La cueva de los Tayos

Las expediciones en busca de una Latinoamérica perdida en la espesura de la selva han sido una constante en la historia científica del continente. Estas excursiones fueron alimentadas por leyendas locales y testimonios de distintos expedicionarios que aseguraban se escondían en ellas todo tipo de tesoros y joyas arqueológicas de civilizaciones pasadas. La más famosa fue la búsqueda de la Ciudad de “El Dorado”, una metrópolis de oro perdida en la inmensidad del Amazonas, pero también se registran otras como la búsqueda de la Ciudad de Paititi en la frontera de Brasil, Perú y Ecuador. A diferencia de estas ciudades enigmáticas consagradas por ahora en la categoría de mitos populares, la historia de la Caverna de los Tayos es mucho más que eso.

 Un Húngaro en el Amazonas

Nuestro héroe se llama Janos Moricz, nació en Hungría y llegó a la Argentina luego de la primera guerra mundial. Moricz era un estudioso del origen y la historia del pueblo húngaro, basado en las teorías de Florencio de Basaldúa. Basaldúa era un catedrático de origen vasco que sostenía que tanto su pueblo como los húngaros eran descendientes directos de una remota inmigración americana.

Juan Moricz en 1975 junto a Stan Hall

Juan Moricz en 1975 junto a Stan Hall

Moricz llegó a latinoamérica decidido a probar esta teoría. Un poco por casualidad y otro poco buscando su destino, en un viaje al Ecuador producto de su trabajo dentro de una compañía minera y luego de haber recorrido las repúblicas de Bolivia y Perú, conoció a los Shuaras, un pueblo mítico y originario de las selvas cercanas a Quito. Este encuentro cambiaría su vida para siempre.

 Una tribu amigable

Los Shuaras, también conocidos por sus enemigos como “Jíbaros” tenían la curiosa costumbre de reducir las cabezas de sus oponentes y colgarlas en las adyacencias de sus poblaciones. Moricz, al ponerse en contacto con este pueblo, descubrió que la etimología de su lenguaje era similar al húngaro arcaico o “idioma Magiar” que el dominaba con facilidad.

Una cabeza reducida por los Sharus expuesta en el museo de Historia de Quito

Una cabeza reducida por los Sharus expuesta en el museo de Historia de Quito

Este hallazgo deslumbró al húngaro, le hizo muy accesible el vínculo con ellos y ratificó para sus adentro la teoría que lo había deslumbrado una década atrás. Si estas tribus compartían una matriz idiomática con un pueblo tan remoto como los húngaros, ¿seguía siendo tan descabellado pensar que el origen de su cultura se podía remontar a latinoamérica?

 1969 – Odisea intraterrestre

Es en este año y producto de esa relación fraternal, que los Shuaras comparten con él su más preciado secreto: La caverna de los Tayos. La caverna, de una profundidad hasta la actualidad desconocida, debía su nombre a las aves ciegas que la pueblan. Los Shuaras entraban a estas cavernas en búsqueda de los huevos de estos plumíferos e incluso de sus pichones, que constituían un manjar para ellos.

La formación rocosa posee varios ingresos. Moricz, con ayuda de los Shuaras, se internó en ella luego de descender por un pozo de sesenta y tres metros para descubrir un hallazgo sorprendente.

En su acta de descubrimiento fechada en septiembre de 1969, nos describe el siguiente escenario:

“…he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural e histórico para la humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de la historia de una civilización extinta, de la cual no tenemos hasta la fecha el menor indicio…”

A su vez, en el mismo acto describe una compleja red de túneles que según su caracterización habían sido construidos en gran parte por el hombre.

Al final de estos túneles había bibliotecas enteras con libros esculpidos sobre metal, en una lengua que para él resultaba incomprensible. Al final de las bibliotecas, más túneles. Una civilización completa yacía bajo la tierra.

Las repercusiones del hallazgo

A partir de estos descubrimientos, Moricz comenzó una intensa campaña internacional de divulgación científica sobre sus hallazgos. De esta manera buscaba fondos y auspicios para una expedición de mayor envergadura que le permitiera adentrarse más aún en la red de túneles que componían la caverna. Con esta aventura intentaba probar su tesis más revolucionaria: la Cueva de los Tayos se encontraba conectada con otras formaciones rocosas de este tipo. Estos tuneles y salones eran utilizados en tiempos remotos por civilizaciones que tenian una existencia intraterrestre.

Así es que en 1976 se contactó con Stan Hall. Hall, un ingeniero inglés estudioso de las construcciones ancestrales que pueblan nuestra tierra. Hall se mostró interesado en desarrollar la expedición junto a Moricz, pero todo se abortó cuando el húngaro puso una condición sine qua non para llevar adelante la exploración: la confianza de los Shuaras no podía ser vulnerada y todo lo encontrado debería dejarse dentro de la caverna. Había que mantener intacto el legado de esta civilización perdida.

Desembarco imperialista: La Corona Inglesa y Neil Armstrong atacan la Cueva de los Tayos

En 1976 Stan Hall desoye los pedidos de Moricz y organiza su propia expedición a la cueva. Al mando de la misma se encontraba Neil Armstrong quien menos de diez años atrás había protagonizado el alunizaje. El viaje fue auspiciado por la corona Británica.

Niel Amstrong custodiado por el ejercito Ecuatoriano, antes de ingresar a la caverna en 1976

Niel Amstrong custodiado por el ejercito Ecuatoriano, antes de ingresar a la caverna en 1976

Luego de cuatro días dentro de las cuevas y con un operativo militar inédito en la zona, los exploradores salieron de la caverna nutridos de varias cajas, selladas. Nunca se supo con exactitud qué llevaban dentro.

Moricz, nuestro único héroe en este lío, había sido despojado de su descubrimiento y vulnerado en su autoridad frente a los Shuaras. No sería su única desventura. En otro de sus encuentros en busca de inversores había contactado al investigador Suizo Erik Von Danicken, a quien le contó la historia y lo guió hasta uno de los accesos a la red de cavernas. Von Danicken también traicionó la confianza de Moricz y en 1974 a partir de sus revelaciones publicó “El oro de los dioses”. En este libro formulaba todo tipo de preguntas acerca de este particular lugar en Ecuador y deslizaba la hipótesis de una civilización extraterrestre en el interior de las cavernas. Todo con los datos que le había suministrado Moricz. El libro fue traducido a veinte idiomas y se convirtió en un rotundo éxito comercial.

Von Danicken sigue vivo hasta hoy. Janos Moricz, como los buenos, murió en 1991 sin dejar ni un solo día de su vida de despotricar contra quienes lo traicionaron. Tampoco se cansó hasta su muerte de proclamar que el enigma de la Caverna de los Tayos, era una de las llaves para entender la historia de nuestra civilización.

Janos Moricz contra todos y todas

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