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Por Andy Flores – @andyfls

Una cortina de metal que recuerda a los bares de los años cincuenta se levanta y del otro lado aparece Julio. Lo de Julio es un bar, aunque no se sirva café, es un restaurante, aunque no haya carta, y sobre todo es un lugar de encuentro. Videncia, vino en damajuana y las mejores milanesas de Colegiales.

“Acá le estoy haciendo un asado a Pappo”, cuenta Julio mientras sostiene una foto de las de antes y recuerda cuando vivía en Abasto y cruzaba caminos con Luca Prodan. Julio es uruguayo, flaco, pelilargo y hace 69 años que es hincha de Peñarol.
Abrimos cuando llegamos, cerramos cuando nos vamos y si vienes y no estamos, es que no coincidimos, explica el cartel que está pegado en la puerta, y es que además de un bar es su casa. Julio sale rumbo al chino, recién bañado con su pelo blanco al aire. “Atiendanme un poco a la gente que llegue, che, y saquen un par de mesas a la vereda”, da algunas órdenes a los primeros clientes que llegan. La vereda es una jungla que oculta las mesas detrás de muchas plantas y de un Peugeot 504 abandonado.

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Es jueves a la noche, Julio ya cocina en el medio del living que también es bar. Dos señores juegan a la cartas y fuman tabaco, otro blandea un página 12 frente a un abuelo que – dicen- tiene 92 y es radical de la vieja guardia. De fondo hay una tele que pasa un disco de Los Redondos. En las mesas de afuera se juntan pibes de veintes y treintas que miran a Julio casi como un cacique. “Esto antes era una cervecería, por ahí bajaba la cerveza”, me apunta el abuelo mientras señala un caño que corta el techo y baja hasta un sótano.

“Yo soy vidente natural”, lanza Julio mientras mueve unas piedras en una fuente con agua, “tengo poderes que vienen de la pirámide de Keops”. Las chicas lo abrazan y le cuentan cosas, los chicos le presentan gente, casi con cuidado porque a pesar de la sonrisa, Julio no suele tener muchas pulgas. En la pared cuelgan revistas de Rusia, Noruega y Suecia que afirman que si en Argentina no vas a Lo de Julio no conoces Buenos Aires.

“Acá todas las semanas viene un grupo de psicólogos y me cuentan sus casos más problemáticos y yo les digo cosas que se me ocurren para ayudarlos”, cuenta mientras prepara unas milanesas que va a servir cuando tenga ganas y en el orden que él quiera. “El otro día vino una chica que en cuanto la vi supe que le pasaba algo. Le dije que ella tenía algo que tenía que sacarse, pero que no se preocupara que todo iba a salir bien. ¿Sabes lo que me respondió? Tengo un tumor en la teta. Y al final se lo sacó y como le dije salió todo bien”, cuenta Julio y me aclara que sana con las manos y es capaz de darse cuenta si alguno de los que está afuera habla mal de él o “es mala leche”. Todo el lugar está decorado con un desorden que revela que no es decorado sino desorden. La envidia de los bares de moda de Palermo. Mesas sobre mesas, cuadros amontonados, trofeos, fotos antiguas y un teléfono que supo ser público. “Ese cuadro de ahí” – señala Julio a uno que sobresale entre todos- “no lo tiene el Museo Sívori porque lo tengo yo”, concluye con una sonrisa.

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Antes acá no entraba ni una mina. Es el comentario general de todos a medida que uno empieza hacerse habitué de Lo de Julio. “Acá venían sólo taxistas, pero un día Julio se hincho las bolas y los empezó a echar, se aburría mucho”, cuenta el señor ya sin sacudir su Página 12. “Acá nadie molesta a nadie, incluso a veces cae la policía pero se hacen los resfriados y no joden a los chicos”, me dice en voz baja. Los precios son económicos y delatan que la intención no es el negocio. De apoco y con el boca en boca al bar fueron llegando los jóvenes, sobre todo de Colegiales, que buscaban una alternativa de barrio y auténtica frente al desarrollo gastronómico comercial de la zona. Por cien pesos se puede tomar un fernet y comer un rico plato de comida casera.

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Julio atiende un celular monocromático con pantalla verde, contesta con monosílabos si queda comida o no. El espíritu del lugar implica que no se vuelva masivo, que no exista sitio de internet con su dirección y solo llegue aquel que se lo proponga. El lugar no decepciona. Los interesados, entonces, a caminar Colegiales en los aledaños de la estación del tren Mitre, la clave está en los Virreyes. Acá un mapa como ayuda.