Por Natalia Lliubaroff, desde Bolivia

Werner Herzog llegó a Bolivia para filmar su nueva película. Sal y Fuego tendrá como locación el salar de Uyuni y una comunidad rural de Santa cruz de la sierra. En este marco se organizaron dos charlas, una el 7 de abril en Santa Cruz y la otra el 10 en La Paz (gratuitas y abiertas al público general), a pedido del director alemán ya que “no quería llegar con las manos vacías a Bolivia”.

Herzog nació en Múnich en 1942, pero a causa de la guerra pasó su infancia en Sachrang, un pueblito de montaña en la frontera austríaco-alemana. Vivió una niñez ajena al mundo exterior: desconocía el cine y los autos, vió su primer película a los once e hizo su primer llamado telefónico a los 17 años. Pero cuando uno no tiene con qué jugar, la semilla de la imaginación germina. Quería ser atleta, pero se interesó por el cine cuando se dio cuenta, a los once, que la realidad que veía en la pantalla era una construcción. Que la película había sido armada y editada, que la tensión era una construcción y el suspenso pura creación.

De profesión autodidacta (“las escuelas de cine son una enfermedad, hay que huir de ellas lo más rápido posible”), pregona el caminar a pie (“el mundo se les revela a los que van a pie”) y nos deja en claro que el cine es un procedimiento atlético, no estético.

En un español fluido, con ese acento alemán que tanto lo caracteriza, Herzog charló de todo. Contó anécdotas y respondió toda clase de preguntas del público. Comenzó narrando los entretelones de una de las películas más emblemáticas de su carrera: Aguirre, la ira de dios (1972) filmada en la selva peruana. Escribió el guión en dos días y medio, en un colectivo, mientras viajaba con su club de fútbol (de quinta categoría) a Italia: “llevábamos con nosotros cerveza, durante el viaje todo el equipo estaba borracho luego de 200 km y yo escribía con una máquina de escribir, me salía furiosamente el guión”. Nunca había visto la amazonía, pero describió a la perfección ese clima delirante, sofocante, selvático. Fue una película muy difícil de producir, hecha con 350.000 dólares y 8 técnicos. Irrisorio para una película de esa magnitud. Esto lo animó a decir que hoy en día es fácil salir a filmar, ya que las cámaras son más pequeñas y flexibles y que no hay que quejarse de que la industria y el dinero no sigan nuestras ideas, “hay que tomar la iniciativa”. Ve el proceso de creación de un film como algo colectivo y la elección de actores como una cuestión de química ,“de electricidad en el aire”, no de Star Sistem.

El personaje principal de Aguirre es Klaus Kinski (“el loco, la pestilencia”), esta es la primera, de cinco películas, que hicieron juntos. Aquí comienza el mito de esta relación tanto tortuosa como fructífera. Herzog la describe como muy volátil e intensa, a punto de “perderse en homicidio”. Si, planearon matarse mutuamente y al mismo tiempo en el medio del rodaje. Lo describe como un hombre histérico y destructivo al que volvió constructivo con mucha paciencia y esfuerzo (“Cada cana mía tiene su nombre”). Pero aún esto, afirma que Kisnki es una figura irremplazable, “hay Kinski y nadie más. Quién más en el mundo o en la historia del cine podría desempeñar este papel?…solamente Kinski.”

Klaus Kinski en Aguirre, la ira de Dios

Klaus Kinski en Aguirre, la ira de Dios

Frente a la pregunta sobre los riesgos que toma al filmar (es un director que cruzó, literalmente, un barco por un montaña en Fitzcarraldo, que casi muere congelado en un cerro en la Patagonia mientras filmaba Cerro Torre, que estuvo preso en África “en dos o tres ocasiones”, que cruzó el Sahara, y la lista continúa…) habla de la prudencia que hay que tener afrontándolos, y que estos no son sólo físicos o materiales , si no que pueden ser interiores “intelectuales” como en el caso de Corazón de Cristal (1976) en la cual trabajó con todos los actores bajo el efecto de la hipnosis para buscar un clima de sonambulismo, de somnolencia en la pantalla. O en también Los enanos empezaron pequeños (1971) al dirigir a un cast compuesto por enanos o realizar una película que trata sobre los espejismos en el desierto (Fata Morgana 1971). También tomo riesgos al trabajar de actor, hizo de villano en Jack Reacher (2012) “era muy fácil para mi, y me pagaron muy bien” o de padre perverso en la película de Harmony Korine, Julien Donkey-boy (1999), entre otras películas.

