William Walker fue el filibustero más famoso del mundo y quien probablemente más lejos haya llegado. Nació en 1824 en Tenesee, Estados Unidos, en una familia acomodada que esperaba que él se convirtiera en cura. Pero Walker navegó otros caminos, a pesar de ser médico abogado y periodista. Decidió viajar por Europa. A la vuelta comenzó la que sería la historia de su vida: aquellas aventuras que lo llevarían a ser dos veces presidente.

La fiebre del oro en Estados Unidos se adueñaba de todos a mediados del siglo XIX y les proponía viajar al territorio más lejano y peligroso del país: el lejano oeste. A William Walker además de la fiebre lo invadía una doctrina casi religiosa, la del destino manifiesto: Estados Unidos, una nación destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. Walker confiaba en que eran ellos, los estadounidenses, los portadores del progreso. Por supuesto que esta idea no gozaba de mucha simpatía, en especial para el futuro depositario del supuesto progreso, y es por eso que ayer como hoy, existían hombres, mujeres y empresas encargadas de adornar esa intención. En ese entonces eran los filibusteros, William Walker era uno de ellos. Un hombre que sin el aval formal de ningún Estado armaba un pequeño ejército en el siglo XIX en las Antillas se lanzaba a la conquista.

Bandera del Gobierno de William Walker (1856-1857).

Bandera del Gobierno de William Walker (1856-1857).

Corría el año 1853 y Walker tenía 29 años y 45 hombres a cargo. Su misión era desembarcar en Baja California, México, y proclamar la República. Así lo hizo, apresó a algunas de las autoridades y proclamó la República de Baja California y Sonora. El chiste duró unos cortos cuatro meses. Lo atacaron de todos lados y no tuvo opción más que escapar hasta la frontera y entregarse a las autoridades. A Walker no lo ayudó la política. Mientras él hacía la heroica, el gobierno mexicano firmaba la venta de una franja de la frontera a los Estados Unidos. Así, el filibustero más famoso fue juzgado por las autoridades norteamericanas. Y, por supuesto, absuelto.

Unos años apacibles lo llevaron a Walker a ejercer el periodismo en Estados Unidos, todo terminó cuando un editor le habló sobre Nicaragua. Las condiciones parecían ser óptimas. La fiebre del oro exigía un paso que uniera el pacífico con el atlántico y el lago de Nicaragua era la opción perfecta. En parelelo, una guerra civil que sacudía a Nicaragua  y uno de sus bandos pedía ayuda a Estados Unidos. Walker entonces juntó 58 hombres y después de mucha pólvora entró triunfante a la ciudad de Granada. Primero se nombró coronel, después jefe del Ejército y en junio de 1856 se presentó a elecciones. En una jornada turbia, Walker aplastó a su contrincante y se convirtió  por segunda vez en presidente de una República.

Su primera medida de gobierno fue declarar el inglés idioma oficial y restablecer la esclavitud para incorporar a Nicaragua a los Estados Unidos como un Estado esclavista más, y así ayudar a alterar el equilibrio interno en favor de los Estados confederados. Pero el escenario era adverso. Ya en guerra con Costa Rica, Honduras, El Salvador y Guatemala, quienes no reconocían a Walker, no tuvo más opción que rendirse un  primero de mayo de 1857 ante tropas norteamericanas.  Luego volvió en un barco de la armada yanqui a EEUU. Lo volvieron a juzgar en Estados Unidos y lo volvieron a perdonar.

Pero Walker volvería a Nicaragua, quizá confiado en su destino manifiesto, acompañado de 270 hombres a bordo del barco Fashion. Esta vez el fracaso fue estrepitoso y tuvo que volver a rendirse a los Estados Unidos que nuevamente lo perdonó.

Tumba de William Walker en Trujillo

Tumba de William Walker en Trujillo

Pero Walker era un hombre obcecado. Así fue que decidió volver por tercera vez a suelo nicaragüense en 1860 con una tropa de un centenar de hombres. Su plan era llegar a Honduras y bajar hasta Nicaragua. Pero los hondureños le fueron mordiendo los tobillos hasta acorralarlo. Con fiebre amarilla, el 3 de septiembre fue capturado. Le exigieron que se rindiera, y Walker no lo hizo hasta asegurarse que fuera ante un inglés.  Una vez rendido, a William Walker lo entregaron a las autoridades hondureñas que, finalmente, el 12 de septiembre de 1860, en Trujillo, Honduras, lo fusilaron.

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