Por Emiliano Gullo – @emilianogullo

Karl Marx nunca estuvo en América Latina. En su horizonte revolucionario, Argentina emergió como una posibilidad concreta a fines del siglo XIX. El autor de “El Capital” encomendó una misión clave a un hombre de su máxima confianza: determinar si en este país estaban dadas las condiciones materiales para el triunfo del proletariado. Fue así como en 1873 -plena presidencia de Domingo Sarmiento y a sólo dos años de la caída de la Comuna de París-, desembarcó en el puerto de Buenos Aires un belga de 23 años: Raymond Wilmart. Pero su misión fracasó, se transformó en un prestigioso abogado de los sectores dominantes y hoy tiene un mausoleo en el cementerio de La Recoleta.

“Comienzo a creer como Picard que no hay nada que hacer con los elementos de aquí. Hay demasiadas posibilidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a los obreros recién desembarcados como para que se piense en actuar de alguna manera”

Raymond Wilmart

Mayo de 1873

Raymond Wilmart de Glymes de Hollebecque nació el 11 de julio de 1850 en la ciudad de Jodoigne-Souveraine, ubicada en el centro de Bélgica. De estirpe aristocrática, renunció a sus comodidades y se trasladó a Bordeaux para trabajar. A los 20 se vinculó personalmente con Marx a raíz de su amistad con el intelectual cubano-francés Paul Lafargue, quien estaba casado con Laura Marx, una de las hijas del filósofo alemán. Wilmart estaba convencido del rol que podía cumplir dentro de la Primera Internacional, ya bajo el mando de Karl Marx y Friedrich Engels luego de la expulsión de los anarquistas de Mijail Bakunin.

Todavía con la sangre caliente luego de la derrota de la Comuna de París (duró del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871) y el conflicto con los anarquistas, la dirigencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) -como se llamó entonces a la Internacional- entendió que era imprescindible la búsqueda de nuevos escenarios. El secretario del Consejo Federal de España, Francisco Mora, recomendó a la dirección que tomaran contacto con la Sociedad Tipográfica Bonaerense, la primera organización de resistencia gremial del país. El vínculo de los tipografistas con la AIT española y la emigración a Buenos Aires de una delegación francesa derrotada en la Comuna -entre otros factores- hicieron aparecer a la capital argentina como un espacio fértil para los internacionalistas.

Así las cosas, Wilmart desembarcó en el Río de la Plata en 1873. Sus objetivos más urgentes eran la ampliación y la consolidación de la AIT en Sudamérica. Enseguida hizo contacto con las incipientes organizaciones clasistas. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a desanimarse con la situación. Se lo hizo saber a Marx durante un intercambio epistolar que tuvieron, al menos, de mayo de 1873 hasta la mitad de junio del mismo año. El historiador Horacio Tarcus encontró las tres cartas que se conocen; todas firmadas por Wilmart. Nada se sabe de las respuestas del pensador alemán. Según Tarcus, todo ese material fue incinerado por la hija de Wilmart.

 Decía el joven belga en la primera de las cartas, firmada el 27 de mayo de 1873: “Comienzo a creer como Picard que no hay nada que hacer con los elementos de aquí. Hay demasiadas posibilidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a los obreros recién desembarcados como para que se piense en actuar de alguna manera”. Parecía una premonición de su propio futuro.

Luego dirá que no conoce otras organizaciones que la de los carpinteros y los sastres. Y que, para colmo, se acaban de pelear con ellos. “Hemos tenido el talento de indisponernos con ellos a propósito de la sala que se les había prestado anteriormente gratis y de la cual casi los hemos puesto en la puerta”. Uno de los objetivos era crear una federación que agrupara a los gremios, cosa que parecía cada vez más difícil.

Sólo un mes después, la desazón de Wilmart es total:

“Van mal las cosas por aquí. Sesiones vacías, falta de buena voluntad. Otros tres acaban de partir, el diario no ha aparecido a lo largo del mes último. El número (de la revista) que debía salir mañana no aparecerá antes del 20. Los fondos faltan y hemos debido pagar entre ochos miembros la impresion del último”.

En 1874 Wilmart viaja a Córdoba para fundar una nueva sección, que tampoco funciona como se esperaba. Con la frustración encima y totalmente desilusionado, piensa en regresar a Europa. Pero nunca lo hará. En esa ciudad estudia Derecho, conoce a la que será su mujer, Carlota Correa Cáceres, perteneciente a una de las casas más ricas de la provincia. Escala rápidamente en la familia judicial y antes de que comience el siglo XX llega a ser juez en Mendoza. Para 1899 regresa a Buenos Aires, donde ingresa como titular de la cátedra de Derecho Romano en la UBA. Como profesor será recordado -además de por sus escritos jurídicos- por haber protagonizado una anécdota con un histórico dirigente socialista. Tuvo que evaluar la tesis de doctorado de Alfredo Palacios y finalmente terminó por rechazarla. El argumento del jurista fue que “Palacios entraba al marxismo desde una perspectiva de la pobreza; o sea, con una lectura católico social; cuando la perspectiva del marxismo no es la de la pobreza, es la del proletariado contra el capital”, explica Tarcus en su libro Marx en Argentina. A los pocos años gana prestigio como abogado y se convierte en el letrado de las clases dominantes del país.

Hoy sus restos están guardados en un aristocrático panteón del cementerio de La Recoleta. El diario La Nación suele recordar el aniversario de su muerte. Su nieto Raymundo Podestá Wilmart, que formó parte del gabinete de José Martínez de Hoz durante la dictadura, despidió así -en ese mismo diario- al primer dictador del golpe de Estado de 1976:

VIDELA, Jorge Rafael, q.e.p.d. – Raymundo Podestá Wilmart, María Podestá y sus hijas acompañan con afecto a Alicia y familia rogando una oración en su memoria.

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