Por Emiliano Gullo – @emilianogullo

Ilich Ramírez está preso en Francia desde 1997 pero su vida nunca pudo ser capturada ni por la espectacularidad de Hollywood. Conocido por los servicios de inteligencia internacionales como el “Chacal”, Ramírez cometió atentados en todas partes del mundo como soldado del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP). Nació en Venezuela, estudió en Moscú, entrenó en el Líbano y se estableció en Londres y París. Puso bombas en Francia, tomó de rehenes a los jefes petroleros de la OPEP en Viena y ocupó la embajada francesa en Holanda. Tuvo más de 100 pasaportes truchos y 52 alias.

Esta suerte de Bin Laden de los 70s –también conocido como Carlos- nació en Táchira el 12 de octubre de 1949. Después de gambetear su captura durante más de 20 años, el gobierno de Francia lo secuestró ilegalmente en Sudán en 1994. Aislado en un penal de máxima seguridad su figura todavía mete miedo a las autoridades francesas y suscitó apoyos como el de Hugo Chávez, que en 2011 lo calificó: “Es un digno continuador de las más grandes luchas que desde aquí surgieron por las causas de los pueblos. Así lo puedo decir ante el mundo, no tengo complejo alguno”.

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Aunque nunca militó formalmente en el PC, Ramírez siempre estuvo cercano a la juventud comunista de su país. Gracias a esas relaciones, a fines de los 60s aterrizó en Moscú para estudiar en la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba.

El carácter del futuro guerrillero comenzó rápidamente a hacer ruido en los pasillos de la facultad rusa. Tanto así que al poco tiempo fue expulsado, acusado de caotizar el micromundo académico. Empezaba su camino hacia la causa palestina. Era algún mes de 1970. El primer destino fue Jordania, donde entrenó militarmente y se contactó con el FPLP, una organización marxista-leninista con cuartel central en el Líbano. Tres años más tarde se filtró en París con pasaporte falso para encargarse del comando Boudía, enlace de otras células revolucionarias del momento. Tenía como misión ubicar y destruir objetivos israelíes.

Sin embargo, la primera acción importante no salió del todo bien. El 30 de diciembre de 1973 ingresó en la casa de Londres del empresario y presidente de la Federación Sionista de Inglaterra Joseph Edward Sieff. Entrar no fue difícil para el comando armado del FPLP. Lo que nunca entendió Ramírez fue cómo no logró asesinar a Sieff cuando lo encontró escondido en el baño. Le disparó a menos de dos metros. El balazo le rozó el labio y rebotó de alguna manera en el hueso de su nariz. Lo dejó inconsciente, pero con vida. Este episodio –que fue escenificado en el film ‘Carlos, el hombre que secuestró al mundo’- le dio la primera exposición pública en Europa.

La siguiente escena lo encontró bajo el mando del libanés Michal Moukharbal, alto dirigente del FPLP. En 1974 comandó un grupo de guerrilleros que hicieron explotar tres coches bombas en las redacciones de varios diarios en Paris. Por esos días organizó junto al Ejército Rojo japonés un ataque a la embajada de Francia en La Haya. El comando marxista nipón ocupó la sede diplomática a fuerza de ametralladoras. Ilich monitoreaba todo desde París. Cuando las negociaciones se empantanaron cumplió con su promesa inmediata. Tiró dos granadas en pleno día en un drugstore parisino y murieron dos personas. Finalmente logró que los japoneses fueran subidos a un avión con dirección a Damasco.

En otra acción, meses después, disparó un bazooka contra dos aviones de la compañía israelí El Al en el aeropuerto de Orly. Para mitad del 75, cercado y perseguido por policías y espías de todo el mundo, Ramírez estuvo a punto de caer en la capital francesa. Mientras descansaba en un departamento le tocaron la puerta tres efectivos locales. La escena terminó en un tiroteo en el que abatió a dos agentes, a un libanés que lo había vendido y dejó al tercer policía en estado grave. Antes, cuando habían tocado la puerta, se había dado a conocer como “Carlos Martínez, de Perú”.

Carlos, entonces, escapó otra vez. La nueva base fue Yemen del Sur, donde craneó lo que sería su gran golpe. El 21 de diciembre de 1975 irrumpió en el primer piso de las oficinas de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en Viena. Los dueños del petróleo de todo el mundo estaban sentados en la sala de conferencias cuando escucharon tiros, gritos y explosiones. Era el comando del “Chacal”, que se había hecho pasar por un grupo de periodistas para escabullirse en la cumbre del crudo.

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En el raid mataron a 3 personas y mantuvieron secuestradas a 48; entre ellos los 11 ministros del crudo internacional. Una vez adentro, Carlos separó buenos y malos. Los funcionarios de los países pro árabes para un lado, los pro sionistas para el otro.

Luego de duras negociaciones, el venezolano logró su cometido: enviar un mensaje anti sionista por la radio para toda Austria y salir entero hacia Argelia. La misión, aseguró Carlos años después, había sido solicitada por Muamar Gadafi, jefe máximo de Libia.

Durante los años siguientes, el rastro de “Carlos, el chacal” se diluía por un sin fin de países. Decían haberlo visto en Irak, Libia, Rumania, Siria. Comentaban que mantenía contactos fluidos con organizaciones armadas de Europa como las Brigadas Rojas italianas y las RAF alemanas.

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Se lo acusó además de un ataque contra la radio Free Europe de Munich, con ocho heridos. De otro contra el tren “Le Capitole” entre París y Toulouse con cinco muertos y 77 heridos; este golpe supuestamente había sido en represalia por la detención en la capital francesa de dos compañeros, el suizo Bruno Breguet y la alemana Magdalena Kopp, su compañera. También de poner un coche-bomba en la rue Marbeuf de París, frente a la sede del diario Al Watan al Arabi; acá un muerto y 63 heridos.

Lo cierto es que recién 20 años después, los servicios franceses lograron detenerlo en una operación manchada de sospechas e ilegalidades en Jartum, la capital de Sudán. Fue condenado a doble perpetua. Una por el asesinato de los dos policías y el libanés en 1975. Y la segunda, por cometer cuatro atentados en Francia que dejaron 11 muertos y cerca de 150 heridos. Hoy está encerrado, en condición de total aislamiento, en la prisión de la Santé de París.

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