Por Juan Laxagueborde

Uno

Augusto Pinochet Ugarte escribió algunos libros con temáticas que van de la geopolítica a la memoria personal, casi todo planteado bajo argumentaciones fascistas. Nunca fue un gran lector, pero tenía mucho interés en el valor de los libros. No en el valor simbólico, sino en el material. Era un mercader acopiador y usurpador de muchos de los grandes textos antiguos de la historia chilena que acumulaba en las tres bibliotecas de sus tres casas. Sumaban 55 mil volúmenes y varios millones de dólares. La mitología malevolente dice que Borges no ganó el nobel por tomar el té con Pinochet. Pero las asociaciones pueden ser varias. Esa imagen de una biblioteca extenuante en su calidad y cantidad pero sin lectores a la vista más que el vulgar personaje que los atesoraba guarda fuertes signos borgeanos.

Lo mismo podríamos decir de la historia de un libro paranoico, que insistía con las conjeturas que en su momento relacionaban a la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva con el comunismo: sucedió que el ex presidente se despachó en 1975 con un texto lo suficientemente crítico de la dictadura como para que esta, como una corporación perfecta, decidiera contestarle con otro, apócrifo, bajo un autor inventado llamado Gerardo Larraín. Pues bien, esa persona finalmente existía y, según cuenta el organizador de la calumnia bibliográfica del pinochetismo, “se hizo escritor” al enterarse de la jugarreta que lo incluía sin quererlo. El pinochetismo creó un escritor, pura fantasía borgeana también.

Sus maneras, tan nítidas en la tradición militar, eran las del machismo, la virilidad, la honra y los “valores”, todas estampitas de moralina barata que le servían de oxígeno para convencerse de sus muy discutibles poderes. Suscitó la mirada elogiosa de muchos, pero también el extrañamiento mudo de toda una población que nada pudo hacer ante esas maquinarias siniestras que organizaron territorialmente el continente. Poblaciones enteras un poco negaron y mucho otro poco sufrieron en carne viva el escarnio, la malevolencia y la declinación económica que hizo virar sus vidas a un destino de supervivencia y sálvese quien pueda dignas de un naufragio. Los libros no hacen la historia, pero pueden abrillantarla, opacarla, ayudarnos a comprender partes de la vida.


Dos

En una investigación aparecida hace algunos años y titulada La secreta vida literaria de Augusto Pinochet, de Juan Cristóbal Peña, se trata de rastrear la relación del dictador con el mundo de las instrucciones, los libros, las ediciones, las letras y los tesoros económicos o simbólicos de todo lo que implique el mundo libresco/intelectual. La tapa de la edición es una foto de Pinochet no leyendo, sino más bien hojeando un libro de Gramsci. De talante cínico, una leve risa cerrada acompaña el paseo visual con la parsimonia del que es dueño de libros, vidas, correcciones, torturas y bienes de toda una nación. Del libro aprendemos que Pinochet se distinguía en las materias más abstractas asociadas al mando, la disciplina y el “espíritu militar”, pero hacía agua en las que se relacionaban con saberes técnicos como la escritura, el uso de armas o los conocimientos topográficos. Es más, parece haber leído pocos libros en su vida, aunque no haya necesitado mucho. Alcanzaba con El arte de la guerra, de Sun Tzu y de donde parece haber sacado el fanatismo por el engaño como táctica.

Hasta 1973 su tarea fue escribir libros intrascendentes para el gran público masivo y obligatorios en las instituciones castrenses, sin la conciencia de que estaba preparando el terreno que lo prestigie en el ejército, sin saber de su futuro rol mercenario y especulativo a la vez. Siempre creyó que iba a pasar a retiro ni bien pudiera, para escribir sus memorias que tendrían años después dos versiones: El día decisivo, de fines de los setenta y con formato entrevistas, y las memorias propiamente dichas, que quedaron truncas pues planeaban cinco tomos de los que salieron cuatro sin pena ni gloria en los años noventa.  Luego del 11 de septiembre de 1973 se cuidó de rodearse de personajes “letrados”, con fuste literaria y consejos pintorescos sobre cómo legitimar su rol a través de la literatura autobiográfica o la edición como arma de guerra sin pólvora.



