Por Hernan Panessi – @hernanpanessi

Una escalera empinada donde no pasa ni un alfiler promete más sordidez que éxtasis. Sin embargo, allí hay porno, mucho más que en cualquier otro rincón del planeta. Sobre la Avenida Osvaldo Aranha, en las tierras gaúchas de Porto Alegre, Brasil, se encuentra Zil Video, la mayor tienda de XXX del mundo. Nacido en octubre del año 1987 como un videoclub más, en pleno albor del VHS, fue virando poco a poco hasta convertirse en un local especializado.

Al advertir visitas, Hilton Zilberknop grita “Hola, hola” desde lejos. Hilton es un hombre enorme, de casi dos metros, y es casi tan ancho como un luchador de catch dibujado por Robert Crumb después de olvidarse cómo dibujar. En su frente lleva puesta una visera transparente y prácticamente se excusa por eso: “Soy fotosensible”. Hilton habla alto, es sofisticado como el John Waters de los ‘80 y lleva puesto un chaleco verde con algunas manchas blancas. Hilton es el orgulloso y excéntrico dueño de Zil Video.

Es curioso e impactante encontrarse con tanto porno. Como si fuera un shopping, esta tienda ofrece tres pisos de pura carne sobre carne: 44 mil VHS y 28 mil DVD. Todos porno, del primero al último. Por ahí quedan algunos títulos sin sexo, pero a nadie le interesan: son parte de un pasado que ya no está.

Dicen que en sus momentos de gloria, Zil Video fue visitada por Silvia Saint, Denise Braga y otras megaestrellas del porno internacional. Por caso, otra de sus grandes vanaglorias es la friolera suma de 18 mil socios, de los cuales el 99 por ciento son hombres. Eso sí: “De todas las edades, profesiones y clases sociales”, según atestigua su dueño. “Algunos se mudaron, otros se murieron, otros se enamoraron, otros tuvieron hijos”, apunta Hilton. Otros no, y siguen yendo incondicionalmente a sus estantes en busca de la calma, la ebullición y el fuego; la pasión, la soledad y la compañía.

Un cliente advierte la presencia del NO y quiere figurar. Es una suerte de Igor de Hilton. Es negro, rengo, tiene rulos y no habla español. Tampoco portugués. O sí, pero de su boca sale más baba que de un caracol, entonces se complica. Se llama Edson y le gusta el porno. Va y viene con tapas de películas mostrando cuánto le gustan los culos. Toma Big Bundas Brasil vol. 2 y la enseña con presunción. Aprovecha el momento para señalar, también, lo mucho que lo entusiasma el porno alemán con orgías. Se le nota: quiere compartir su amor con todos. Aunque prefiere hacerlo en silencio, en privado y en su hogar. O, tal vez, es lo que le toca en gracia.

Las variantes sexuales más diversas encuentran cobijo en este lugar escondido entre tiendas de zapatos y edificios municipales. Asimismo, esta inmensidad de cintas de video y plástico circular tiene un afán analógico: el catálogo no está digitalizado. Hilton se reconoce como un prehistórico y señala un televisor de tubo de 20’ como su único artefacto tecnológico. Los precios para alquiler van entre 6 y 9,5 reales y para venta entre 18 y 50. ¿Blu-ray? No, de eso no hay.

Entre lo más raro que se desprende de este centro comercial de porno están algunas películas escatológicas –seguro saben sobre “lluvia dorada” pero no pregunten qué es “kaviar”, por favor–, amputados penetrando humanos de toda índole, abuelitos con edad de tocar el arpa seduciendo jovencísimas señoritas, porno chanchada (un género brasileño de los ‘70 que juntaba comedia con pornografía), explotaciones de superhéroes berretísimos practicando el mete & saca y zoofilia deforme (perros, caballos, gallinas y más). Sin embargo, tras la ojeada, Hilton reconoce que lo más extraño que tiene es Assorted Zoo 14, film donde un tipo coge con un delfín en el agua. Sí: coge con un delfín.

¿Y a vos te gusta el porno, Hilton?

–Sí, me gusta, pero la verdad prefiero El Ciudadano.

Artículo publicado en el NO

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