Por Verónica Lamberti

La mayoría lo conocía por ser el amigo del Che y él se sentía orgulloso de serlo, pero Alberto Granado fue mucho más que un fiel compañero. Un tipo cálido y sencillo que con pasos cortos, pero firmes avanzó hasta el último minuto de su vida con la intención de llevar al mundo entero su experiencia de vida. Se definía como “optimista por naturaleza”. Mial, le decía el Che al hombre de las tres patrias que fue farmacéutico, bioquímico, especialista en lepra, fanático del vino y del tango.

Corría el año 2010 y a sus 87 años, el petiso, como la mayoría lo conocía, seguía recibiendo jóvenes que se acercaban a su casa de La Habana. En el barrio de Miramar, la zona más elegante de la capital cubana, viven los Granado. Contrario a los lujos que se ven en la Quinta Avenida, el hogar familiar destaca por su sencillez. Dos pisos en los que viven padres, hijos y nietos -en total son hoy 12 personas-. Un patio grande del que los perros son dueños y una terraza en la que Alberto, recordando sus años de rugbier, hacía ejercicio cada día.

El cordobés tenía una mirada difícil de ignorar. Sus pequeños ojos marrones contaban la historia que su voz calma confirmaba. A sus 29 años, con su amigo Ernesto Guevara, que tenía 23, emprendieron un viaje por las rutas latinoamericanas; “el viaje soñado”. Él era bioquímico y el Che estudiaba medicina. Salieron juntos en La Poderosa, la motocicleta Norton 500 que los acompañó en el primer tramo de la aventura que como siempre destacó Alberto, los cambió a los dos: “Ernesto se hizo un ejemplo, empezó a ser el Che; y yo aprendí que en vez de conocer el mundo había que transformarlo”.

Después de los más de 14.000 kilómetros recorridos, el 26 de julio de 1952 los compañeros de ruta se separaron, pero no por mucho tiempo. Granado se quedó en Venezuela y trabajó en un leprosario. Ernesto, “el pelao”, como lo conocían en ese entonces, tomó otro rumbo.

Fue en la tierra bolivariana donde Alberto conoció a Delia, su gran amor. Ella era enfermera y petisa, como su admirador. Una mujer de vestir sencillo; un pantalón y una remera o un vestido suelto, siempre unos aros que acompañan su rostro redondo y sus cejas arqueadas. “El 10 de diciembre de 1955 me le declaré. Estábamos en una fiesta y la luna me inspiró”, contaba Alberto, mientras se le escapaba la letra de algún tango que no podía retener.

Extracto de “Nostalgias” tango que Gardel hizo famoso en la década del 30´.

Nostalgias  de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”  

El paso del tiempo no logró que Granado se olvidara las letras que lo trasladaban a su amada Argentina. Su canto era consciente de su significado. Abría los ojos y miraba fijo a la persona que tenía enfrente con una mirada cómplice que invitaba a cantar. No podía disimular la alegría que aumentaba cuando su compañero o compañera del momento respondía a su llamado y entonaba con él: “Acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos, de los bellos momentos que antaño disfruté”.

Cuando terminaba sus interpretaciones retomaba el tema de conversación donde se había quedado: “Estuvimos tres meses de novios, y nos casamos el 21 de abril de 1956. Tuvimos tres hijos, dos en Venezuela, Alberto y Delia, y la más chica, Roxana, en Cuba”. Delia siempre estuvo a su lado, como ella cuenta: “En cualquier sacrificio y en cualquier victoria. Viví su alegría contagiosa, sus tristezas y la emoción con que un día llegó dispuesto a dejarlo todo por irse a Cuba”. A la isla llegaron en 1961, después de haber recibido una carta del Che, en la que le explicaba por qué él no había ido a Caracas junto a Fidel.

“Yo siempre fui anti imperialista y cuando lo vi a Fidel me di cuenta que hacía falta gente que supiera dirigir. Él es el líder que yo creía que no existía”, afirmaba Alberto, mientras recorría su escritorio en el que las paredes celestes hablan. Retratos del Che, banderas cubanas, argentinas y venezolanas; una foto con Hugo Chávez y Evo Morales, y diplomas universitarios, son algunas de las cosas que se pueden encontrar en la habitación del segundo piso de la casa. Allí donde las plantas se asoman por las ventanas, el sol pega en el balcón, y en la terraza las flores son testigo de las reuniones familiares en las que nunca falta, “un roncito para la digestión”.

Una vez en Cuba, Alberto, comenzó a dar clases en la escuela de Medicina de La Habana, luego en Girón, y más tarde en Santiago de Cuba, donde creó una escuela similar. Tras la primera graduación de médicos, lo llamaron de La Habana y le dieron la tarea de conducir los estudios primeros sobre genética. Fue así que se dedicó a la genética animal y fue partícipe de la fundación del Centro de Salud Agropecuaria de La Habana, del Instituto de Investi­gaciones Científicas y del Departamento de In­ves­tigaciones Pecuarias, entre otros, hasta que se jubiló en 1994 y dejó todo en manos de las nuevas generaciones.

Cuando Alberto recordaba al Che destacaba su inteligencia y sensibilidad: “Esas dos cosas hacen que seamos amigos por siempre”. En su biblioteca están bien guardadas las últimas palabras que recibió de su amigo. Fue en octubre de 1964. Una dedicatoria en el libro “El ingenio”, de Manuel Moreno: “No sé qué dejarte de recuerdo. Te obligo, pues, a internarte en la caña de azúcar. Mi casa rodante tendrá dos patas otra vez y mis sueños no tendrán fronteras, hasta que las balas digan al menos. Te espero, gitano sedentario, cuando el olor a pólvora amaine.  Un abrazo a todos ustedes. Che.”

Con la picardía que lo caracterizaba, y las marcas de vida en su rostro, nunca dudó en viajar para transmitir su mensaje que era inseparable del de su amigo. El paso del tiempo no logró dominarlo: “Tenemos que seguir peleando y contar por qué el Che salió. Y yo salgo. Y no es tan cómodo para mí meterme 12 horas en un avión, pero creo que si la vida me dio esa oportunidad no me puedo quedar escuchando tango, ¿no? Me gustan los tangos también y los escucho, pero es una parte de mi vida”.  

A los 88 años, en marzo de 2011, Alberto Granado, falleció en su casa de La Habana. Aquella en la que se respira el amor revolucionario durante cada comida multitudinaria en la que no falta el vino tinto, el mate y el dulce de leche.

Tal como lo pidió y contó su hijo, su deseo fue realizado: “Mi padre pidió que parte de sus cenizas esten en Argentina, su tierra natal. En Venezuela, donde conoció el amor. Y en Cuba, donde vio concretados y realizados sus sueños de revolucionario”.

En el año anterior a su fallecimiento, Naciones Unidas, había ratificado por décima novena vez el rechazo al bloqueo impuesto por Estados Unidos a Cuba. En ese momento, Alberto, dejó claro lo que pensaba:

“Para seguir luchando es necesario que en Cuba no perdamos la sensibilidad y la honradez. Yo quisiera que todo el mundo fuera un Che Guevara y que sus ideales perduraran. Ya vemos como América Latina ha despertado. Hay que olvidarse un poco de si uno es peronista, maoísta o trotskista, y preguntarse: ¿Sirve o no sirve? ¿Ayuda o no? Esa es la pelea que yo doy con un único fin: la unidad”.

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