Hay una fecha clave en la vida de Pinochet: El 22 de septiembre de 1976. A tres años de asumir su mandato y a pocos meses del golpe en la Argentina, Pinochet y Borges se encontraron durante una hora en el edificio Diego Portales, donde tenía sus oficinas el poder Ejecutivo debido al bombardeo de La Moneda, en refacción por algunos años. Se sabe que Borges aduló al dictador y su función pública en el continente, hermanándolo con la situación argentina en su rol contra el comunismo a través de la espada, ese elemento que para Borges era honorífico pero en aquellos años se parecía demasiado a picanas y balas. Lo que no sabemos es qué le dijo Pinochet a Borges. El chileno no aparecía como un gran lector sino que intentaba en esa reunión abrillantar su figura, coronar los primeros años a través del prestigio intelectual que irradiaba del autor de Ficciones. Dicen que hablaron de los antepasados mitristas de Borges, de las guerras de la independencia, pero lo que queda es la oda, el discurso que Borges da al ser nombrado Doctor Honoris Causa en la Universidad de Chile, donde exaltó la “emergencia de la ciénaga” de los países hermanos.


Tres

En Tengo miedo torero, la preciosa y antológica novela de Pedro Lemebel, Pinochet se ve recubierto por karmas: una mujer insoportable que logra mostrarlo como un hombre normal frente a tamaña arpía frívola de la señora, y el asedio de la decadencia de la dictadura que comanda, que terminaría en lo que fue un caso real, el intento de asesinato a manos del FPMR en 1986. Lo curioso de la novela es la forma de reclamar amor a un momento político y social, sabiendo que no puede venir por el lado del máximo dictador pero forzando a los guerrilleros a entonar boleros que maticen un poco su izquierdismo cáustico. Lemebel logra inventar un antihéroe que parece encarnar lo que el autor imaginaba como revolución: sexo sensible, baile, pisco y hermandad nacional desde la alegría libre. En una escena, hacia el final de la novela, el dictador condecora a “personalidades de la cultura” elegidas especialmente por su gobierno y el único que se niega a concurrir es el realmente existente poeta Raúl Zurita, que en un libro reciente aparecido en la Argentina, titulado INRI, nombra a los desaparecidos chilenos, sus amigos, mientras nombra el fuego, el viento, las tormentas, el sol, el mar, el poder de una naturaleza que los va integrando a su seno afectivo, reviviéndolos. Como en este verso: “Los arrojaron a todos. Su feroz rosa / pegado como nunca antes a la vida”. En esa actitud afirmativa sobre los legados de la tragedia se parece mucho a Lemebel.

Recordando al Borges genuflexo ante el pinochetismo, María Moreno toma a Lemebel para jerarquizarlo frente al criollista argentino. Lemebel pudo, según Moreno, expresar la revolución a través del resentimiento y el exceso como estilo, destruyendo ese “ascetismo” borgeano que odiaba los fastos del idioma, juzgándolos como “guarangos”, complementando eso con su adscripción a la espada sin ninguna tipo de eufemismo. Los textos de Lemebel tienen algo de reconocimiento trágico de las cosas, del poder de la repetición. Es como si recomendara sin recomendar. Para Moreno, Lemebel “instala un suele pasar en lugar de un pasó“.

Borges no ganó el nobel y sí Neruda, a quien Pinochet había tenido que aplaudir en 1972 en el estadio nacional. El Nobel no es medida de nada, pero cuando Borges prefirió su “honor” al premio, cuando prefirió insistir en la visita a Chile desoyendo las recomendaciones que le llegaban desde Suecia, no estaba rechazando un premio que en definitiva es una máscara de sal, estaba eligiendo la recurrencia de un continente dominado por hombres como Pinochet, desbocados en su poder y zozobra, sostenidos en una pesadilla que duraría lo suficiente como para dejar las marcas aún hasta hoy, esos grilletes que todavía pesan, que condicionan nuestra lengua, nuestra acción, nuestros corazones públicos.


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