Las películas vienen como sorpresas: es casi como estar durmiendo y a las 3 de la madrugada, en plena noche, escucho un ruido en mi cocina. Me levanto. Me veo confrontado con 5 ladrones que han entrado a mi casa, y uno viene armado, furiosamente hacia mi, y ese es el primero con el que tengo que lidiar…pero hay cinco más” . Con esta metáfora Herzog da cuenta de su particular manera de escribir los guiones. Las historias aparecen sin ser invitadas. Lo sorprenden como los ladrones. A modo de ejemplo, el guión de la película que lo trajo a Bolivia (Sal y fuego) lo escribió en cinco días, ni bien terminó de rodar Queen Of the Desert (recientemente presentada en la Berlinale).

Pero no solo filma ficciones, tiene una treintena de documentales de lo más diversos. Es un militante contra el Cinema verité, contra ese tipo de cine que se considera “objetivo” solo por no intervenir los hechos. Pero Herzog no busca filmar hechos: “los hechos no sueñan, los hechos son para los contadores” dice. Herzog busca algo detrás de los hechos: la verdad, algo muy difícil de definir pero a la cual se puede acceder a través de la manipulación y estilización de los hechos.

Se interesó por la pena de muerte y viajó al pabellón de Texas a hablar con los condenados (into the APorss), viajo a la Antártida para charlar con la gente que vive en el fin del mundo y capturar sus paisajes (Encuentros en el fin de mundo), fue el único director que ingreso a las cuevas de Chauvet a registrar las pinturas más antiguas de la humanidad en La cueva de los sueños olvidados (¿el mismísimo inicio del cine?), habla sobre la soledad de una manera única en Grizzly man, y la lista continúa…Pero de algo uno puede estar seguro: de los documentales de Herzog (narrados por él mismo) no se sale indemne.

Su corta carrera de jugador de fútbol fue exitosa (delantero con muchos goles en su haber) solo porque entendía físicamente el espacio, el movimiento por delante y por detrás del campo de juego . Esta sabiduría la trasladó al espacio cinematográfico, lugar donde realiza una suerte de coreografía entre los actores y la cámara. Donde el aspecto físico es parte fundamental y hasta fundante del trabajo como cineasta “probablemente si pierdo una pierna sería el fin de mi trabajo, un fracaso más grande que perder un ojo”.

Frente a todos los pronósticos que indicarían que los directores de cine son cinéfilos, Herzog declara que lee todos los días pero que solo ve 3 o 4 películas al año. Su máxima influencia proviene de los escritores: Virgilio, Joseph Conrad, Hemingway y de poetas como Friedrich Hölderlin. Alienta a los cineastas a “leer, leer, leer, leer, leer y leer…las personas que no leen, nunca jamás van a llegar a ser grandes cineastas”. El mismo ha escrito dos libros: “La conquista de lo inútil” (entropía) sobre el diario de filmación de Fitzcarraldo, el recientemente editado “Del caminar sobre hielo” (entropía), a los que se suman 3 más de entrevistas: “Manual de supervivencia,” “Herzog x Herzog” (Cuenco del Plata), y la novedad “a guide for the perplexed”, una guía para los perplejos, solo editado en Europa, en donde hay partes de entrevista, partes de prosa, ensayos, fotos y al parecer un atisbo de su biografía.

El narrador de historias, como el se denomina, tiene 73 años. 66 películas dirigidas en varios países y ahora vuelve, para la número 67, a Latinoamérica. Vuelve porque le gusta la vida interior de los latinoamericanos, los paisajes, el delirio de la selva y declara que no es su patria, pero que parte de su alma pertenece al laberinto que se llama Latinoamérica.

 Foto y video, Natalia Lliubaroff

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