás”, la desafió Fidel desde la cama según cuenta Lorenz en sus memorias.

-“Tenía razón: no iba a hacerlo, no quería hacerle daño y nunca lo había querido – afirmó Lorenz en sus memorias – , por más que hubiera intentado decirme a mí misma que tenía que odiarle lo suficiente como para matarle”.

-“’Mi novia trató de matarme”, bromeaba Castro tirado en la cama, cortando la tensión.

Pero la gran duda de Marita seguía presente; qué había pasado con su hijo. “El niño está bien”, contestó Fidel ante la mirada desencajada de Marita. A ella le había dicho la CIA durante su entrenamiento que su hijo estaba muerto. “Fidel, además, me dijo que su hijo era “un hijo de Cuba”, cuenta Lorenz. Marita volvió a Estados Unidos esa misma tarde, con pánico de enfrentar a la CIA y confesar que no había matado a Fidel.

Le fue difícil a Marita separar su vida de la CIA, incluso después de haber fallado en su misión en Cuba. Fue obligada a seguir entrenando como espía y ahí conoció al que, asegura, fue el asesino del presidente Kennedy, Lee Harvey Oswald. El odio de Lorenz hacia la CIA era visceral. Fue convocada por el Investigation Committee a mediados de los años setenta como testigo en la muerte de Kennedy, y sólo gracias a la gran exposición pública que sufrió, debió dejar su trabajo en la CIA.

Hoy, con 76 años, Marita Lorenz  recuerda a Fidel con una sonrisa, “No me importa lo que el mundo diga de él, que si es comunista o dictador, mi corazón aún está con él”.

Quizás también te interese...

Cuatro plazas emblemáticas de Latinoamérica La plaza es un punto neurálgico, un lugar de encuentro donde confluyen la historia pasada y presente. Turistas y locales, festejos y protestas, todo t...
Buenos Aires celebra el cumpleaños de Fidel Castro... La cantante del legendario Buena Vista Social Club, el periodista Víctor Hugo Morales, un vendedor de flores, la sobrina de Fidel Castro y el catedrát...
El Crazy Che, doble agente secreto Guillermo Gaede es denominado Crazy Che por Pablo Chehebar, director junto a Nicolas Iacouzzi de este film que cuenta la historia de un personaje fant...
Silvio Rodríguez tenía una AK-47 Por Pablo Taricco - @tariccopablo Cuando Antonio Agostinho Neto pidió apoyo militar a Cuba para defender Angola, las tropas sudafricanas del aparth...