Por Diego De Angelis – @DieDeAngelis

“Madre, podrían haberme echado del colegio por incendiar una sala, por envenenar a un compañerito o compañerita, por matar a un profesor, y te habría importado menos que expulsión por fornicación. Porque tu mandamiento principal no es no matarás ni amarás al prójimo y bla bla bla, tu mandamiento principal es no fornicarás”, socarronamente escribe, y en secreto publica, Daniela, la protagonista de Joven y alocada (2012), ópera prima de Marialy Rivas. En un blog que actualizará con regularidad, Daniela revelará cada una de sus experiencias sexuales, compartirá con otros de la misma edad su calentura, su irresistible voluntad de coger, sus incertezas. Escribirá así, con humor y desenfado, mofándose de una madre a quien odia por el furor represivo que hacia ella descarga, burlándose de la sociedad que representa, que tiene como única respuesta el castigo y la exclusión.

El film de Rivas es un ejemplo perfecto del asunto que recorre como un fantasma la actualidad del cine chileno y de la sociedad en su conjunto: el sexo. Es posible advertir en la cinematográfica trasandina un interés – que podríamos fácilmente caracterizar como una obsesión – por indagar sobre un tema que por las costumbres que interroga resulta problemático. Acaso por la poderosa influencia de la Iglesia Católica –al menos 80% de los chilenos se declara públicamente su fiel seguidor-, una creencia generalizada suele definir a nuestros vecinos como mojigatos y conservadores, consustanciados a más no poder con los valores que promovió siempre la jerarquía eclesiástica y que la dictadura pinochetista sembró a fuerza de terror y censura. Mito o velada realidad, convendría expresarla sin tapujos: en Chile no se cogería sino hasta después del matrimonio y solo para procrear los hijos que “Dios provea”. No se hablaría de sexo. No sería un tema de conversación habitual de sobremesa.

Sin embargo, hace pocos años, se ha desencadenado en ese país un destape de la trama sexual. El aclamado nuevo cine chileno, cuya irrupción se produjo al mismo tiempo que la disposición social a discutir sobre sexo, no se propuso perseguir como sus antecesores el registro testimonial de una determinada realidad política y social, sino la representación cinematográfica de aquello que sucede en la intimidad. Una mirada particular, audaz y diversa –siempre política- sobre los cambios que suPoracen, clandestinos, en las alcobas chilenas, entre crucifijos y estatuas de la Virgen María. Primero con una timidez casi culposa, pero después con la profusión desvergonzada de lo que por mucho tiempo se mantuvo bajo un secreto forzado. Y, lo más importante, con una preocupación cinematográfica: cómo filmar el encuentro sexual, cómo narrarlo sin caer en la estética pornográfica ni en el romancero empalagoso. Cómo convertir al cine en una experiencia erótica. Cómo, en definitiva, calentar al espectador y encender sus propios deseos.

Un punto de partida para establecer un recorrido posible sobre la cuestión que reúne con fervor a la mayoría de los nuevos directores chilenos podría ser Sexo con Amor (2003), de Boris Quercia. Si bien es un film que antecede a las películas que definen estéticamente al nuevo cine chileno, podría funcionar como presagio, como anticipo de lo que pocos años después se profundizará. Una reunión escolar convoca a padres y madres para conversar sobre cómo tratar la sexualidad con sus hijos. Suerte de comedieta a la italiana, el film narrará con gracia la situación sentimental de tres matrimonios.

En la cama (2005) de Matías Bize, la historia transcurrirá en un solo escenario dramático: la habitación de un motel en Santiago. Bruno y Daniela decidirán, sin siquiera conocerse, terminar la noche en un telo. Durante una hora conversarán sobre sexo, sobre orgasmos fingidos, sobre citas ilegales. Se contarán infidencias. Y por supuesto, cogerán mucho y bien. Se despedirán rápido, apenas el turno haya concluido: “Vinimos, la pasamos bien y nos vamos. Fuiste el recreo para el resto de mi vida”, dirá con naturalidad Daniela. La cámara los acompañará en cada uno de sus movimientos, se ubicará en distintas posiciones para aprovechar las posibilidades expresivas que ofrece el espacio reducido.

En Bonsái (2011), segunda película de Cristian Jiménez, el sexo se cruzará con la literatura. Una y otra vez, incansables, después de leer breves fragmentos de inolvidables novelas de la literatura universal, Julio y su enamorada buscarán condensar lo recién leído bajo las sábanas. Julio es escritor en ciernes y su primera novela contará el melancólico devenir de ese primer y apasionado romance.

“Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente”, revelará desde un comienzo Bianca, protagonista de El futuro (2013), tercera película de Alicia Scherson. Bianca es huérfana. Vive en un departamento venido a menos. Paulatinamente abandona sus hábitos, de a poco se pierde, su cotidianeidad se modifica. Le hacen una propuesta indecente y ella acepta de inmediato: conquistar a un hombre solo. Y estafarlo. Su nombre es Maciste, un viejo actor italiano en decadencia. Bianca participará junto a él de un juego perverso. Su hermoso cuerpo experimentará, acaso por primera vez, un placer descomunal.

Sebastián Lelio –otro director imprescindible para pensar el nuevo cine trasandino- reconocerá en el sexo una oportunidad para establecer un encuentro sustancial con un otro. En Navidad (2011), tres jóvenes alejados de sus familias y obligaciones, durante una bienaventurada noche, compartirán sus sueños y frustraciones, y juntos, bajo el efecto de un arrebato impulsivo, lograrán expandir su deseo y, al mismo tiempo, incendiar las butacas de un público entusiasmado.

La vida privada de los chilenos atraviesa un profundo proceso de cambio. Y su cine, que disfruta a su vez de un reconocimiento inestimable, se propone desafiar la sensibilidad presuntamente pusilánime de la sociedad arriesgándose a encender con procacidad una pequeña luz. Una llamita lo suficientemente intensa como para provocar una percepción aviesa sobre aquello que suele permanecer oculto. No hay de qué avergonzarse, pareciera revelarnos el cine chileno, no hay por qué intentar encubrir lo que resulta ya inocultable. Que el Señor se limite a mirar. El pico en Chile está bien duro y la choriflai en llamas.

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